Capítulo 3.

2731 Palabras
Tres noches después, el aire dentro del Elysian se sentía inusualmente denso, cargado con una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Liam se erizara bajo las luces estroboscópicas. La mezcla habitual de perfume caro y deseo contenido parecía hoy más pesada, casi sofocante, como si una tormenta invisible estuviera a punto de desatarse dentro de las paredes de terciopelo carmesí. Se movía por el escenario con una precisión casi robótica, su cuerpo atlético ejecutando la coreografía mientras su mente estaba a mil kilómetros de distancia. Una extraña sensación de premonición se había instalado en la boca de su estómago, una inquietud fría que el ritmo palpitante de la música no lograba disipar. Sus ojos verdes escanearon la zona VIP por costumbre, buscando la silueta imponente que lo observaba casi todas las noches, pero el reservado de Jaxon estaba sorprendentemente vacío. Esta ausencia, en lugar de traer alivio, solo amplificó su ansiedad, creando un vacío en la tensión a la que se había acostumbrado peligrosamente. Notó la presencia de varios hombres de rostro adusto y trajes idénticos apostados discretamente cerca de las salidas, sus miradas barriendo el club con una vigilancia profesional que iba más allá de la seguridad habitual. El tacto del sudor enfriándose en su piel ligeramente bronceada bajo el aire acondicionado le provocó un escalofrío. Cada tintineo de cristal y cada murmullo de la multitud sonaba premonitorio, parte de una sinfonía siniestra cuya melodía principal aún no podía discernir. Sintió una repentina y abrumadora necesidad de escapar, de correr más allá de la opulencia y la decadencia hacia el anonimato de las calles de Londres. Al terminar su número, el aplauso sonó distante y apagado, un ruido sin sentido en el zumbido de su propia aprensión. Descendió del escenario y se dirigió directamente a la caótica trastienda, ignorando las miradas y los susurros a su paso. Dylan lo interceptó a mitad de camino, con una expresión de preocupación genuina en su rostro normalmente despreocupado. —Oye, ¿estás bien? Parecías un fantasma ahí arriba —inquirió Dylan, extendiéndole una botella de agua. —No lo sé. Algo se siente… raro esta noche. ¿Viste a esos tipos de traje? No son los gorilas de siempre —murmuró Liam, aceptando el agua y bebiendo un largo trago, el plástico frío de la botella un ancla endeble en su creciente pánico. —Los vi. Parecen sacados de una película de espías. El jefe ha estado nervioso toda la noche, entrando y saliendo de su oficina —confirmó Dylan, bajando la voz y mirando por encima del hombro— Y la ausencia del Señor Oscuro y Misterioso en su trono de la zona VIP es más ruidosa que la música. —Eso es lo que más me inquieta. Su presencia es una tortura, pero su ausencia… se siente como la calma antes de la tormenta —confesó Liam, pasándose una mano por el cabello castaño y desordenado. —Quizás encontró un juguete nuevo y se aburrió de ti. Deberías estar celebrándolo —intentó bromear Dylan, aunque su sonrisa no llegó a sus ojos color avellana. —Con un hombre como Jaxon, uno no es un juguete, es una curiosidad. Y él no parece del tipo que se aburre fácilmente —replicó Liam, el nudo en su estómago apretándose con fuerza. — Su interés siempre se ha sentido como una tasación, no como un simple deseo. —Liam, el jefe quiere verte en su oficina. Ahora —interrumpió uno de los nuevos guardias, su voz plana y su mirada vacía. Liam y Dylan intercambiaron una mirada de alarma. Ser llamado a la oficina del jefe a mitad de la noche era inusual y rara vez presagiaba algo bueno. —Ve con cuidado, ¿quieres? Si no sales en diez minutos, empezaré a hacer preguntas —advirtió Dylan, su tono perdiendo todo rastro de humor. —Estaré bien. Probablemente solo sea una queja sobre algún cliente rico al que no le sonreí lo suficiente —intentó tranquilizarlo Liam, aunque las palabras sonaron huecas incluso para él mismo. Mientras seguía al guardia por el estrecho pasillo que olía a lejía y desesperación, una sensación de fatalidad lo envolvió. El sonido de sus propios latidos era un tambor sordo en sus oídos, marcando el ritmo hacia un destino que no podía prever, pero que instintivamente sabía que cambiaría todo. En un opulento salón de baile de un hotel abandonado en Mayfair, cuya existencia había sido borrada de los registros públicos, el ambiente era de un silencio reverencial y expectante. El aire era una compleja mezcla del olor a polvo y decadencia de un lugar olvidado durante mucho tiempo, superpuesto con el aroma penetrante del dinero antiguo y la colonia cara. Jaxon estaba de pie en una alcoba sombría, su imponente figura envuelta en un traje a medida de color carbón que lo hacía casi invisible en la penumbra. El vasto salón estaba iluminado únicamente por candelabros de cristal que colgaban precariamente de un techo con frescos descoloridos, sus luces amarillas y tenues arrojando largas y danzantes sombras sobre las caras de la docena de individuos reunidos. El suelo de parqué, que una vez brilló bajo los pies de la aristocracia, ahora estaba cubierto por una fina capa de polvo que amortiguaba cada paso, haciendo que todo el evento se sintiera surrealista y fantasmal. Jaxon sentía el frío mármol de una columna contra su espalda, un contrapunto sólido a la anticipación que, a pesar de su control férreo, vibraba sutilmente bajo su piel. Sus ojos oscuros y penetrantes recorrían la sala, analizando a cada uno de los postores cuidadosamente seleccionados, hombres y mujeres cuyo poder y depravación eran legendarios en los círculos más oscuros del mundo. No había música, solo el murmullo bajo de conversaciones discretas y el ocasional tintineo del hielo en un vaso de cristal, sonidos que eran amplificados por la acústica cavernosa del salón. Podía sentir el peso de la historia a su alrededor, una historia de secretos y transacciones ilícitas que se adhería a las paredes cubiertas de papel tapiz de seda hecho jirones. Esta noche, sin embargo, se escribiría un nuevo y único capítulo, uno orquestado enteramente por él para su singular propósito. La adquisición definitiva estaba a punto de comenzar, y él saboreaba la certeza absoluta de su victoria. Marcus se materializó a su lado, tan silencioso como una sombra, su robusta presencia un marcado contraste con la elegancia depredadora de Jaxon. —Todo está listo. El paquete llegará en cinco minutos. La seguridad exterior ha establecido un perímetro de tres manzanas. Nadie entra ni sale sin nuestro conocimiento —informó Marcus en voz baja, sus ojos marrones escaneando la multitud con desconfianza. — ¿Alguna complicación en la extracción? —inquirió Jaxon, sin apartar la vista del pequeño escenario de caoba instalado en el extremo opuesto del salón. —Ninguna. Fue limpio y silencioso. El gerente del club fue… persuasivo. El chico no sospechó nada hasta el último segundo —respondió Marcus— Sigo pensando que esto es un error, Jaxon. Exponerlo así, incluso a esta gente… —No es una exposición. Es una declaración —lo corrigió Jaxon, su voz un susurro frío y afilado— Quiero que se sepa que fue comprado, que tiene un dueño. Elimina cualquier ambigüedad futura sobre su estatus. Le pertenece a alguien. A mí. —El odio que te tendrá después de esto… será inconmensurable —advirtió Marcus. —Dejo que se aferre a su odio. Será lo único que crea que le pertenece por un tiempo —replicó Jaxon, una sonrisa fugaz y cruel curvando sus labios— Me servirá como recordatorio de su espíritu. El mismo espíritu que voy a disfrutar doblegando. —Natasha ha transferido los fondos a la cuenta de depósito en garantía. Tenemos autorización hasta una cifra que nadie en esta sala puede igualar —añadió Marcus, resignado a la determinación de su jefe. —No será una puja. Será una coronación —afirmó Jaxon con una finalidad escalofriante— Nadie se atreverá a desafiarme una vez que deje clara mi intención. Esto no es por deporte, Marcus. Es por posesión. En ese momento, las pesadas puertas de roble al fondo del salón se abrieron y dos de los guardias de Jaxon entraron, llevando a una figura que luchaba débilmente entre ellos. Una capucha de tela negra cubría su cabeza y sus manos estaban atadas a la espalda. A pesar de la capucha, Jaxon reconoció la complexión atlética y la forma en que se movía, una mezcla de pánico y desafío. —Que comience el espectáculo —ordenó Jaxon, su voz apenas un murmullo, pero cargada con el peso de un rey a punto de reclamar su premio. Liam recobró el conocimiento de golpe, arrastrado desde un abismo n***o y químico por un dolor agudo en el hombro donde lo habían sujetado con demasiada fuerza. Lo primero que registró fue la oscuridad total y sofocante, una ceguera artificial causada por una capucha de tela áspera y gruesa que le cubría toda la cabeza. El tejido olía a polvo, a humedad y a un leve y enfermizo olor a cloroformo, y el tacto contra su piel era irritante y abrasivo. Trató de levantar las manos para arrancársela, pero descubrió que estaban firmemente atadas a su espalda, las ataduras de plástico cortando la circulación en sus muñecas. El pánico, frío y afilado, lo atravesó, y aspiró una bocanada de aire viciado que solo sirvió para llenarle los pulmones con el olor de su propia prisión textil. Estaba de pie sobre una superficie de madera irregular y sintió una única y potente fuente de calor en su torso, dándose cuenta de que estaba bajo un foco. Más allá de la luz, el mundo era un vacío, un silencio profundo roto solo por un murmullo bajo e indistinguible, como el zumbido de insectos lejanos. Podía sentir el frío del aire en su pecho y piernas desnudos, y se dio cuenta con una oleada de humillación que solo llevaba puestos los bóxers de su última actuación. El sabor metálico del miedo y la bilis le cubría la lengua, y tragó saliva con dificultad, su garganta seca como el papel de lija. Cada fibra de su ser gritaba que luchara, que corriera, pero sus pies parecían clavados en el suelo de madera, paralizados por la terrorífica incomprensión de su situación. —Damas y caballeros —resonó una voz suave y culta desde la oscuridad, amplificada para llenar el vasto espacio— Les agradecemos su discreción y su presencia esta noche. Tenemos, como se les prometió, un artículo verdaderamente único. Único en su clase. La voz hizo una pausa, dejando que la tensión se acumulara en la sala silenciosa. Liam se estremeció, la comprensión de la palabra “artículo” golpeándolo como una bofetada física. —Lo que ven ante ustedes es un espécimen en su mejor momento. Veintidós años de edad, con una salud excelente y una constitución física notable, como pueden apreciar. Su ADN no muestra marcadores de enfermedades genéticas hereditarias. Es inteligente, aunque su educación ha sido… esporádica. Pero lo que lo hace verdaderamente excepcional, y la razón por la que se ha organizado esta sesión privada, es su espíritu. Indomable. Desafiante. Un fuego que se niega a ser extinguido. La humillación ardiente se convirtió en una rabia blanca y cegadora. ¡Estaban hablando de él como si fuera un animal, un objeto! — ¡Que se jodan! ¡Hijos de puta! —gritó Liam, su voz amortiguada y distorsionada por la capucha, lanzándose hacia adelante solo para ser detenido bruscamente por los guardias que lo sujetaban firmemente por los brazos. Una risa baja y apreciativa ondeó entre la multitud silenciosa. La voz del subastador continuó, imperturbable. —Como pueden ver. Pura pasión sin refinar. Una pizarra en blanco para un mecenas con los gustos y los medios adecuados. Comenzaremos la puja en dos millones de euros. Un silencio tenso siguió. Liam sintió las manos de los guardias apretarse en sus bíceps. —Cinco millones —declaró una voz con un marcado acento ruso desde la oscuridad. —Ocho —ofreció otra voz, esta vez femenina, tranquila y aburrida. —Doce. Los números subían, cada uno un nuevo clavo en el ataúd de su libertad. Liam luchaba, retorciéndose en el agarre de sus captores, el sonido de su propia respiración irregular y desesperada llenando sus oídos. Se sentía como una pesadilla, una parodia grotesca de la que no podía despertar. La idea era tan absurda, tan monstruosa, que su mente se negaba a procesarla por completo. —Veinte millones —anunció la voz femenina de nuevo. Hubo una pausa. El subastador estaba a punto de hablar de nuevo cuando una nueva voz cortó el silencio. Una voz que Liam reconoció al instante, helándole la sangre en las venas. Era grave, controlada y rezumaba un poder absoluto. —Cincuenta millones de euros —afirmó Jaxon con calma desde su lugar en la sombra. Un jadeo colectivo recorrió la sala. El silencio que siguió fue total, pesado y definitivo. Nadie se atrevería a contrarrestar una declaración de poder tan aplastante. No era una puja; era un pronunciamiento. —Vendido —anunció el subastador, su tono profesional teñido por primera vez con una pizca de asombro— Al caballero de la alcoba. El mundo de Liam se inclinó sobre su eje. El sonido se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. Dejó de luchar, su cuerpo de repente flácido por el shock y la desesperación absoluta. El hombre que representaba todo lo que despreciaba, la serpiente vestida de seda, su atormentador silencioso… acababa de comprarlo. El eco de la palabra “vendido” todavía flotaba en el aire viciado cuando el foco que lo iluminaba se atenuó, sumergiéndolo en la misma penumbra que el resto del salón. El repentino cambio de la luz cegadora a la oscuridad casi total fue desorientador, y Liam tropezó, solo para ser sostenido por los firmes agarres de los guardias. Escuchó el sonido de unos pasos lentos y deliberados que se acercaban a él sobre el suelo de parqué polvoriento, cada paso un golpe de martillo contra su destrozada compostura. Una fragancia familiar llegó a él a través de la tela de la capucha: cuero, tabaco caro y el inconfundible aroma del poder y el control que siempre rodeaba a Jaxon. Se tensó, una nueva oleada de adrenalina alimentada por el odio puro recorriendo su cuerpo, preparándose para el enfrentamiento inevitable. Podía sentir la presencia de Jaxon frente a él, una silueta más oscura que la propia oscuridad, una entidad de calma depredadora en medio de su caos interno. Una mano grande y cálida se posó sobre su hombro desnudo, y el contacto fue como una quemadura, una marca de propiedad que le erizó la piel. Escuchó el chasquido metálico de un cuchillo y luego el sonido de la tela rasgándose cuando Jaxon cortó las ataduras de sus muñecas. Por un instante irracional, una chispa de esperanza se encendió, pero fue extinguida inmediatamente cuando la misma mano agarró su brazo con una fuerza inflexible pero no dolorosa. Jaxon le arrancó la capucha de la cabeza con un solo movimiento brusco. Liam parpadeó rápidamente, sus ojos verdes ajustándose a la penumbra. Lo primero que vio, grabado a fuego en su mente, fue el rostro de Jaxon. Estaba a centímetros del suyo, sus rasgos angulosos y su mandíbula definida parcialmente ocultos por la sombra. Sus ojos oscuros y penetrantes, sin embargo, eran inconfundibles, y en ellos Liam no vio triunfo ni malicia, sino la tranquila y aterradora satisfacción de un coleccionista que acaba de adquirir su pieza más preciada. Una sonrisa casi imperceptible curvaba los labios de Jaxon. —Bienvenido a casa, Liam —murmuró Jaxon, su voz grave un ronroneo íntimo que fue mil veces más violento que un grito. Liam lo miró fijamente, el shock dando paso a una furia fría y concentrada. Levantó la barbilla en un gesto de desafío puro, negándose a mostrar el terror que amenazaba con consumirlo. —Te juro que te mataré —espetó, cada palabra temblando con una promesa de odio venenoso. La sonrisa de Jaxon se ensanchó ligeramente, sus ojos oscuros brillando con diversión ante la insolencia. —Lo dudo —replicó Jaxon con calma— Pero te daré toda una vida para que lo intentes.
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