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3564 Palabras
Algún lugar alejado, Ucrania. 24 de mayo de 2018. Hora: 9:46 p.m.                 —¡Caoimhe! ¡Hija! ¿Eres tú? —La voz de mi madre se escucha desesperada al otro lado de la línea.             Yo siento una punzada en el pecho, pero a la vez dejo escapar un suspiro aliviado.             —¡Mamá! —Digo llevando mi mano temblorosa hasta mi pecho — Sí, soy yo, soy yo.             —¡Gracias al cielo! ¡Hija, estaba tan desesperada! ¿Estás bien? ¿Coda está bien? ¿Dónde están?             —Estamos bien, estamos bien —respondo de inmediato —. He intentado llamarte, pero las líneas no caían y se me hacía complicado tomar el satelital.             Estoy diciendo la verdad solo parcialmente, lo cierto era que sí había intentado llamar, pero no había insistido en las dos horas de viaje debido a que sabía que no tenía las fuerzas suficientes para llamarla, luego de todo lo que había tenido que vivir.             —¿Por qué dices eso? ¿Dónde estabas cuando todo comenzó? Hija, me dijeron que el primer ataque sucedió justo en el museo de artes y que la explosión fue tal que derrumbó las edificaciones adyacentes y yo... yo estaba destrozada.             Presiono una mano contra mis ojos, era mi culpa, pero aún siento mis nervios alborotados, me siento temblar.             —Decidí ir al supermercado con Coda, sé que teníamos toque de queda pero realmente queríamos cereal —miento y me siento mal por ello, pero no sé cómo explicarle la verdad.             —Ya voy para allá, solo un momento, solo un momento más, es mi hija —mi madre se escucha angustiada y desesperada, seguro hablándole a sus enfermeras o algo —. No importa, Caoi, están bien y eso es todo lo que importa ahora, ¿dónde estás? Ven aquí o mejor no, llama a tu padre, no sé qué es seguro.             —No estoy segura, es decir, sí sé pero… yo solo conduje lo más que pude, estamos bien.             Mi madre solloza al otro lado de la línea y yo muerdo mi labio para no romper a llorar en ese instante.             —Cuídense por favor, hija, ten cuidado y no confíes en nadie. Tienes que ser fuerte, tú puedes con esto —expresa y sé que está temblando —. Te amo, hija, dile a Coda que lo amo, no tengo tiempo, ya me tengo que ir, esto es un desastre.             —Yo también te amo, mamá —mi voz se quiebra—. Cuídate.             —¡Código n***o! ¡Oficialmente estamos en código n***o! —Escucho a alguien gritar.             Mi cuerpo tiembla, mi corazón salta y mi mundo se desmorona, no quiero dejar de hablar con ella, la necesito aquí.             —Debo irme, te llamaré en cuanto pueda, cuídate mucho, te amo.             —¡Mamá! —Grito pero sé que ya es tarde, me ha colgado.             Dejo el teléfono satelital caer en mi regazo y llevo mis manos hasta mi rostro. No he llegado a preguntarle qué debo hacer con la niña herida que tengo en el cuarto.             Sabía que hablar con ella me desplomaría pero no hacerlo también me estaba consumiendo. Quiero estar junto a ella, necesito su abrazo, su confortación. Esto es demasiado para mí.             Cierro mis ojos dejando las lágrimas caer y entonces recuerdo a Caín y Abel y cómo he llegado hasta este punto, a esta esquina. Recuerdo claramente cuando vi a Caín por primera vez, yo estaba realmente apresurada para llegar a clases de expresión corporal porque el ensayo del baile de invierno había tardado más de lo necesario.             Ese día en que lo vi, el momento fue tan ordinario como cualquiera, exceptuando el hecho de que él parecía estar tan absorto en lo que sea que estuviese viendo que solo lo distinguías de una estatua por lo obvio. Salí del edificio con mis nervios de punta debido a la hora, si llegaba tarde otra vez, el profesor no me dejaría entrar al salón durante tres semanas lo cual significaba que suspendería la materia. Busqué la llave del encendido con mi mano derecha y me dirigí a mi auto. Un chico estaba de pie justo frente a mi amado mini cooper del cincuenta y dos, impidiéndome el paso, no le presté mucha importancia, quizás se quitaría de allí en cuanto me viese subir al auto. Apresurada, rodeé el auto por la parte trasera y me subí a el en menos de lo que mi cerebro podía procesar. Introduje la llave y esta vez mi bebé pareció responder a mí con más comprensión, encendió al primer intento. Alcé mi vista y un bufido salió de mis labios. El hombre aún estaba de pie allí como si fuese una estatua. Pero antes de protestar, mi cerebro se tomó un tiempo para admirarlo. Era un chico guapo, no tan hermoso como otros que había visto pero era llamativo. Tenía el cabello de un color muy n***o y una piel bronceada pero clara al mismo tiempo. Sus facciones le daban un estilo pícaro pero brusco, quizás se debía al hecho de que estaba mirando hacia el frente como si intentara descifrar el código de Da Vinci solo con su mente. Sus brazos se marcaban en su camiseta negra manga tres cuatros, dejando en claro que entrenaba constantemente. Su espalda estaba erguida, estaba tan derecho y quieto que no daba la impresión de si quiera ser humano. Quizás era eso o el hecho de que parecía transmitir miedo por cada poro de su cuerpo y sin duda por el tatuaje que sobresalía del cuello de su camisa. Sacudiendo mi cabeza, salí de mi embelesamiento y recordé lo apurada que estaba y lo mal que estaba parado ese chico. Estaba tan absorto en lo que sea que estuviese viendo que no se daba cuenta de que yo tenía ganas de salir. Pude haber tocado la corneta pero me parecía de mal gusto, tomando en cuenta que la bocina de mi mini Cooper sonaba como la de un camión de carga pues fue la que mi padre consiguió a buen precio. No me quedaba otra opción, bajé la ventanilla del auto. —Hey!, disculpa, ¿podrías darme permiso? Necesito salir —hablé lo más cordial que pude. Él giró su cabeza con lentitud hacia mí, me examinó y volvió a mirar hacia el frente como si yo hubiese sido un simple mosquito en su hombro. —Disculpa, realmente estoy apurada y no tengo ánimos de atropellarte —intenté de nuevo. Un escalofrío recorrió mi espalda para cuando giró hacia mí y comenzó a acercarse, parecía a punto de darme una buena paliza. —Un consejo, chiquita, no vuelvas nunca a aparcar tu auto aquí —espetó apoyando sus manos de la puerta. Sus ojos eran de un gris profundo que le daban un aspecto macabro a su rostro, daba la impresión de que quería empujarme lejos de su camino, lo cual era insólito porque era él quien estaba atravesado en el mío. —Disculpa, pero vivo allí y estoy en todo mi derecho de estacionar aquí —respondí con suavidad, intentando no alterarlo — pero, el consejo debe ser realmente para ti, no deberías pararte como sonámbulo frente a un coche estacionado. Una mueca en su rostro me hizo cuestionarme de dónde había sacado mis agallas para responderle así. —El consejo es que huyas de este lugar cuanto antes, puede acabar contigo y volverte pedazos —sonrió. Su mirada era cínica, macabra y su sonrisa juguetona. No era de estas chicas que tenían una respuesta sarcástica en la punta de la lengua para defenderme en cualquier situación, el hombre daba miedo por más atractivo que fuese. Simplemente, giré mis ojos indignada y arranqué el auto como si no hubiese un mañana. Me iba porque no quería ganar enemigos. Ese retraso me costó tres minutos enteros de mi valioso tiempo, así que no me quedaba otra opción que manejar a modo rápido y furioso versión abuela de setenta años. Para mi sorpresa, el universo pareció estar de mi lado, como lo hacía una vez cada mil años, el profesor no había llegado aún para cuando entré al aula. El resto del día no pensé más en el sujeto que se paró delante de mi auto, realmente no había sido nada significante pero vaya que estaba realmente equivocada, Caín había llegado ese día a anunciar los problemas que surgirían después y yo nunca le hice caso. Creo que haber llevado ese encuentro tan a la ligera fue lo que me trajo a este lugar, a esta casa con estos niños a los que tendría que cuidar. Ahora mis nervios no podían estar más alterados, había presenciado algo realmente escalofriante y sinceramente no encuentro mis ganas de dormir y olvidarme de todo esto por un rato. Había tenido que reprimir todo lo que sentía durante dos horas de viaje porque los niños estaban conmigo en la camioneta y si yo me desplomaba, ellos también lo harían. Paso mis manos por mi rostro una vez más y exhalo dejando salir todo el peso que cargo encima y trato de llorar en silencio para no despertar a ninguno de los niños. El país se está cayendo literalmente en pedazos y yo me había salvado de quedar atrapada entre los escombros gracias a ese pelirrojo y su hermano. Pero ya he llegado al punto en el que no puedo mantenerme más en control, había entrado en pánico ante todo lo que había visto y presenciado horas atrás. Necesito comunicarme con alguien, necesito que Caín o Abel lleguen aquí pronto porque esto es demasiado para procesar. Sé que no temo por mí, temo por mi hermano Coda, por los niños que están en la habitación. Debí haberle hecho caso a Caín ese primer día, quizás yo entonces estaría con mi madre en algún otro lugar. Me dejo caer en el suelo apoyando mi espalda de la pared mientras sigo llorando. Mi madre debe estar en el hospital, seguro le están llegando muchísimos heridos a los que atender y realmente espero que ella esté bien. Al menos en el mapa no se indicaba ningún ataque al hospital o a sus adyacencias. Quizás estaba destrozada porque pensaba que Coda y yo estábamos en casa para el momento de la explosión pero, a pesar de que encontré mis fuerzas para llamarla, no sé qué es peor. Ahora ella está preocupada por el lugar dónde estamos y lo que pueda ocurrir. Mi padre es quien me preocupa más,  siendo el jefe de la policía debe estar en las calles dirigiendo a su gente por todo el desastre. Solo espero que esté bien. Intento respirar hondo para calmarme y lo voy consiguiendo. Mi mente entonces me lleva a repasar esas veces que Caín me advirtió de esto a su manera, si yo hubiese acudido antes a mi papá, quizás muchas cosas se hubiesen  evitado. Al día siguiente de haber visto a Caín frente a mi auto, fui con mis dos mejores amigas, Monique y Amber, a una tarde de relajación encaminándonos a la gran cafetería que se encontraba al frente de mi edificio como siempre solíamos hacer. —¿Saben qué? —Me decidí alzando las manos – ¡Yo voy a comer! ¡Al carrizo todo lo demás! —¡Esa es la actitud chica! —Apoyó Monique — Denos tres donas grandes con glaciado extra rellenas de arequipe, una torta chocolate explosión, un mouse de parcita, un pie de manzana, un Cappuccino sin crema y dos Frapuccino con crema —ordenó al mesonero que nos vio como si fuésemos locas — ¿Qué?Trae la estúpida orden, no es tu trabajo fiscalizarnos. El chico asintió con su cabeza y me sentí mal por él. —Discúlpala, no le gusta que se metan con su comida —le sonreí amablemente pero este ya se encontraba dando la espalda. Amber pasó su brazo por mi cuello y negó con la cabeza. —Si tan solo te viese Kamile por un huequito —miró hacia el cielo —, te mataría metiendo el vaso por tu garganta. Yo solo reí y me encogí de hombros. —Ella no se enterará de esto, ¿cierto Monique? —Cierto —asintió con el celular en mano —, ni tu ni yo estamos en posición de delatarnos la una a la otra. Kamile era nuestra profesora de baile desde hace medio año que habíamos subido a nivel avanzado, según ella, nosotras teníamos unos cuantos kilos de más que debíamos bajar antes de la presentación  de verano, pero allí estábamos, yo había prometido hacer dieta pero me era imposible con tan grande tentación justo al otro lado de la calle. —¿Cuándo iremos al nuevo parque de diversiones en Oxford? —Preguntó Amber colocando sus manos sobre la mesa — ¡Vamos a volvernos caducadas para cuando decidan que es el momento! —Iremos en cuanto logres sacarle el permiso a tus padres —Monique le sacó la lengua. Amber era la menor del grupo, tenía a penas diecisiete años, Monique ya tenía veintiuno y yo acababa de entrar a los veinte. —No te burles de mi, a la que es más difícil de sacar es a Caoi —me señaló. —Mis padres me dejaran salir de la ciudad, sola, en cuanto cumpla treinta —hablé seria—, de cualquier forma es culpa de Monique por llevar Búsqueda Implacable a la noche de películas hace un mes. Monique llevó una mano a su pecho. —No quieras culparme por tu pequeña vida, tu padre es el jefe de la policía y tu madre es doctora del hospital Central, ya en eso han recibido suficiente psicología para no querer perder a sus hijos de vista. Le hice una mueca burlándome de ella. —Aquí tienen —el mesonero colocó la gran bandeja sobre la mesa. —¡Oh, por la reina! – Me quejé con las manos en mi cabeza — ¡Ya me siento culpable de todos estos males! —No, no, no —movió su dedo Amber —, no hay vuelta atrás, haz estado matándote de hambre por dos semanas enteras, necesitas esto. Tomó la torta y un Frapuccino y los colocó frente a mí. —Dos días, querrás decir —se burló Monique con un mordisco de dona en su boca —, el lunes luego del ensayo nos escabullimos por una pizza con los muchachos. Abrí mis ojos en su dirección pero ya era demasiado tarde. —¡Fueron por pizza y no me invitaron! — Se quejó Amber golpeando la mesa exagerada —¡Son unas traidoras! —En mi defensa, te escribí y dijiste que estabas ocupada con tu gran novio Biología Avanzada —la señalé con el vaso de Frapuccino. —Bueno, pero lo abría dejado por un poco de pizza —se quedó en su lugar metiendo una cucharada de pie de manzana en su boca. —No es como si fuese a acabarse el mundo —repuso Monique —, este sábado iremos a la feria de las afueras de la ciudad, haré que mis padres hablen con los suyos, estoy casi segura que irán todos, incluyendo el pequeño Coda —me señaló — ¿Cómo está mi pequeño novio, Caoi? Y antes que pudiese responderle mi mirada fue captada por el chico que se dirigía al mostrador. —¡No puede ser! —llevé una mano a mi rostro para cubrirlo. —¿Qué? ¿Qué sucede?¿Quién es? ¿Dónde está? —Amber era la exagerada del grupo, comenzó a mirar a todos lados haciéndome sentir frustrada. —¡Ya quédate quieta! —La halé hacia abajo— No es nada, exagerada. —¿A quien viste? —susurró Monique inclinándose sobre la mesa. Miré al hombre que hablaba con el chico del mostrador. Definitivamente era él. estaba de espaldas a mi y rogaba que no me viese, no sabía por qué... bueno, quizás se debía a que usaba una chaqueta negra de cuero y unos pantalones verde militar que lo hacían ver escalofriante. —¿Caoi? —Me llamó Amber — ¿estás allí o en júpiter? —Lo siento, no es nada, es solo un chico que estaba atravesado ayer —expliqué meneando mi Frapuccino —la verdad es que da miedo. Dirigí mi mirada al chico una vez más y por obra de quién sabe qué, él se giró con café en mano y su mirada fue directo hasta mí. Su sonrisa pícara y ladeada me hizo estremecer y apartar la vista de inmediato. No me agradaba en lo absoluto. —¿Te hizo algo? —Monique se puso a la defensiva —¿Quién es? Si te hizo algo créeme que voy a ir y a darle su buena lección. Miré disimuladamente hacia la derecha... —Ay no —susurré—, viene hacia acá. Y en medio de la frase que sea que Amber estaba diciendo, sentí su presencia justo a mi lado derecho. —Veo que no estás siguiendo mi consejo después de todo. Su voz no pudo haber sonado más juguetona. Sus ojos tenían ese mismo aire macabro de antes, eso y su sonrisa ladeada le daban en el blanco a lo anormal. —Sigues atravesado, por lo que veo —respondí mirándole indispuesta a que me notase débil. —Deberías apreciar mi consejo, no se lo doy a todas por allí —entrecerró los ojos —, pero si no quieres seguirlo, al menos no seré responsable de tu sangre cuando todo explote. No pude evitar mi mirada desconcertada, estaba confirmando mi recién formulada teoría, él estaba loco. Monique alzó sus cejas como si la hubiesen ofendido y Amber tomaba de su Frapuccino con ojos abiertos como si fuese una película. —Tienes una mente retorcida. —Me lo han dicho muchas veces, no me afecta, es un halago —hizo una mueca de desinterés muy atractiva —pero a ti sí te afecta que te tome por una chica sin autocontrol, creí que estabas a dieta. Oh no, esa no era una tecla que tocarle a Caoimhe. Sintiendo la ira calar por mi pecho mientras colocaba las manos sobre la mesa para levantarme, Monique tomó mi muñeca sobre la mesa. —Creo que deberías irte, degenerado —espetó Monique —, y en el camino, quizás podrías encontrar una escuela de modales o mejor, un acantilado para que te lances, idiota. Las comisuras de los labios del nuevo loco bajaron como aceptando el insulto, alzando sus cejas a la vez. —Muy bien lanzado —respondió y colocó las manos sobre la mesa, inclinándose hacia Monique — me iré porque tengo trabajo, no porque tú lo pidas, pero si yo fuese ustedes, huiría de esta ciudad, quizás nos encontremos pronto y no sea agradable. Se giró hacia mí, guiñó y se fue dejándome alterada y con ganas de tirarle el café encima. —¿También te molestó así ayer? —Monique parecía estar enojada — Ese hombre definitivamente no quiere seguir viviendo si se mete con mis amigas. Y yo no dudaba de ello. Solo asentí. —Es un imbécil, me había olvidado de su existencia. Pero mi cabeza instintivamente se giró para verlo retirarse. Esa espalda, esa forma de caminar... las había visto antes. —¡Oh, por favor! – Exclamó Amber colocando el café en la mesa —¡Eso sí que fue intenso! ¡Era súper hermoso en la vida! Yo la miré como si estuviese completamente loca. —¿Pero qué le sucede a las chicas de hoy en día? —Me crucé de brazos —. Se vuelven locas por los chicos malos, siniestros y macabros, ¡él no es Patch Cipriano, querida! ¡Esto es la vida real! ¡Ese hombre está enfermo! —Bueno, no voy a negarlo, el chico es un diez en mi escala de atractivos —acotó Monique bajando la guardia, la miré con advertencia y negando con la cabeza, ella asintió –, pero Caoi tiene razón, él es malo, muy malo y eso no es bueno —llevó su dedo índice hacia Amber como regañando a un niño pequeño. Él tenía un aire pícaro que me ponía los nervios de punta, algo simplemente no parecía andar bien con el. —¿No oíste lo que dijo?, bien podría ser un psicópata —me quejé tomando mi torta de nuevo. —Hablando en serio, ¿no crees que sería bueno decirle a tu padre? —Preguntó Monique —, estuve a punto de empujarlo contra la mesa de al lado si seguía. —No, quizás no lo vuelva a ver —respondí para comer un trozo de torta. —Eso sería una lástima —suspiró Amber —. Chicos así no se ven todos los días. —Quizás deba llevarte a una correccional a ver si no te tropiezas con muchos como él —Le regañó Monique —. No te metas esas falsas ideologías de un romance con un chico malo, en la vida real eso no termina para nada bien, ¿entendido? No me hagas golpearte para que puedas entenderlo – habló esa vez muy seria, cuando miraba de esa forma, mejor era asentir y no responder. —Sí, señora —se colocó derecha —, solo cálmese.
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