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Subasta Clandestina.

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Descripción

Liam, un joven de 22 años y stripper por necesidad en uno de los clubes más exclusivos de Londres, guarda un odio profundo hacia Jaxon, un narcotraficante peligroso y frío que es cliente habitual. La animosidad entre ellos es mutua, pero todo cambia cuando Jaxon, en una subasta clandestina, compra a Liam, llevándolo a su mansión en las afueras de Londres. Forzados a convivir durante varios meses, la tensión entre ambos se incrementa con cada mirada desafiante y cada conversación cargada de veneno. Sin embargo, con el tiempo, las murallas de desconfianza que levantaron empiezan a desmoronarse, y lo que comenzó como una relación de puro rencor se convierte en algo más complicado. Entre los secretos oscuros de Jaxon y las emociones reprimidas de Liam, ambos descubrirán que el amor puede surgir en los rincones más inesperados de Londres.

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Capítulo 1.
El aire del “Elysian” era una mezcla densa y embriagadora, un perfume caro luchando por enmascarar el olor más primario del sudor y el deseo contenido que se adhería a las paredes de terciopelo carmesí. Las luces estroboscópicas de neón azul y violeta se deslizaban por los cuerpos de los bailarines en el escenario central, creando patrones hipnóticos que se rompían y rehacían con cada beat palpitante de la música electrónica que vibraba hasta en los huesos. El murmullo de conversaciones discretas y el tintineo de los vasos de cristal en las mesas de la zona VIP formaban una banda sonora de lujo y decadencia, un mundo aparte donde el dinero compraba fantasías efímeras. Liam sentía la familiaridad de este ambiente como una segunda piel, una que se ponía cada noche para sobrevivir en la implacable jungla de asfalto que era Londres. Se movía a través del gentío con una gracia estudiada, su mente aguda registrando las miradas lascivas y las sonrisas invitadoras, todo parte del espectáculo que vendía. Cada rincón del club exudaba opulencia, desde los detalles dorados en el mobiliario hasta el brillo del champán en las copas de los clientes adinerados. El tacto del frío metal de la barra bajo sus dedos lo anclaba a la realidad, un recordatorio constante de la transacción que estaba a punto de realizar: su cuerpo y su energía a cambio de la seguridad financiera que tanto necesitaba. Para los demás, él era solo una cara bonita y un cuerpo tonificado, una distracción momentánea de sus vidas vacías. Sin embargo, detrás de su fachada de indiferencia, un odio profundo ardía lentamente, alimentado por la presencia de un hombre que representaba todo lo que despreciaba. Desde su posición privilegiada en el escenario, Liam podía sentir su mirada como una quemadura física, un peso tangible que se asentaba sobre su piel. Jaxon estaba allí, como casi todas las noches, ocupando el reservado más exclusivo con una presencia que absorbía toda la luz a su alrededor, su silueta imponente recortada contra la penumbra. Liam conocía cada detalle de su apariencia desde la distancia: el cabello n***o azabache peinado meticulosamente hacia atrás, la mandíbula definida adornada con una ligera barba que le confería un aire rudo y peligroso. Los ojos oscuros y penetrantes del narcotraficante parecían capaces de despojarlo de todas sus capas, de ver más allá del stripper para encontrar al joven asustado y furioso que se escondía debajo. Su cuerpo, musculoso y enfundado en un traje caro que no lograba ocultar el poder que contenía, era un testimonio de la vida peligrosa que llevaba. Liam dejaba que el rencor fluyera por sus venas, convirtiéndolo en combustible para su actuación, cada movimiento de cadera una provocación, cada mirada desafiante un insulto silencioso. El hombre era frío y calculador, una serpiente vestida de seda que se deslizaba por los rincones más oscuros de Londres, y Liam, por necesidad, bailaba para él. La animosidad entre ellos era un campo de batalla silencioso, una tensión palpable que cargaba el aire cada vez que sus miradas se cruzaban sobre la multitud sudorosa. A pesar del desprecio que sentía, una parte de él se sentía extrañamente viva bajo ese escrutinio intenso, una polilla atraída por una llama que sabía que solo podía destruirla. —Otra ronda para el señor, Liam. Y asegúrate de que sea del mejor whisky que tengamos. La voz de su jefe, ronca y apresurada, lo sacó de su trance. Liam asintió sin girarse, sus ojos aún fijos en la figura de Jaxon mientras descendía del escenario al final de su número. El sudor perlaba su piel clara y ligeramente bronceada, pegando mechones de su cabello castaño oscuro a su frente. Se movió con una determinación contenida hacia la barra, sus músculos atléticos protestando por el esfuerzo constante. Ignoró las manos que intentaron rozarlo y las invitaciones susurradas a su paso, su mente enfocada en una única tarea. Cada noche era la misma rutina, la misma humillación velada, la misma lucha por mantener intacta la coraza que había construido a su alrededor. Se sentía como un animal enjaulado, exhibido para el deleite de los depredadores, y Jaxon era el más peligroso de todos. Sus ojos verdes, normalmente penetrantes, ahora estaban velados por una capa de cansancio y resentimiento. Sabía que su rostro juvenil contrastaba con el peso de las experiencias que lo habían llevado a este lugar, y odiaba la vulnerabilidad que eso implicaba. Tomó la botella de cristal tallado, sintiendo el frío del vidrio contra su piel caliente, y se preparó para el inevitable acercamiento al cubil del lobo. El reservado de Jaxon estaba separado del resto del club por una sutil barrera de respeto y miedo. Nadie se acercaba sin ser llamado, y los guardias apostados discretamente en las cercanías aseguraban que esa regla no escrita se cumpliera. Al entrar en el espacio íntimo, el sonido de la música se atenuó, reemplazado por el suave murmullo de una conversación entre Jaxon y otro hombre. El aire aquí olía a cuero, a tabaco caro y al inconfundible aroma del poder. Jaxon no levantó la vista de inmediato, un gesto calculado para establecer su dominio, dejando que Liam esperara mientras servía el whisky con una mano firme y precisa. Su piel oliva parecía casi dorada bajo la luz tenue del reservado, y el traje a medida se ajustaba a sus hombros anchos sin una sola arruga. Liam colocó el vaso en la mesa de caoba pulida, el sonido apenas audible sobre el bajo de la música. La tensión era una cuerda tensa a punto de romperse, un silencio cargado de todo lo que no se decía. Finalmente, los ojos oscuros de Jaxon se encontraron con los suyos, y una sonrisa casi imperceptible curvó sus labios. —Parece que has tenido una noche ocupada. La voz de Jaxon era grave y controlada, una calma que contrastaba con la tormenta de emociones que Liam sentía en su interior. No era una pregunta, sino una afirmación, una demostración de que nada se le escapaba. —Es mi trabajo —replicó Liam, sus palabras firmes y calculadas, negándose a mostrar cualquier atisbo de intimidación. —Un trabajo que haces excepcionalmente bien. Tienes... talento —continuó Jaxon, su mirada recorriendo el cuerpo tonificado de Liam de manera lenta y posesiva. Liam sintió un escalofrío recorrer su espalda, una mezcla de repulsión y una extraña corriente eléctrica. Odiaba ser el objeto de ese escrutinio, ser valorado como una pieza de carne, pero supo que cualquier muestra de debilidad sería un error fatal. —Guárdese sus cumplidos —espetó, su tono más afilado de lo que pretendía. La sonrisa de Jaxon se ensanchó ligeramente, sus ojos oscuros brillando con un interés renovado. La insolencia de Liam, en lugar de ofenderlo, parecía divertirle. —El fuego es precisamente lo que me interesa. Desde el otro lado de la mesa, Marcus, el hombre robusto y de aspecto intimidante que acompañaba a Jaxon, observaba el intercambio con una expresión seria. Sus ojos marrones, llenos de una lealtad feroz hacia su jefe, se posaron en Liam con una clara advertencia. Marcus era la fuerza bruta detrás de la mente calculadora de Jaxon, un hombre de pocas palabras pero de acciones rápidas y decisivas. Su complexión fuerte y musculosa, con una altura de 1.88 m, lo convertía en una presencia formidable por derecho propio. Su piel de un tono marrón oscuro y su cabello corto y rizado enmarcaban un rostro cuadrado y de facciones marcadas que no invitaba a la conversación. Era el guardián silencioso, el protector cuya mera presencia era suficiente para disuadir cualquier amenaza. Su temperamento, conocido por ser explosivo, se mantenía a raya bajo la mirada tranquila de Jaxon, pero Liam no tenía dudas de que podría desatarse en cualquier momento. La tensión en el pequeño espacio era asfixiante, una batalla de voluntades que se libraba en el silencio entre frases cortas. Liam se sentía atrapado entre dos fuerzas opuestas: la fría y calculadora crueldad de Jaxon y la lealtad implacable de Marcus. Jaxon hizo un gesto displicente con la mano, despidiendo a Liam sin otra palabra. El stripper se retiró con la misma rigidez con la que había llegado, sintiendo la mirada de ambos hombres en su espalda hasta que estuvo fuera del reservado. —Tiene agallas, lo reconozco —comentó Marcus, su voz un retumbo grave. —Tiene más que eso —respondió Jaxon, tomando un sorbo de su whisky mientras sus ojos seguían fijos en la dirección por la que Liam había desaparecido— Tiene una voluntad fuerte. Y eso, mi amigo, es un bien mucho más valioso. Jaxon se reclinó en el lujoso sofá de cuero, el material frío contra su espalda. Su fachada de calma era una fortaleza que había construido durante años, una máscara necesaria en un mundo donde cualquier emoción podía ser explotada como una debilidad. Observó el caos controlado del club, un microcosmos de la ciudad que él manejaba desde las sombras. Cada persona era una pieza en un tablero, y él era el jugador que anticipaba todos los movimientos. Su control sobre todo lo que lo rodeaba era absoluto, o casi. Sin embargo, a pesar de su poder y su riqueza, un sentimiento persistente de vacío lo acosaba en los momentos de quietud. Era una soledad profunda, un abismo que intentaba llenar con control y posesiones. Y en ese momento, sus pensamientos estaban consumidos por el joven stripper de ojos verdes desafiantes. La animosidad de Liam era refrescante, una honestidad brutal en un mundo lleno de aduladores y mentirosos. No era el cuerpo atlético o el rostro juvenil lo que había capturado su interés, sino el espíritu indomable que ardía debajo de la superficie. Mientras tanto, en la caótica trastienda reservada para el personal, Liam se apoyó contra la pared fría, intentando regular su respiración. El encuentro, aunque breve, lo había dejado temblando de ira y una emoción más oscura y confusa que no quería nombrar. Se pasó una mano por su cabello desordenado, sintiendo el sudor frío en su nuca. — ¿Estás bien? Te vi salir de la cueva del dragón —preguntó Dylan, otro de los bailarines, acercándose con una botella de agua. Dylan, con su apariencia relajada y su sonrisa fácil, era una de las pocas personas en el club con las que Liam mantenía una conversación que no fuera puramente superficial. Su carisma natural atraía a la gente, aunque Liam siempre había percibido que había algo más debajo de esa fachada de chico despreocupado. Con 1.80 m de estatura y una complexión media pero tonificada, Dylan poseía una presencia amigable que contrastaba con la atmósfera a menudo depredadora del Elysian. —Estoy bien. Solo el cliente habitual siendo... él mismo —murmuró Liam, aceptando el agua y bebiendo un largo trago. —Ese tipo te mira como si quisiera comerte vivo. O comprarte. Probablemente ambas cosas —añadió Dylan con un toque de su humor característico, aunque sus ojos color avellana mostraban una genuina preocupación. La palabra “comprarte” se quedó flotando en el aire, ominosa y profética. Liam sintió un nudo en el estómago. La idea era absurda, grotesca, pero con un hombre como Jaxon, nada parecía fuera del ámbito de lo posible. Esa noche, la tensión habitual había adquirido un matiz diferente, más oscuro y posesivo. La forma en que Jaxon había pronunciado la palabra “talento” no había sido un cumplido, sino una tasación. Liam apartó el pensamiento, concentrándose en el frío del plástico de la botella en su mano. Tenía que superar la noche, cobrar su paga y desaparecer en el anonimato de las calles de Londres hasta que el ciclo comenzara de nuevo. Era una existencia precaria, suspendida entre la necesidad y el desprecio, y el rostro de Jaxon se había convertido en el símbolo de su prisión dorada. Sin que él lo supiera, las ruedas del destino ya se habían puesto en marcha en el silencioso reservado de la zona VIP, donde Jaxon planeaba su próxima adquisición, una que no involucraba drogas ni armas, sino la voluntad y el alma de un joven stripper que se había atrevido a mirarlo con odio en los ojos.

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