Como si fuese obra del destino, él había aparecido justo cuando yo lo necesitaba, pero menos lo quería. Una noche, quizás dos noches después que lo vi por segunda vez, yo había tenido que buscar a Coda al colegio y comprar la cena.
Coda se había quedado dormido a profundidad comatosa y yo tuve que encontrar la forma de equilibrar las bolsas de comida en una mano, mi bolso en mi hombro derecho, el bolso de Coda en el mismo hombro y al pequeño niño dormido en mi hombro izquierdo.
Quizás hubiese sido menos trabajo si tan solo hubiese hecho dos viajes, es decir, llevar a Coda primero y luego bajar para llevar las bolsas y bolsos.
Pero yo era conocida como la terquedad en persona, no me daba mucha ilusión subir hasta el octavo piso donde vivía para luego bajar y volver a subir. No, no me importaba que hubiese ascensor, yo solo quería llegar y dormir lo más rápido posible.
Me balanceé de un lado a otro al principio pero finalmente encontré el equilibrio. Casi llegaba al ascensor cuando sentí algo caer al suelo.
—Genial —susurré.
Una de las bolsas se había roto y las manzanas habían rodado por el suelo.
—Parece que siempre te encuentras en el lugar equivocado.
Un miedo caló por mi pecho, esa voz ya parecía inconfundible. Era el loco.
Tenía a Coda en brazos, y aunque hubiese sido bueno obligarlo a despertar y tomar las manzanas, no podía arriesgarme a que el sujeto detrás de mi quisiera hacerle daño.
Un estacionamiento vacío. Era de noche. Estábamos solos. Él era un loco.
Una película de terror vino a mi mente pero no podía dar cabida a un titubeo, tenía que armarme de valor.
—Estoy empezando a creer que estas acosándome —respondí comenzando a caminar de nuevo.
Había optado por dejar las manzanas en el suelo.
—No, tu siempre estás en los lugares que intento examinar —él se paró a mi lado —déjame a ayudarte —pidió con un tono de voz más suave.
Estaba usando la misma ropa de la tarde pero al menos había dejado el tono pícaro de su voz. Eso no me inspiraba mucha confianza sin embargo.
—Puedo sola —respondí mirando al frente.
—Sí, puedo notarlo.
Comenzó a recoger las manzanas que estaban regadas en el suelo, luego tomó las bolsas de mi mano derecha y acomodó todo.
Me sentía frustrada y el instinto protector me decía que debía correr hacia el edificio, pero otra parte me decía que lo mejor era actuar normal y mantener la calma.
—Gracias —intenté sonar cordial.
Él solo sonrió y caminó al ascensor marcando el botón para que este bajase.
Ese corto momento nos mantuvimos en silencio, creo que el agarre sobre Coda se hizo más fuerte pero no me importó. Su mirada me recorría de pies a cabeza como si estuviese examinándome hasta que las puertas se abrieron.
—¿Qué número? —preguntó cuando estuvimos dentro.
No me agrada la idea de que ahora iba a saber exactamente dónde vivía, pero al menos quería llegar lo suficientemente rápido a donde hubiese personas que pudiesen escuchar mis gritos si eran necesarios.
—Ocho —respondí con suavidad.
—Vaya, es hasta bien arriba —aseguró haciendo el movimiento.
—Sí, eso creo.
Le miré, sus ojos ahora lucían cansados, quizás así fueron siempre y no lo noté.
—¿Es tu hijo? —preguntó apoyando la espalda de la pared contraria a la que me encontraba.
—¿Qué?, no, es mi hermano menor —casi quise golpearme por la rapidez con la que respondí.
—Bueno, nunca se sabe, en la actualidad, las chicas andan como fieras —su voz quizás había abandonado lo escalofriante pero su sonrisa seguía siendo tan pícara que molestaba.
El tatuaje sobresalía del lado izquierdo de su cuello pero no lograba diferenciar qué era.
Su postura era muy erguida, sus hombros iban hacia atrás y su mentón por lo alto. Esa actitud la había visto antes un montón de veces.
—Supongo.
—¿Cuántos años tiene?¿Seis?
—Si.
Las puertas se abrieron y fue el mayor alivio que pude sentir en mi existencia, salí casi corriendo del ascensor.
—Veo que tienes prisa —bromeó colocándose a mi lado.
—Sí, lo siento, es que este niño pesa —me excusé con una corta sonrisa.
Me detuve en la puerta de mi apartamento, número 318 y nunca estuve más aliviada de ver esos números en mi vida.
—Es aquí —señalé y busqué las llaves en mi bolsillo trasero —, puedes dejar las bolsas allí, muchas gracias.
Él suspiró.
—No soy tan malo —se inclinó un poco hacia mi—. Lamento haberme comportado como un idiota contigo.
Una parte de mi creyó que lo decía en serio, su sonrisa ladeada no estaba presente.
—Está bien, no te preocupes, gracias por ayudarme —sonreí y seleccioné la llave correcta en mano.
Lo miré una vez más, él no dejaba de tener esa extraña chispa en sus ojos, se giró y comenzó a caminar tan derecho que no pude evitarlo, la pregunta se escapó de mis labios:
—¿Eres soldado?
Se detuvo en mitad del pasillo pero no se giró.
—Quizás si, quizás no —su tono pícaro regresó.
—Lo eres, puedo reconocer un soldado cuando lo veo.
Pero entonces no respondió, caminó hasta el ascensor que mantenía las puertas abiertas. De nuevo, esa forma de caminar y esa silueta suya me parecieron extremadamente familiares.
—Recuerda mi consejo —sonrió pícaro y se fue.
Fue entonces que algo hizo click en mi mente. Yo lo había visto dos semanas atrás usando una chaqueta negra con capucha, parado en la esquina del edificio mientras miraba fijamente hacia el museo.
¿Cómo no había podido reconocerlo? Cuando lo vi esa vez, mi corazón había latido más fuerte, como si hubiese corrido un maratón, y las manos me picaron tanto que sentí que tenía un sarpullido.
Pero para cuando quise preguntarlo el ascensor cerró sus puertas.
Sacudiendo mi cabeza, abrí la puerta y llevé a Coda hasta su habitación, luego regresé por las bolsas, cerré la puerta con los tres seguros que poseía... por seguridad. Y me dirigí adentro.
Iba rumbo a mi habitación cuando escuché un ruido en la cocina que me hizo colocar alerta. Me quedé quieta esperando por si no era mi imaginación y efectivamente volvió a sonar.
Yo era del tipo de chicas que corrían a su habitación y cerraban con llave en vez de tomar algo filoso y dirigirse hacia el sonido, la acción siempre me parecía estúpida, yo no iba a detener a quien fuese que estuviese allí. Pero el caso era que el cuarto de Coda se encontraba al otro lado de la cocina y no podía no arriesgarme.
La imagen del Loco en mi cocina, buscando un cuchillo para ir por mi hermano me llenó de adrenalina.
Tomé el jarrón de la mesa de la sala y me dirigí hacia la cocina con el corazón en la garganta.
El sonido volvió escucharse cuando me detuve en la puerta.
Suspiré. Debía ser valiente por Coda.
Y entonces salté dentro de la cocina.
El grito de mi pequeño hermano me hizo reaccionar, lo había asustado. Era él quien estaba intentando abrir las bolsas que dejé sobre la mesa.
—¡Me asustaste! —Se quejó con una mano en su pecho — ¡Yo solo quiero comer!
Dejé salir aire pesado y coloqué la mano en mi pecho.
—Lo siento, estoy un poco nerviosa —caminé hasta él —, vamos a comer.
No quería pensar que quizás el Loco podría meterse en mi vida, era escalofriante. Quizás ya no se metería en ella o lo volvería a ver pero algo dentro de mí me indicaba que no era así en lo absoluto.
Era la tercera vez que lo veía, y ahora que lo pensaba, siempre fue en los alrededores de mi casa. Primero justo al frente del edificio, luego en la cafetería al otro lado de la calle y ahora en el estacionamiento subterráneo.
Lo peor de todo es que en cada ocasión él me había dicho básicamente lo mismo:
Vete antes que todo explote y te vuele en pedazos.
Él había sido muy literal y yo no lo había notado, no había captado su alerta y en cambio lo tomé como un desquiciado.
En ese momento me pregunté si podría tener sentido lo que dijese pero de cualquier forma, no podría estar segura de ello, lo único que sabía de él es que era un soldado, debía tener al menos veintisiete o veintiocho años, no pasaba los treinta pero no bajaba de los veinticuatro. Tenía un tatuaje en el lado izquierdo de su cuerpo, quizás en su brazo o en su hombro, el caso es que se extendía a su cuello. Además de ello, tenía un aire perverso y atractivo al mismo tiempo que no me inspiraba nada de confianza.
Y por lo ocurrido sabía dónde vivía, no había sido muy inteligente de mi parte.
La esperanza que tenía es que mi padre era el jefe de la policía, en cuanto llegara, iba a contarle, omitiría el hecho de que me había acompañado a la puerta del apartamento, pero iba a decirle que algo no andaba bien con ese sujeto.
No quería aceptar la idea de que mis sentidos se habían alborotado por un chico malo como lo hacían todas las chicas en la era actual. Pero no pude sacarme de la cabeza durante una semana entera, la forma en la que me había sentido cuando lo vi. Pero ¿por qué no me había sentido igual cuando lo vi mejor parado frente a mi auto?
De cualquier forma, era hora de sacar cualquier idea en sentido amoroso, de mi mente.
Días después, no recuerdo exactamente cuantos, lo volví a ver, me había dado un antojo por un mouse de chocolate con trozos de chocolate que solo en ese lugar sabían hacer, así que con una gran chaqueta que llegaba hasta mis rodillas y cubría mis pijamas, me encaminé al lugar.
Tener una cafetería justo al frente de mi edificio no ayudaba a mi dieta.
Pero antes de cruzar la calle lo vi de pie justo en la esquina, me inundó la rabia y la intriga así que caminé decidida hasta él.
—Estoy sinceramente considerando que no le temes a la muerte —se burló con brazos cruzados y su mentón hacia arriba, con la misma sonrisa ladeada.
Quizás si era lindo después de todo.
—¿Por qué? —pregunté terminando de colocarme frente a él y no sonriendo.
—Porque represento a la muerte y sigues acercándote a mi — Él estaba como bromeando, al menos eso fue lo que su tono indicaba.
—Tú te acercas a mi, lo cual es diferente.
Él me dio una mirada como intentando intimidarme pero no iba a ceder. Yo podía ser una osa enojada cuando pisabas mi territorio.
—¿Qué haces cerca de mi casa todo este tiempo? ¿Por qué siempre te veo por aquí? ¿Buscas algo? Porque parece como si estuvieses asechando a algo o a alguien.
—No te creas tan importante pensando que puedo estar asechándote a ti —casi rió — tengo trabajo que hacer, ando de incognito, se supone que pase desapercibido y tu no estás dejando que logre mi cometido.
Loco miró detrás de mí, y su sonrisa se hizo aún más grande. Yo solo giré los ojos cansada, un poco frustrada.
—¿Cómo te llamas? —pregunté, con la esperanza de poder denunciarlo mejor.
—Estoy de incognito, ¿recuerdas?
Estaba bromeando, lo supe así que le di mi más letal mirada.
—Me llamo Caín —dijo con esa mirada malévola profundizarse con la sonrisa ladeada.
—Sí, claro, ¿como el de la biblia?
—Peor aún, ahora, desaparece, Caoimhe.
Me quedé asombrada de que supiese mi nombre pero más que todo por el tono en el que lo había dicho, de una manera brusca, casi con asco, completamente diferente a la actitud de antes.
—Creí que no eras un idiota pero, me doy cuenta que mis teorías estaban más que comprobadas.
—La verdad duele, lo de huir de aquí, hablo en serio, deberías irte de esta ciudad antes del próximo treinta.
—¿Por qué siempre dices que debo irme? ¿De qué estas hablando? ¿Por qué antes del próximo treinta?¿Estás loco?— exploté alzando mi voz más de lo necesario.
—Estás montando una escena, niña tonta —se acercó a mi ahora enojado —, haz lo que te dé la gana, no es a mi a quien le interesas.
Y antes que yo pudiese responder, él se había ido dejándome con la duda plantada en la mente.
Esa noche no vi a mi padre y el domingo estábamos tan concentrados y entretenidos jugando al adivina quién que no me atreví a arruinar el momento. Mucho menos por el hecho de que lucía tan cansado. Preocupar a mamá no era una opción tampoco.
Así que fueron pasando los días hasta que ya lo había olvidado por completo hasta ese día.
Decidí que esa noche le diría a mi padre. Estaba determinada.
Pero no lo hice y debí haberlo hecho. ¿No podría devolver el tiempo solo una vez?
Quizás debí haber hablado antes pero me absorbí en el baile de Kamile y en las clases de la universidad.
Pero aunque Caín saliese de mi mente, ese nuevo encapuchado había captado mi atención, quizás se trataba de un simple amor que ves en la calle una vez y luego no vuelves a verlo nunca.
Pasó una semana exactamente y no volví a ver a Caín, no le dije nada a mi padre acerca de su comportamiento y continué enfocándome en mi vida.
Que estúpida fui.
Me encontré sentada en la ventana del primer nivel del edificio, era sábado y no podía ser más de las diez de la mañana. Me gustaba sentarme allí y leer, el sol no era muy fuerte en Londres, siempre estaba lloviendo y el cielo estaba nublado, ese día no era la excepción lo cual hacía el momento de leer aún más gratificante.
En el primer y segundo nivel vivían los más ancianos del edificio, por lo que todo se mantenía en calma constantemente a diferencia de los pisos que venían después. Siempre podíamos escuchar alguna que otra discusión, muebles siendo arrastrados de un lado a otro, música a todo volumen, era un desastre.
Por eso amaba esta ventana, podía observar con claridad el hermoso trajín de las personas caminando de un lado a otro, los autos pasando y uno de los mejores sitios de todo Londres: El museo de artes.
Era increíble.
Estaba leyendo Al calor del Verano, con una taza de chocolate caliente que la señora Dupert, de este nivel, me había ofrecido. Los sábados eran mi día de no hacer nada. Al menos que en las tardes mi familia quisiese salir. Pero normalmente todos pasábamos los domingos juntos.
Me gustaba mucho la trama de la historia, había anhelado este libro por meses y al fin lo había conseguido.
Pude comprender algo que estaba sucediendo en la historia pero no podía creerlo, por lo que alcé mi mirada quedándome en Shock un momento.
Como si me hubiesen llamado, mi mirada se dirigió hacia afuera. En medio de las personas, había alguien usando una chaqueta negra con capucha para cubrirse de la lluvia.
Mi corazón saltó y mi respiración se agitó.
Su espalda era ancha y sus hombros definidos, era muy alto y caminaba tan erguido como si tuviese un tubo incrustado en la espalda. No podía ser, no otra vez. ¿Qué no se cansaría de rondar por allí?
Me giré un poco más hacia la ventana entrecerrando mis ojos para asegurarme de si era él y llamar a mi padre de una vez por todas. Me arrepentía de no habérselo dicho hace una semana, pero no era como si hubiese tenido la oportunidad de hacerlo, últimamente mi padre tenía más trabajo de lo normal y no quería preocupar a mi madre con falsas teorías.
Me concentré un poco más en él. Estaba de pie justo al lado de un poste de luz al otro lado de la calle, de espaldas de mí.
—Gira, vamos, gira, gira.
Y luego de un tiempo, comenzó a voltear hacia mi dirección, tenía que confirmar que era el.
Saqué el celular de mi bolsillo y busqué el número de papá, cuestión de estar preparada para el momento en el que estuviese segura. Alcé mi vista hacia él y sus ojos se encontraron con los míos aún a través de la lluvia.
Pero no era él.
Mi corazón comenzó a martillar dentro de mi pecho, sus ojos eran profundos, y a pesar de tener la capucha sobre su cabeza, pude divisar su rostro gracias a que la distancia tampoco era demasiada.
Él se quedó estático, estaba un noventa por ciento segura que me veía de regreso... era distinto al Loco, eso sí lo sabía.
No entendía por qué, pero no quería que el momento acabara, quería acercarme más y así poder diferenciar el color de sus ojos o de su cabello. Su expresión era dura pero era debido a sus facciones sin duda, tenía una mandíbula pronunciada y sus labios podrían ser delgados o gruesos, no sabía pero estaban en una línea recta.
Como si estuviese siendo atraída, bajé los pies de la ventana dispuesta a cruzar la puerta y luego la calle para verlo mejor.
Pero en cuanto mis pies tocaron el suelo, uno de los grandes autobuses rojos se interpuso en el camino robándome la visión.
Me encaminé a la puerta de vidrio apresurada, pero entonces, cuando el autobús se fue... él ya no estaba allí.
Abrí un poco la puerta sin entender mi decepción y miré en todas direcciones pero no lo encontré, ya no estaba.
No sería difícil verlo allí porque no había muchas personas caminando bajo la lluvia, apenas unas diez o quince y definitivamente él no estaba allí.
Sacudiendo la cabeza volví hasta la ventana y me senté allí con la mirada fija en el suelo. Las palmas de mis manos picaban y tenía un presentimiento en la boca del estómago.
¿Qué había sido eso?
De esa misma forma me había sentido cuando vi a Caín con una chaqueta igual hace tres semanas. Quizás era la chaqueta, quizás eso era lo que me atraía.
Golpeo mi frente tratando de sacar cualquier idea estúpida de mi mente.
Recordé entonces qué me había llevado a fijarme en él: asegurarme si era o no el Loco. Es decir, Caín, se llamaba Caín. Sentí alivio al notar que no era él, quizás estaba leyendo mucho a este escritor y por eso mi mente ahora quería jugar a estar en una de esas historias. Después de todo, quizás Caín había decidido dejar de molestar, quizás encontró otro lugar que rondar, pero no estaba muy segura de ello.