2

2095 Palabras
2 En sus ojos marinos nadaba una criatura maliciosa. Daba vueltas, zigzagueaba y destellaba como una anguila eléctrica. De pronto aparecía monstruosamente de las profundidades y volvía a esconderse en un parpadeo. Azul no la perdía de vista. Sus intenciones siempre quedaban descubiertas en el reflejo del agua. A pesar de que su cuerpo esté adherido a la mesada, helado por el miedo de estar siendo juzgada y tembloroso de imaginar los pensamientos oscuros que escondía su hermana, Azul no la dejaba. Belén percibió su cautela. Sabía que la estaba analizando. —¿Qué pasa? —le preguntó con una voz inocente. Azul parpadeó y después de ese segundo, la anguila desapareció. Quería decirle que nada, porque era la verdad, no tenía ningún interés en conversar con ella, pero presentía que Belén si y por eso se animó. —Como me mirabas tanto pensé que me querías decir algo. —le contesta. Belén le sonrió, era apenas una mueca, pero en ese instante, la tormenta se aclaró. El sol amaneció en sus ojos y el azul negruzco se volvió celeste. Se había olvidado de que tenía que pedirle un favor. Al mediodía tenía una juntada con sus amigos y Cata no podía llevar sus parlantes porque al parecer se habían roto. No quedaba de otra que pedirle que le preste el vejestorio que guardaba debajo del armario y que nunca había vuelto a usar después de su último cumpleaños. Pero no se lo dijo inmediatamente, porque se daba cuenta de que Azul estaba totalmente hermética a cualquier acercamiento. Así que intentó aflojar el ambiente por otro lado. —¿Me pasas la licuadora? A espaldas de Azul había una máquina vieja que apenas se prendía parecía que picaba piedras en vez de frutas. Cuando lo levantó para dárselo a su hermana, sintió el ruido de algo suelto, pero no quiso decir nada. Belén era la única que insistía en usarla. Había una moderna, con botones inteligentes y trituradora de hielo. Era segura y silenciosa y un regalo de Azul para su mamá por el día de la madre. A nadie le daban ganas de licuar algo en esa porquería y creyó que con una nueva iban a tirarla, pero no. Antes de llegar a Belén, había sido del abuelo. Era una reliquia de la casa. Cuando eran chicas y todavía correteaban juntas, se sacaban las sandalias y corrían calle abajo con los brazos acogotados de bananas, frutillas, manzanas y toda clase de frutas. Llegaban con las caras rojas y transpiradas, y el abuelo, al ver sus piecitos negros, las mandaba a enjuagarse en la palangana de afuera, para que su mamá no sepa de que andaban como nenas “salvajes”. La rubia despedazó la fruta con la mano. —¿Vos queres? —le preguntó. —No, suelta un sabor raro. —le contestó con un poco de asco. La manija tenía algo pegajoso que le había quedado en la mano, además, tenía costras amarillas donde estaban las cuchillas que ya no salían con nada. —¿Lavaste bien eso? Belén cerró la tapa. —Siempre la lavo bien. Azul hizo una mueca. —La otra vez la dejaste llena de agua y la terminé lavando yo. Belén encendió la licuadora y el ruido inundó toda la cocina. Sostuvo la perilla para que no se apagué y estuvo así dos segundos hasta que se detuvo solo. Azul suspiró. Esa cosa no daba más, pero muy en el fondo, entendía porque su hermana se aferraba tanto. Cuando el abuelo empezó con el Parkinson, gran parte de sí mismo se perdió. Le daba vergüenza que lo vean como un viejo inútil y asqueroso. Nadie creía en esas palabras tan crueles, pero él había sido un hombre de voluntad inquebrantable y presenciar cómo poco a poco, lo ganaba un ser débil, torpe y tembloroso, fue hundiéndolo en la soledad. A pesar de que la familia lo intentó, el eco de aquel hombre se quedó marcado en el presente y respetaron su aislamiento como si el que lo dijera fuera el mismo y no la enfermedad enemiga. La única que renunció a dejarlo solo fue Belén. Ella se ató a los viejos recuerdos y se escondió con él. Azul creía que su hermana no era capaz de ver más allá de sí misma y que ese enfrascamiento, tenía que ver con su egoísmo. Al principio pudo entender que no quisiera aceptar el cambio del abuelo, pero luego, después de tantas insistencias dichas por la misma boca del viejo, había comenzado a dudar. Él quería estar solo, y esa soledad era el acto de amor más valioso que le podían dar. —¿Qué le pasa a esta mierda? —refunfuñaba Belén contra sí misma. Le pegó un par de veces y suspiró. —Azul, ¿te fijas si no se quemó el enchufe? Ella alzó las cejas y otra vez se cruzó de brazos. —¿No podes hacerlo vos? Está abajo tuyo. —¿Tanto te cuesta hacerme un favor? —le preguntó con fastidio. Todo, hasta lo más estúpido era un problema. Azul no movía un dedo por ella y eso a Belén la irritaba. —Dale, yo te alumbro. —Esa cosa no anda más Belén. —le dijo, moviendo la cabeza de un lado a otro. —Tiene gusto, la mugre no sale y ese ruido espantoso que hace. Ya no da. Belén bufó y se agachó para tironear del cable y desconectarlo. —Deja, la voy a mandar a arreglar. —Es una pérdida de plata. —Es mi plata no la tuya. —le dijo, vertiendo el licuado en el vaso. Azul se río. No pudo evitarlo, era un chiste de muy mal gusto. —¿Qué plata? Si no ganas nada en esa feria que haces. Si no fuera por papá no ves un peso. Belén dejó lo que hacía a la mitad y la miró. En sus ojos reapareció la anguila, destelló de un lado a otro. Azul se dio cuenta, pero ya era tarde. —Al menos por mí se preocupa. —escupió Belén. —No como vos que ni aunque le mendigues te da algo. —¿Y vos te pensas que eso a mí me preocupa? A mí eso me daría vergüenza. Tenes veintidós y seguís pidiéndole plata como si tuvieras quince. —Un negocio no se establece así nomás. Lleva tiempo, por eso me ayuda. Vos ni siquiera tenes algo propio. Se cae abajo esa librería y al dueño le importa un carajo. —Al menos yo me banco sola. Tengo planes y no voy a quedarme toda la vida como vos, agarrada a papá como un parásito. Belén hizo un movimiento brusco con el brazo. No tuvo la intención de volcar el vaso, pero cuando quiso rodear la isla para acercarse a su hermana, se llevó puesto todo el licuado. Las dos miraron el enchastre sobre la mesa y el piso. Belén apretó los labios y fue a agarrar un trapo. Azul se acordó que detrás suyo estaba su vaso con agua y la tiró con todo y hielos en el lavaplatos. Ya no quería hablar. Se dio la vuelta para pasar por el otro lado, donde no pisara el lío. Quería ir al quincho, meter los pies en el arroyo y después, poco a poco, recostarse en las piedras y dejar que el agua la pase por encima. —Azul. —pero Belén le habló de nuevo. Cerró los ojos y respiró profundo. Azul tenía demasiado encima como para soportarla y por eso la culpaba. —Antes de que te vayas tengo que decirte algo. —No tengo ganas. —le dijo. Belén dejó el trapo y el piso a medio limpiar. —¿Podes mirarme? Es un segundo. Azul se quedó en el mismo lugar, mirando hacia afuera. ¿De verdad tenía las fuerzas de volver a poner su atención en ella? Estaba cansada. Quería cerrar los ojos y que todos sus males desaparezcan, empezando por su hermana. Quería dormir sin ahogarse. Soñar sin ver a ese hijo de puta. Despertar sin desear morirse. Sin pensar que, al lado de su cuarto, dormía la cómplice del maldito que le jodio la vida. Pero adentro suyo todavía no existía la indiferencia que su hermana si tenía por ella. Tontamente seguía compartiendo el mismo techo y las palabras. Comenzaba a sentirse desbordada. —¿Qué queres? —Al mediodía van a venir unos amigos. Azul escuchó la palabra amigos y se le erizó la piel. —¿Quienes? —Cata, la de siempre, y dos más que todavía no conoces. Azul asintió. —¿Y qué pasa con ellos? —le preguntó con un tono seco y poco amable. Era sabido que no se metía con ninguna de las amistades de su hermana, ni para compartir, ni para saber. Hubo un tiempo en el que podían mezclarse un poco, después de todo ellas solo tenían un año de diferencia y en un pueblo chico las caras eran las mismas. Sin embargo, cuando empezó la envidia y los celos, Belén dejó de querer incluirla. Azul insistió hasta que le pasó eso y después no quiso saber nada de su hermana, ni de las cabecitas que se juntaban alrededor suyo. —Con ellos nada, pero necesito el parlante que tenes en tu pieza. Azul giró el cuello para mirarla. Si solo era eso...—Quédatelo si queres. Belén soltó una risa burlona y negó. —Se cae a pedazos. Azul se encogió de hombros. —Eso no me importa. —le contestó y retrocedió en dirección a la entrada que daba al comedor. —Ahora te lo busco. No escuchó ni un gracias. Huyó tan rápido como pudo. Subió las escaleras corriendo, atravesó el denso pasillo oscuro y cuando entró a su dormitorio, cerró la puerta detrás de ella. Pegado a la pared de enfrente, al otro lado de la cama, había un armario gigante que rozaba el techo. Tenía cuatro puertas, cajoneras pesadas y un amplio espacio para las perchas. Ahí debajo y entre las zapatillas estaba el parlante. Era chiquito, de esos antiguos que venían con cable, pero tenía buen sonido. Azul limpió un poco el polvo con la mano y acomodó unas deportivas grises que le habían quedado del año pasado. Vio algo brillante en el fondo y se estiró para agarrarlo, pero unos toques en la puerta la asustaron. —¡Azul! Se levantó rápido y fue a abrirle. —Acá tenes. —Vamos a estar en el quincho, te aviso por las dudas. Azul asintió, de cualquier manera, estén adentro o afuera, no iba a dejarse ver. —¿Algo más? Belén husmeó el interior de la pieza. Vio la cama destendida, la ropa enquilombada en la silla. La mesa ratona frente a la estantería de libros con el cenicero y los cigarrillos y los ojos se le iluminaron. —¿Me das uno? —le preguntó, señalando con el mentón ya que tenía las manos ocupadas. Azul frunció el ceño y cerró más la puerta. —No. Belén chasqueó la lengua y la miró con disgusto. —Pero ¿qué te pasa nena? La pared tembló por el golpe. Se llevó las uñas a la boca y dio un par de vueltas. ¿Pero qué te pasa nena? El corazón le latía desesperado. Adentro suyo una bola a punto de explotar se apretaba contra su garganta y sus manos. Le picaban. Parecían ansiosas por liberarse de su enorme tensión. ¿Es que no se daba cuenta? ¿Vivía en una nube de pedo que se creía con el derecho de venir a pedirle favores? Azul se detuvo a mirar el cenicero. La noche que Alexis interrumpió en su pieza ella estaba fumando. Hacía calor y tenía la ventana abierta. Se había acercado al alfeizar y estaba tranquila, mirando a la luna sonriente. Ese momento parecía perfecto. Azul disfrutaba de lo simple y lo tranquilo. Cuando escuchó la puerta creyó que era Belén, le molestó un poco que venga a interrumpirla y le dijo algo como siempre lo mismo vos, cayendo mal. Pero entonces nadie respondió y eso la extrañó. Se dio la vuelta, pensó que lo que pasaba era grave. Y lo era. Azul explotó. Gritó y de un arrebato, tiró todas las cosas que estaban en la mesita de luz. El cenicero se partió y lloró amargamente. Esa noche no entró su hermana. El hijo de puta ese tenía la mano metida en el short y la sacudía.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR