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Descripción

Antes de que declaren a su hermana Belén como desaparecida, Azul la sueña en el río. Escucha su grito, ve unas manos que sujetan su cabeza contra el agua y el chapoteo enloquecido de su cuerpo queriendo salir. Cuando despierta tiene el cuerpo mojado y el miedo inmenso de ser ella ese río violento que se lleva a su hermana.

La desaparición de Belén desencadena un bucle de culpas y angustias. La cordura de Azul comienza a quebrarse cuando las sospechas sobre si misma se vuelven demasiado fuertes. ¿En dónde estaba esa noche? Lo único que sabe es que no recuerda nada más que ese sueño y mientras busca respuestas, la policía finge interés por el caso y su familia se va desmoronando.

Todos creen en su propia verdad. Todos se alejan de la corriente, pero para Azul lo único real es que todo la lleva al rio.

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LA ORILLA
Dejemos nuestras pieles en el río. 1 Primero escuchó el chirrido de una puerta, después el quejido de la madera siendo aplastada por un cuerpo pesado y bruto. El piso hacía ruido hasta con el desliz de los pies de su hermana. Azul había aprendido a distinguirlos de esa manera. Era su modo de saber cuándo salir y cuándo quedarse. Si era su papá temblaban hasta las paredes. Sus pisadas eran profundas y lentas. Plantaba sus pies como si la madera fuera el río. Cuando se quedaba quieto movía los dedos buscando la arena. Cuando caminaba lo hacía con firmeza, para que ninguna corriente se lo lleve. Detrás de él venían los de su mamá, chancleteando. Le molestaba el polvillo eterno que no desaparecía ni con mil barridas y los pies sucios. Aunque el piso estuviera limpio y fresco con olor a lavanda, siempre tenía puestas las ojotas. No disfrutaba de la agradable humedad que desprendía el pasto recién cortado. Tampoco enterraba los dedos en la arena, decía que le arruinaba el esmalte y odiaba que se le metiera debajo de las uñas. Cuando sus padres todavía soportaban los paseos en familia, se iban al río. Su mamá solo se metía hasta la orilla y nunca iba descalza. Todo le daba impresión y por eso su papá le decía que era una exagerada, que con ella nunca se podía disfrutar nada. Entonces su mamá se enterraba en la reposera y le decía que no iba a moverse una mierda. Dejaban de hablarse. Su papá se iba con la caña hasta lo más profundo y las chicas se quedaban solas, a la deriva. Azul no decía ni preguntaba nada. Se iba a jugar lejos y no le daba bolilla a nadie, ni siquiera a su hermana. Belén no quería ser como ella, era la mayor y en ese tiempo todavía intentaba congraciarse, pero su mamá la sacaba volando y su papá respondía con su silencio. Al rato Azul veía como se acercaba, decaída con su baldecito hacia donde estaba. No se decían nada, pero se quedaban juntas y construían castillos de arena. Las charlas que vinieran después eran sobre reinos en guerra e inundaciones que convertían a sus princesas en sirenas. Azul se quedó en silencio hasta el último ruido que escuchó de ellos. El Chevrolet rojo hizo sonar su bocina y se fue para un lado, a la capital para reunirse con su hermana. La camioneta de su papá, una Ford vieja y gris, rugió sus ruedas hacia la calle de tierra, al fondo, donde el río se abría en forma de laguna. Esperó un rato más en la oscuridad azul de su habitación, hundida en la humedad de su encierro. La música seguía sonando de su celular. Antes de que amaneciera estaba escuchando Airbag. Ahora que la noche se había ido, ya no le tenía miedo al murmullo del agua que corría debajo de su ventana. De día el arroyo era su amigo, pero cuando el sol desaparecía se agitaba. Crecía y se teñía de n***o. Se metía por las paredes de piedra y las grietas en el piso. Subía hasta tapar su ventana y golpeaba el vidrio, llamándola. Azul se había despertado a las dos de la madrugada, pero no se movió ni respondió. Se quedó escuchando hasta que se hicieron las cuatro y los golpes la llevaron a otro lugar. Fue al río. Seguía siendo de noche, pero había vientos de tormenta. Estaba descalza, tenía los pies fríos sobre la arena mojada. Se sentía desnuda. Cuando se tocó el cuerpo, no sintió nada, solo la bombacha. Adelante suyo se asomó una figura oscura. Se acercaba a la orilla como un bote, pero no tenía velas, ni nada que se pareciera. Era una camioneta negra, pero no cualquiera, sino una que conocía muy bien. Los golpes en el vidrio se hicieron más fuertes, más desesperados. Adentro y detrás del parabrisas trasero golpeaban unas manos abiertas. Eran huesos apenas recubiertos por una piel pálida y finita, se veía la carne de abajo y eran tan largas que no parecían humanas. Azul sintió una pequeña felicidad. Quiso empujar la camioneta, que vuelva al agua y se hunda bien, bien profundo. Pero las manos no eran de quien ella creía, o soñaba que fueran, no eran palmas grandes y redondas con dedos cortos y gordos como salchichas. El que gritaba era una mujer. Azul no se pudo mover. Tenía las piernas entumecidas y los ojos atrapados en esas manos pidiendo ayuda. La arena debajo suya se volvió líquida y se la fue tragando, pero Azul no podía salir, tampoco gritar. Fue el golpe final lo que la despertó. El vidrio se rompió. La arena se la tragó, pero ya no era arena. Era agua. Eran las cuatro y media cuando juntó valentía. Salió de la cama solamente para agarrar los auriculares del escritorio. Mientras volvía y le daba la espalda a la ventana, escuchó que el arroyo se hacía más fuerte. Parecía que estaba debajo suyo, no, detrás de las paredes. Estaba ahogando a la casa. No, el agua venía de adentro suyo. Se estaba ahogando, perdía el aire. Se puso de rodillas antes de llegar a la cama y se metió los dedos hasta la garganta para vomitar todo lo que había tragado. Entonces cuando escuchó que sus padres se despertaban, decidió quedarse. No quería que la vieran con la cara hinchada y roja, con los ojos irritados, la boca agrietada oliendo a vómito y el pelo duro y pegoteado. Iban a preguntarle. Iban a acorralarla, a presionarla para que hable y eso no iba a poder ser, porque Azul había jurado silencio. Salió de su encierro mucho después. Corrió las cortinas azules para que el sol destierre las sombras y el mal olor. Pudo bañarse y ponerse la malla gris y una calza corta con su top deportivo a juego. Después iría a correr o al río. De día no le daba miedo, ni sus pesadillas ni la realidad que a veces la acechaba. La cocina estaba fresca. El calor empezaba a subir, pero el viento entraba por la ventana, agitando las cortinas de lino blanco y la puerta que daba al jardín estaba abierta. Su mamá ventilaba desde temprano, todos los días sin falta y pedía que los demás hagan lo mismo. Tenían que hacerlo antes del mediodía o a la tarde el calor sería insoportable. No había árboles cerca, tampoco lejos. Cuando salían al patio estaba el caminito, rodeado de pasto verde y el quincho de madera, que ni siquiera estaba pegado a la casa, sino al arroyo y después del alambrado estaba el campo. Un campo dorado y voraz. Azul estaba tomando un vaso grande de agua helada. Su estómago estaba muy sensible para desayunar algo, pero con algo tenía que llenarlo. Muchos hielos flotaban a la deriva y sus pensamientos no tardaron en hacer lo mismo. Se acordó de que el lunes entraban libros nuevos, que tenía que llamar a Javier para que mire la pérdida del baño, estaba cansada de tirar la cadena y que se haga un enchastre, también pensó que el sol estaba demasiado fuerte, que el quincho se veía lindo y fresco con sus escaleritas que bajaban al arroyo, quizás podía sentarse y mojar las piernas un rato o quizás lo mejor sería ir a nadar al río y después flotar un rato, dejar que la corriente se la lleve un poco. Sintió un tirón en la panza y dejó el agua. La camioneta vino flotando a su mente y después vino Belén. La invadió su perfume a jazmín. Entró a la cocina sin saludar. Azul se sintió incómoda al instante. Cuando estaba cerca de ella sentía que su cuerpo dejaba de ser el suyo. Su hermana se complementaba con la casa como si hubiera sido esculpida para ser la muñeca perfecta. Su ligero vestido crudo resaltaba sobre su piel dorada y entre la blancura de los muebles, combinaba con la luz del sol que se reflejaba en la loza blanca y en la isla de porcelanato. Tenía la cara bronceada y la nariz y los cachetes rojos como una cereza. Su pelo estaba mojado y tenía el color de una moneda de oro antigua, goteaba tanto que tenía la espalda empapada. La tela se le pegaba a la piel y hacía traslucir su bikini rosado. Era tan linda y fresca como una flor de verano, pero Azul conocía la podredumbre de su corazón. Y a Belén eso le importaba una mierda. Ella hacía y deshacía cuando quería. Si quería saludarla lo haría, si no quería, no lo haría. Todo se definía a su estado de humor, a cuanto le placía hacer una cosa u otra. Cuando entró y la vio le dio pena. Tenía el pelo estirado en una colita alta, con la frente descubierta y brillante, los ojos grandes con sus pestañas gruesas y largas, pero rojos, cansados y hundidos en dos sombras oscuras. Su piel no tenía vida, su boca no tenía ni una gota de color. Resaltaba en el blanco como una mancha negra por su ropa deportiva oscura y porque parecía una pelota. Un defecto. Un error que desequilibraba toda la armonía. Le daba asco sus brazos anchos y sus piernas gruesas. Su culo gordo que no pasaba desapercibido y sus pechos gigantes que se caían y rebotaban hasta con respirar. Azul se dio cuenta, se miró el cuerpo y se cruzó de brazos. No era gorda, pero tampoco flaca. Lo que pasaba, es que a su hermana le jodía cualquier chica que tuviera un gramito más de grasa sana. Azul la odiaba por eso, y por muchísimas y horrendas otras cosas.

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