Tenía un respaldo, ¿donde se supone que estaba mi respaldo en este momento? ¿No se suponía que iba a ser un apoyo?
Me encuentro sentada junto a la puerta de la cocina, con la pequeña Gemma abrazada a mi torso escondiendo su rostro en mi cuello. Coda sujeta mi mano derecha con fuerza y Rubí está sentada a mi izquierda sujetando mi camisa.
La impotencia recorre mis venas, al saber que no hay nada que pueda ser porque cada movimiento podría ser perjudicial para los niños que me rodeaban.
—Sabemos que tienes alguien que te trae comida — Habla el sujeto más grande con la pistola en su mano —, los vimos ayer jugando afuera, y luego en la noche vimos la camioneta llegar. ¿A qué hora regresa?
—No lo sé. No sé siquiera si va a volver — respondo desesperada —. Por favor, solo estoy yo con estos niños, son muy pequeños todos, esa es toda la comida que tenemos, no tengo nada más para ofrecerles.
El otro sujeto, el más delgado pero alto, se ríe a carcajadas y luego se gira hacia mí.
—Volveré luego — lee con el papel en alto y me arrepiento de haber dejado el papel a la vista —. Es una promesa, tu compañero va a venir, seguro con más comida.
—¿Están viendo la situación en la que estamos? — discuto con la esperanza de convencerlos — Él sí, me ayudó, y quizás dijo que regresaría, pero eso no es seguro, puede que algo le suceda, no sé si va a regresar, y si lo hiciera, no creo que traiga comida, esto era lo que yo había traído conmigo.
—Algo me dice que no te crea — espeta el más robusto agachándose frente a mí —. Es tu novio ¿no es así? O quizá es el padre de estas criaruritas.
—¡No los toques! — empujó su mano lejos de Coda.
—Oh, mamá osa, tranquila — se burla y se coloca de pie —. Aquí vamos a esperar a tu hombre, si es realmente diligente, va a traer cosas que nos servirán.
—Como la camioneta — señala el flaco.
—No te preocupes, si él es inteligente, sabrá que somos muchos para él y nos iremos sin una pelea. Después de todo, somos cuatro contra uno.
Respiro profundo, algo me decía que esto iba a pasar. Yo sabía que en algún punto, me encontraría con desquiciados como estos, solo no esperé que fuese tan pronto.
Había salido a jugar con los niños y todo había ido bien hasta que ellos llegaron de sorpresa. No los escuché o vi venir, habían sido muy cuidadosos... o yo había sido muy estupida.
De un momento a otro estábamos rodeados por cuatro hombres que me doblaban el peso o la altura, dos se quedaron afuera, listos para a****r a Abel cuando llegara, y estos dos nos habían hecho entrar.
Estaban todos armados, y al menos que fuese una superheroina de película, no podía hacer nada, considerando que tenía tres niños pequeños a mi cargo.
Lo único que realmente estaba en mis manos era mantener la calma, que no tocaran a los niños, y evitar que perdieran la cabeza. Y si Abel aparecía en medio de toda la revuelta, me vendría bien su ayuda, más si venía acompañado de Caín.
Miro mi reloj, y noto que son más de las siente de la noche, casi son las ocho. Normalmente Abel venía después de las 2 de la mañana.
—¿Cuánto tiempo planean estar aquí? — pregunto.
—El tiempo que sea necesario — indica el robusto sentado en el sofá.
Él recuesta su cabeza del espaldar y cierra los ojos, mientras que el flaco abre la puerta, haciendo que el frío de la noche cale por mis huesos.
—Quiero que se vayan — me dice Coda suavemente.
—Tranquilo, no pasará nada malo — intento calmarlo—. ¿Estás bien, Gemma?
Quiero ver su rostro pero ella solo lo oculta más en mi cuello y me abraza con fuerza.
—Por favor, los niños tienen mucho miedo, solo tomen lo qué hay y déjennos.
—¡Solo cállate! — grita el hombre del sofá — ¿No te das cuenta que me acabas de confirmar que estarás bien sin comida? ¿Por qué? Porque espera que él venga.
—No parece que debamos esperar más — señala el flaco riendo—.Ya está aquí.
Entonces noto que las luces del auto iluminan la sala.
Mi respiración se agita. ¿Cómo es que había llegado cuando lo necesitaba?
Sin embargo, un escalofrío recorre mi espalda, de alguna manera sé que algo no saldrá bien.
Noto que las luces se apagan, y entonces todo empieza.
Escucho claramente el sonido de disparos. Rubí tiembla a mi lado y me abraza con fuerza, Gemma y Coda lloran, yo trato de comprender lo que sucede.
Entonces reacciono.
—Coda, corre al cuarto — Me coloco de pie.
—Pero...
—¡Rápido, Rubí! — la ayudo a colocarse de pie.
—También están armados — informa el flaco escondiéndose detrás de la pared y cerrando la puerta.
Veo a Coda y Rubí correr.
—No puede ser — se queja el robusto — ¡No!
Él intenta agarrar a Rubí pero ella lo esquiva y logra ir hasta el cuarto,
—Debieron irse — sale de mis labios.
—¡Ya estoy en casa, mujer! — la voz de Caín me resulta inconfundible con ese tono pícaro y burlón.
—Tu, ven aquí — dice el flaco y corre en mi dirección.
Me deslizo y me adentro en la cocina, cuando la puerta principal se abre de golpe.
Cubro la cabeza de Gemma y trato de quedarme quieta.
—¿Están locos? — pregunta Caín.
—Solo queremos...
—Sí, si, si, no me importa.
Y dos simples disparos retumban en mis oídos.
Siento un miedo calar en mi pecho.
Gemma empieza a llorar con mesas fuerza.
—Ya, ya, tranquila — le digo acariciando su espalda —. Estoy aquí.
— ¿Caoi? ¿Caoimhe? —La voz de Abel entra en escena y yo salgo a su encuentro.
—Aquí — respondo mostrándome a través de la puerta.
Veo a Caín con un arma en sus manos, los dos cuerpos en el suelo sobre sus charcos de sangre y a Abel avanzando hacia mí con un arma colgando en su brazo izquierdo.
Él toma mis hombros y me regresa a la cocina.
—¿Por qué...?
—¿Estás bien?
Preguntamos al mismo tiempo. Me siento perturbada.
—¿Te hicieron algo? ¿Estás herida? — sigue preguntando mientras me examina.
—No — respondo levemente.
—¿Estás segura?
Toma mi rostro entre sus manos, y me observa, con esos ojos verdes en los que al fin noto algo: preocupación.
—Sí, estoy bien — asiento e intentó calmarlo —. Solo, eso...
—Sí, sí, fui yo — Caín entra a la cocina —. En mi defensa, Abel se encatgó de los dos de afuera, no es la gran cosa.
Miro a Abel, y este aparta su mirada y me suelta avergonzado.
—Yo...
—Entiendo — intento no pensar en eso —. Ya, pequeña, ya pasó — me dirijo a Gemma que no deja de llorar —. Ya pasó, estamos bien, ¿sí?
Seco sus lágrimas pero ella se vuelve a ocultar en mi cuello.
—¿Puedo llevar a los niños al auto? No quiero que vean...
—Sí — responde Abel —. Te ayudaré.
Asiento y me dispongo a salir pero entonces me detengo.
—Caín, ¿podrías guardar esas dos? — pregunto señalando el arma.
Él gira los ojos.
—Como quieras — indica tomando el arma de Abel.
Cubro los ojos de Gemma mientras paso por la sala y me dirijo a la habitación, seguida de Abel.
—¿Coda, Rubí? ¿Están bien? — pregunto entrando a la habitación — Ya estoy aquí, ya pasó.
Ellos salen de debajo de la cama y corren hacia mi. Mi corazón duele al ver lo asustados que estaban.
—¿Ya se fueron? — pregunta Coda.
—No pueden hacernos daño ya — le respondo acariciando su cabeza —. Miren, él es uno de quienes les hablé temprano, ¿recuerdan?
Abel está parado junto a la puerta y solo alza la mano saludando.
—Gracias por ayudarnos — dice Rubí.
—Gracias — dice Coda también.
—No agradezcan — responde él.
—Ahora... esto... necesitamos salir de la casa, pero quiero que cierren sus ojos hasta que yo les diga, ¿pueden hacer eso por mí? — pregunto suavemente.
—Sí — responde Coda.
Rubí me mira y sé que ella entiende lo que ha pasado.
—No tengas miedo, ya pasó todo ¿sí?
—Está bien, mientras te quedes con nosotros — dice Rubí.
—Todo el tiempo, pequeña — me coloco de pie y me giro hacia a Abel —. ¿Puedes cargar a Coda?
—¿Cargar? —Él parece sorprendido por mi petición.
—Sí — respondo y coloco una mano sobre el hombro de Coda —. Ve con él Coda, él es bueno, él es Abel.
—Sí, puedo.
Él entonces camina hacia él y extiende sus brazos. No puedo evitar encontrar curioso que Abel está como fuera de sí por un instante, pero luego lo levanta.
—Muy bien, ahora a cerrar los ojitos —indico y tomo la mano de Rubí.
Coda cubre sus ojos con ambas manos, y entonces le hago una seña a Abel. Este empieza a caminar y yo voy detrás de él.
El olor a sangre me marea mientras salimos de la casa, pero trato de mantener la calma y no mirar los cuerpos tirados en el suelo.
Solo sigo a Abel, guiando a Rubí. El frío de la noche pronto nos abraza y nos detenemos junto al auto que ellos me habían dado primero.
—Ya pueden abrir los ojos.
Rubí suelta mi mano pero no se aparta, yo saco las llaves del bolsillo trasero de mi pantalón y abro.
—Vamos, adentro.
Rubí sube de inmediato, y trato de sentar a Gemma con ella pero me agarra del cuello con fuerza.
—No.
—Tranquila, Gemma — la acaricio —. Ya lo malo pasó, necesito hablar con nuestros amigos, aquí está tu hermanita.
—Ven Gemma, vamos a jugar un poco — pide su hermana.
Y luego de un poco de insistencia ella cede.
—Ven, Coda.
Abel se acerca y deja a Coda dentro del auto.
—Quedense un momento aquí, ¿está bien?
—¿Dónde vas? — pregunta Coda.
—Estaré justo aquí hablando con nuestros amigos.
—Está bien — responde y cierro la puerta.
Me abrazó a mí misma, avanzó hasta la parte delantera del auto y me apoyó del capó. Paso una mano por mi rostro y respiro profundo.
Noto a Abel acercarse tímidamente y pararse frente a mí.
—Entiendo que son soldados, quizá estén acostumbrados a esto, pero... ¿era necesario esto?
Él me mira sin expresión en su rostro, se coloca derecho y contesta:
—Estaban listos para matar, así que solo hicimos lo que correspondía,
—Claro, seguro — miro al cielo intentando concentrarme en las estrellas y controlar mis emociones.
Él se sienta a mi lado en silencio. No sé por qué se siente como si lo estuviese regañando.
—¿Qué vamos a hacer ahora? — intento que mi voz no sé escuche enojada, porque no lo estoy, sólo estoy abrumada.
—No esperaba que algo como esto sucediera, pero creo que puedo llevarlos a otro lugar — explica tranquilamente.
—¿No podrías llevarnos con mi tío o con mi padre?
Él inclina la cabeza y hace un gesto con sus labios.
—Eso implica más riesgo del que nos gustaría asumir, considerando que tienes tres niños contigo.
—Comprendo, supongo que todo afuera está más revuelto de lo que sé.
—Lo siento mucho.
—Está bien, nada de esto es tu culpa.
Allí deja de sostenerme la mirada y se enfoca en el cielo.
—¿De verdad estás bien?
Noto que su voz se escucha más suave y se siente como un alivio para mí.
—Lo estaré, no tienes que preocuparte demasiado. Tú... ¿estás bien? Creo que no te lo había preguntado.
Veo como si una sonrisa quisiera asomarse en su rostro pero no la deja. Solo mira sus manos y dice:
—Lo estaré, no tienes que preocuparte.
Finalmente me mira y me muestra esa pequeña sonrisa que no había visto.
—Gracias, por... venir.
—¿A mí no me agradeces? — se une Caín deteniéndose frente a nosotros.
—Si, si, gracias a ti también — no sé por qué sonrío ante su actitud —. No dejas de ser tan creido.
—Y tú de estar en el lugar equivocado — responde burlón —. Tienes una gran suerte para encontrarte con tipos con los que no deberías, ¿no es así?
—En realidad no, esa racha empezó solo cuando te conocí — replico.
—Uhh — exclama con una expresión como si estuviera dolido —. Bien jugado, pero en realidad, con el que comenzó todo fue con él —señala a Abel.
—Caín... — se queja este.
—Ya, ya, como sea — me levanto del auto —. Voy a ir a recoger las cosas, no deberíamos quedarnos así mucho tiempo.
—Esto es increíble, ahora nos movemos juntos a otro lugar — escucho el tono sarcástico y burlón de Caín.
Sus palabras me hacen sentir enojada, por algún motivo. Supongo que Caín me hace sentir enojada con facilidad. Así que simplemente me alejo de ellos y camino a la casa.
Cierro mis ojos, respiro profundo antes de entrar y un terrible presentimiento se posa en mi pecho, una voz en mi cabeza me dice que:
Esto solo va a empeorar.