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4546 Palabras
¿Estoy siendo ridícula? No lo sé, pero yo no soy tan fuerte como las chicas de las películas o de los libros.  Miro mi reloj de mano y es la una menos veinte de la noche. No he podido dormir apesar del cansancio, cada vez que cierro los ojos veo algo diferente: Las personas cayendo al suelo por los disparos, la explosión que comenzó en el museo o en mi apartamento, Rubí llorando por su madre, Coda llorando por sus padres, yo llorando por mi madre. Es demasiado. Estoy sentada al lado de la puerta de la habitación donde los niños aún duermen tranquilamente, sin embargo, los puedo observar moverse más de lo debido en ocasiones. He logrado calmarme un poco. Ya no estoy llorando y siento la estabilidad tomar control de mis manos y piernas. Me levanto y me dirijo a los niños, todos parecen estar bien, pero me preocupa Gemma, aún no despierta, no se ha despertado desde que la saqué del auto de sus padres. Miro el torniquete que le he hecho y según puedo recordar, debo soltar un poco el mismo para que la sangre circule al resto de su pierna. Armándome de valor, desato el nudo que había hecho y puedo ver que al menos la hemorragia no se ha desatado, no noto su piel extraña o algo por el estilo y eso me da cierto alivio. Toco su frente, ya no tiene fiebre. Reviso su pulso y gracias a Dios, está viva. Tomo la blusa llena de sangre y me levanto dispuesta a buscar algún otro trozo de tela limpio, así que salgo de la habitación y empiezo a caminar por el pasillo. Recuerdo salir de casa a las siete treinta y algo de la noche, ahora ya han pasado seis horas desde que los ataques comenzaron y desde que llamé a Amber. Que irresponsable he sido. ¿Dónde está Amber? ¿Habría llamado a Monique? Quiero golpearme por haberme perdido tanto en los recuerdos y en la forma en la que me he sentido. He sido egoísta. Tengo que saber si están bien y dónde están, tengo que hablar con ellas y decirles que vengan conmigo. Yo al menos tengo un mapa de los acontecimientos y eso nos puede mantener vivos a todos, pero debo atender a Gemma primero. La casa solo tiene una habitación, una cocina, la sala y un baño, no hay más nada que eso y en cierta forma lo agradezco. Reviso la cocina de nuevo y no hay ningún trozo de tela que pueda servirme, de hecho, no hay nada en ningún lugar, tengo que defenderme con lo que he traído. Cuando llegamos, yo había revisado el lugar de un lado a otro y lo único que habían eran los muebles, por estos me refiero a la cama, el sofá, la nevera, la estufa, una mesa y dos sillas. Al comprobar que el lugar era seguro, convencí a los niños de dormir luego de una larga lucha. No había nada más y me daba la impresión de que esta casa no pertenecía a nadie. Tomo de mi bolso la funda de una almohada, que se había venido envuelta en la manta que tomé, cojo la botella de agua y me dirijo a la habitación. Pero justo cuando me encuentro en el pasillo, escucho un ruido en las afueras de la casa. Es como si un auto se estacionase afuera. Mi corazón martilla dentro de mi pecho y no puedo evitar sentir los nervios en la boca de mi estómago. No podía saber quién era, podía ser cualquiera y eso no era bueno, en tiempos así, las personas podían volverse salvajes. Corro hasta la habitación y medio cierro la puerta con cuidado. No puedo dejar que nada le ocurra a los niños así que busco con la mirada algo en la habitación con lo que pueda defenderlos pero no veo nada, lo único que tengo a mano es un trozo de tela y una botella con agua. Genial. Si era alguien desconocido podría llenarle la cara de agua y empujarlo a algún lado, el caso es que nadie podía tocar a mis niños y algo se me ocurriría sobre la marcha. Entonces escucho la puerta principal abrirse cuidadosamente, casi no puedo ver bien a través de la r*****a de la puerta, pero puedo visualizar cuando una persona entra y no cierra la puerta detrás de sí. Tengo el corazón en la garganta y la respiración agitada. ¿Qué voy a hacer? —Caoimhe, he llegado —Su voz gruesa hace que un alivio crezca en mi. Dejo los objetos en el suelo, abro la puerta y salgo, entonces lo veo de pie a mitad de la sala. Su espalda recta, su rostro pícaro y su cabello desordenado es el mejor alivio que puedo sentir. No pienso demasiado, simplemente mis pies se mueven a toda velocidad y de un momento a otro me lanzo sobre él, prácticamente. Lo abrazo con todas mis fuerzas. —Caín, no creí que pudiese estar tan feliz de verte –confieso notando que mi voz se vuelve irregular. Pero él no corresponde mi abrazo, sencillamente se queda estático. –Y yo que creí que siempre lo estabas –bromea y entonces siento cómo da unas palmadas en mi espalda. Sigue sin corresponder mi abrazo pero no me importa, necesito consuelo y él está aquí.  Estamos de lado a la puerta por lo que puedo notar cuando alguien más se detiene en la misma. Caín se tensa bajo mis brazos y me siento paralizada durante un instante y no sé por qué. Abel está parado en el umbral, me mira a mi y luego a Caín y allí se queda su mirada, sus labios forman una línea recta pero a parte de ello no hay otro movimiento en su rostro.  Expresa seriedad. –Yo no soy bueno consolando – explica Caín colocando sus manos sobre mis hombros y alejándome de él– así que lo siento –añade con su mirada fija en Abel quien no ha dejado de mirarlo. Me siento incómoda y avergonzada durante un instante, me había lanzado a los brazos de Caín como una niña pequeña aún cuando no confío demasiado en él. Hay un incómodo silencio en el que los hermanos no dejan de observarse. Caín ve a Abel como si este lo hubiese regañado. –¿Abel? –Interrumpo. No me mira de inmediato así que avanzo un paso hasta él. –Gracias por convencerme a tomar tu camioneta y salir de allí —añado lo más suave que puedo. Entonces él me mira. Sus hombros se relajan y su mirada dura se suaviza, sus ojos son de un verde muy claro y es como si un alivio pasase por ellos regalándome un poco. –¿Estás bien? – Pregunta con voz plana y gruesa, su ceño fruncido y un levantamiento de su mentón. Respiro hondo sin apartar la mirada y asiento. –Sí, lo estoy –me abrazo a mi misma –, es decir, físicamente lo estoy, pero mentalmente me siento perturbada. Abel muerde su labio inferior de forma muy sutil, tanto que pude haberlo imaginado. Asiente con su cabeza y finalmente mira a otro lado. –Lo he notado – dice un poco brusco y se gira un poco para cerrar la puerta. Es allí cuando noto su apariencia, tiene el cabello desordenado, una camiseta negra y pantalones del mismo tono, está desaliñado y sus brazos están levemente sucios de algo n***o, como si  los hubiese limpiado sin lograr quitar toda la suciedad. –Me sorprende encontrarte ilesa, sinceramente creí que te encontraría vuelta un colador – Caín bromea y me giro levemente para verlo sentado en el sofá. –Gracias por el voto de confianza – respondo sin ánimo –, les agradezco lo que hicieron por nosotros pero tengo muchas preguntas y mayormente, un par de problemas. Trato de mantenerme en control. Me encuentro en el medio de dos militares, soldados, como sea, que no conozco realmente y eso puede no ser seguro, no importando que conozcan al tío Jacob. –Detén tu tren, querida – Caín lanza una sonrisa seductora. –¿Qué sucede? – Abel avanza pasando por mi lado, se detiene al lado de su hermano, se sienta en el reposa brazos del sofa y me mira, su voz es plana de nuevo. Los observo temblorosa, para ser hermanos no se parecen en absoluto. Caín tiene el cabello n***o y la piel bronceada mientras que Abel es pelirrojo y piel pálida. –¿Caoimhe? – pregunta Abel con mucha suavidad, relajando sus hombros un poco. Siento una punzada en mi pecho y no puedo mirarlos. –Cuando bajé al estacionamiento una familia estaba llegando, yo los conocía – comienzo a relatar entrelazando mis dedos –, así que les dije que tenían que irse, les advertí y entonces – hago una pausa tomando aire y expulsándolo para calmarme –, entonces ellos me siguieron y no me di cuenta hasta después que los helicópteros habían disparado a las calles y que notara que la camioneta estaba blindada y ellos estaban detrás de mi y... No puedo continuar, el nudo vuelve a aparecer en mi garganta, pero me niego a llorar frente a ellos así que simplemente miro al suelo y trago con fuerza. –¿Murieron? No puedes cargar con ello, mucha gente murió esta noche – contesta Caín como si fuese lo más normal del mundo. Frustrada, alzo mi vista hacia él y noto que este tiene sus brazos abiertos y apoyados en el espaldar del sofá y tiene esa expresión despreocupada y un poco seductora, en su rostro. Abel en cambio, solo me mira. Así de plano y seco. Me mira. –No puedes ser tan insensible – me quejo –, tenían dos niñas y su madre las protegió, es por eso que están vivas y durmiendo en la habitación. Caín alza las cejas sorprendido y el pelirrojo me mira. –Espera, espera, espera – Caín mueve las manos echándose hacia adelante –, ¿te has traído a dos niñas, que no son tu familia, hasta aquí? Yo asiento. –El problema radica en que una de ellas recibió un disparo en la pierna y aunque le saqué la bala y le hice un torniquete, no ha despertado aún y no sé qué hacer. Ante mi confesión, Caín se golpea la frente con una mano, Abel respira profundo, asiente con la cabeza, las cejas alzadas y sus labios en línea recta, pero sin mirarme. –Va a matarnos –me señala Caín dirigiéndose al pelirrojo –, ella va a matarnos o va a matarse, esto es demasiado... Me sorprendo y quiero refutar, pero Abel se me adelanta alzando una mano en dirección a su hermano interrumpiéndolo. –No empieces. Seguido, Abel se coloca de pie y pasa por mi lado para llegar a la puerta, es entonces cuando noto que al lado de la misma se encuentra un bolso n***o. –Hay que atender a la niña con urgencia, yo me encargo – me dice con suavidad pero sin expresar nada. Hace un gesto con su mano indicándome que camine y, aunque estoy sorprendida, camino delante de él. –Controla a mi chica – espeta Caín con su típico tono – y procura que sea antes de las tres. No le hago caso aunque me incomodan sus palabras, paso por su lado rumbo a la habitación y me siento extraña, lo que estaba ocurriendo no se sentía real: yo, en una casa con tres niños y dos hombres, huyendo de un ataque terrorista. Un chiste de mal gusto. –¿Ha tenido fiebre? – pregunta cuando estamos de pie frente a la puerta. Me encuentro frente a él y le miro detalladamente, sus ojos destilan cansancio, hay una mancha de suciedad en su mejilla izquierda, su mandíbula se tensa haciendo que se pronuncie más y no puedo evitar notar las pecas que se extienden en sus mejillas y nariz. Pero está tan expresivo como una piedra. –Sí, durante la mitad del camino hasta aquí, más o menos una hora – respondo abriendo la puerta y dejando de mirarle. Avanzo a la habitación sintiendo que él camina detrás de mí. –Realmente tienes una guardería aquí – dice deteniéndose a mi lado. Yo lo observo buscando señales de burla pero no las hay, se nota más bien un poco preocupado, solo un poco porque realmente no sé cómo descifrarle. –No podía... –Abandonarlas. Lo comprendo. Me mira fijamente y yo hago lo mismo cautivada por la rapidez de su respuesta. Al final es él quien aparta la mirada y abre su bolso con cuidado de no hacer ruido, sus movimientos son tan exactos, como si fuesen premeditados. Yo me dirijo a posicionarme cerca de Gemma, sentándome a un lado de su cabecita. Los he hecho acostarse uno al lado del otro atravesados en la cama para que pudiesen caber mejor, debido a que en sí, la misma era sólo un poco más grande que la de tamaño individual. Gemma se encuentra entre su hermana y el tope de la cama, Coda se encuentra en el otro extremo. –Es muy pequeña – afirma acercándose a su pierna con una jeringa en su mano. –Tiene cuatro años – digo rápidamente –, ¿qué es eso? Él me mira tranquilo. –El propósito de los disparos era asesinar, pero por si acaso, están infectadas con un virus, tranquila, no se trata de un apocalipsis zombie – repone de inmediato y supongo que fue debido a la cara de espanto que puse –, pensando en que quizás tú o tu hermano pudiesen salir heridos, yo traje un antídoto. Yo asiento lentamente comprendiendo.... Tratando de comprender. –¿Es lo mismo que hacía a las personas comportarse tan descontroladas? –Pregunto mientras lo observo tomar el brazo de la niña. Abel pasa un algodón por el brazo de Gemma, lo deja a un lado y finalmente introduce la aguja en su piel. Yo no tengo el suficiente valor para mirarlo así que aparto la vista. –Así es – responde –, lo han estado rociando en todas partes, era una forma de distracción. –¿Cómo estás tan seguro de eso? – Se escapa de mis labios – ¿Cómo es que tú y mi tío sabían de todo esto y no lo detuvieron? Abel se queda quieto un instante sin mirarme, luego se aleja de la niña, va a su bolso y busca algo en el. –No todos los intentos son acertados o suficientes. Veo que se acerca con una gaza, algodón, un líquido que podría ser alcohol, otro envase pequeño y... ¿una aguja? –¿Vas a coserle la herida? – pregunto asombrada mientras se acerca. Estoy sorprendida que los otros dos no se hayan despertado aún. Abel me mira extendiendo las cosas hasta mí, tiene las comisuras de sus labios alzadas, como si fuese a sonreír pero no termina de hacerlo. –¿Nerviosa? –Parcialmente. Tomo lo que me dio y en el proceso, siento sus manos tocar las mías y no me muevo. El calor emana de su mano a la mía haciendo que note lo helada que me he estado sintiendo. Es decir, tenía frío, mucho, y no había sido capaz de reparar en ello hasta ese segundo. –Va a estar bien, sólo necesito un poco de tu ayuda – dice sin apartar su mano. Yo niego evidentemente. –No sirvo para esto, mi madre es doctora, yo no, yo no puedo hacer mucho... –Tranquila – me interrumpe alzando levemente las comisuras de sus labios –, sólo te pediré que me pases algunas cosas, no tienes que mirar si no quieres. Yo asiento, notando que él no termina de sonreír y finalmente, aparta sus manos dejando algunos elementos en las mías... haciéndome sentir frío de nuevo. –Dame el envase rojo – pide extendiendo su mano. Se lo entrego y justo cuando estoy a punto de preguntar, él responde: –Esto es para desinfectarle. Él aplica con una paleta pequeña que ya tenía en mano, observó su rostro concentrado y tranquilo, como si no estuviese haciendo gran cosa. —Ahora el envase blanco. Se lo entrego y él lo aplica de forma similar. —Esto es anestesia en crema, puede que esté inconsciente pero quiero evitar. Me quedo en silencio, pienso que es para no molestarle, pero la verdad es que estoy conteniendo el aliento. —Dame la aguja. Se la entregó y noto que ya tenía hilo colocado. Es allí cuando miro a otro lado mientras él hace su labor. —Definitivamente no te debe gustar la medicina —dice suavemente. —No, la verdad es que no tengo ese toque que se le da a los médicos y demás, para ver heridas y sangre. —Está bien, cada quien se especializa en algo diferente. Miro un instante y noto que sigue cosiendo así que apartó la mirada rápidamente. Me quedo en silencio de nuevo, no quiero interrumpir y no quiero romper a llorar en cualquier instante. No sé cuánto tiempo pasa hasta que al fin le escuchó decir: —Está listo. Observo la herida primero y noto qutiene tres puntos hechos limpiamente, luego miro en su dirección y él habla antes que yo: —¿Cómo se llaman? Su voz baja me transmite calma, era tranquilizador no estar sola. —Él es Coda, mi hermano menor, tiene seis años — respondo casi en un susurro, mientras lo señalo—, ella es Rubí, dijo que tiene ocho años, y esta pequeña tiene cuatro años, su nombre es Gemma. —Son tan pequeñas para tener que ser aprender a ser fuertes— dice y puedo notar el reproche en su voz. —Supongo que la historia de su vida ha iniciado pronto. —¿Cómo? Veo la confusión en su rostro, niego un poco con la cabeza. —Es solo que tengo esta teoría — agito mi mano suavemente —. Como que todos tendremos la historia de nuestras vidas que no inicia precisamente cuando nacemos. No sé si es porque estoy en el mundo de contar historias, con todo lo de la actuación, pero ¿no has notado que cada novela, libro, serie o película comienza en el punto exacto? Cuando un suceso tiene lugar y hay un movimiento en la vida del personaje principal, pueden contarte lo que vivió antes pero solo te muestran a partir de ese momento — él me mira con atención, respiro profundo —. Así creo que son nuestras vidas, todos esperamos hasta el momento en el que realmente inicie nuestra historia. Él asiente. —Es una buena teoría. —No lo sé — acaricio el cabello de Gemma—, pero creo que ambas podrán con esto. Tienen que hacerlo, es la historia de sus vidas. —O quizás está aún no sea — dice mirándome —, quizás van a poder con esto, porque la historia de sus vidas las espera más adelante. —Quizás. Coda se mueve en la cama y hace un sonido. Rápidamente bajo la cabeza de Gemma de mi regazo y me levanto para colocarme cerca de él. —Tranquilo, estoy aquí, tranquilo — digo suavemente acariciando su espalda para calmarlo. Se queda tranquilo poco después y vuelvo a respirar. —Creo que debemos hablar afuera — indica Abel levantándose. —Sí —concuerdo y le sigo. Él sale del cuarto y yo miro a los niños una vez más antes de imitarlo. Quisiera poder sacarlos de todo esto, que no tuviesen que pasar lo que seguro venía, pero al final, estábamos juntos en esto. Al menos intentaría protegerlos con todo lo que podía. Cierro la puerta con cuidado para dirigirme a la sala, donde estaban Caín y Abel. —Esto es una locura — se queja Caín. Abel solo deja el bolso n***o en el suelo al lado del sofá. —¿Por qué tenías que traerlas? — me pregunta señalándome. Noto la indignación en sus ojos y me hace sentir de la misma manera. —No podía abandonarlas. Caín suelta una carcajada sin gracia. —¿No podías...? — niega con la cabeza — ¿Son iguales ustedes dos o qué? —Sus padres me siguieron, confiaron en mí, yo no... —Tu nada — me interrumpe enojado —. Fue su decisión seguirte, no es tu culpa, idiota. No tenías responsabilidad con ellas, tu responsabilidad es con tu hermano — se queja pasando una mano por su cabeza —. Harás que nos maten a todos, lo vas a descontrolar todo. Lo van a descontrolar todo. Son insufribles ustedes dos. Siento enojo latir por mi pecho, quiero golpearlo. —¿Eres inhumano? —Oh, querida, ambos lo somos. —Caín, basta — exige Abel firme mientras lo mira. Caín le sostiene la mirada unos segundos, con rabia en su rostro, pero luego sacude la cabeza y solo sale de la casa. Un silencio invade la habitación, me siento incómoda, entre frustrada y dolida. —Caín, no lo escuches demasiado — dice parándose de pie frente a mí —. Debe estar estrenado y... —No lo justifiques — niego y tomo una respiración profunda —, lo conozco hace días, entiendo que no debe pensar en nadie más que si mismo. Abel mira a otro lado, también respira profundo y luego regresa su mirada a la mía. —¿Puedes mostrarme tus provisiones? —¿Mis provisiones? — no puedo evitar encontrarlo un poco gracioso. —Ah, sí — aclara su garganta —, es la costumbre. Sonrío llevemente y asiento. —Está bien. Le doy la espalda y me dirijo de nuevo a la habitación, abro la puerta con mucho cuidado y entro, observó a los niños perfectamente dormidos y me siento nostalgia. Debían estar muy cansados por todo lo que había ocurrido. Tomo el bolso más grande a la esquina de la habitación y salgo de nuevo. Desde el pequeño pasillo puedo observar la espalda de Abel, quien se encuentra sentado en el sofá, debe tener la cabeza entre las manos y los codos apoyados en sus piernas. ¿Cuál era su historia? ¿Por qué su acento era de un extranjero que dominaba el idioma pero no podía dejar su acento nativo? Se nota cansado, quizás frustrado. Quizás no quería estar aquí ocupándose de mi, sino que quería seguir su labor como soldado pero mi tío lo había obligado a venir por mí. Sea cual fuese su historia, esperaba que encontrara el punto en el que todo tendría sentido. Me acerco y me coloco delante de él, colocó el bolso en el suelo y me arrodillo allí. —Deberías sentarte en el sofá — dice al mirarme. —Está bien — resto importancia —. En casa somos cuatro personas — indicó abriendo el bolso —, mi padre es el director del departamento de policía y mi madre es doctora, así que son muy quisquillosos con estas cosas —intento sonar natural pero mi voz se quiebra un poco. —Bueno, puedo ver que hicieron un gran trabajo con esto — dice observando todo lo que voy sacando del bolso. —Sí, eso creo. —Con esto tendrás para unos días, los niños comen un poco menos que los adultos, así que te rendirá un poco más la comida, pero el agua creo que está justa, te traeré más. Esta situación no debería durar mucho, pero es mejor que estés preparada, no se sabe qué rumbo tomarán las cosas. La seguridad al hablar me tranquiliza, pero a la vez me siento inquieta. —¿Por qué? — sale de mis labios sin evitarlo. —¿Qué? —Si sabían que todo esto iba a suceder, ¿por qué no lo evitaron? — siento mi voz empezar a sonar desesperada — ¿Por qué mi tío Jacob no advirtió a mi padre? ¿Cómo es que tienen un mapa con todos los puntos donde ocurrirán ataques? No tiene sentido. Abel me mira sin ninguna expresión en su rostro y al no conocerlo, no sé cómo leerlo. —Hay cosas que no pueden ser evitadas al momento — explica con voz neutra —. En una guerra a gran escala, a veces tu estrategia implica dejar que la otra parte haga su jugada. —Eso es tan confuso — miro mis manos —. Esto es... esto es demasiado para mí. Debo estar aquí, cuidar de ellos... no sé... —Lo hiciste muy bien hoy, Caoimhe. Escucharle decir mi nombre, de alguna manera se siente familiar, como si... siempre lo hubiese escuchado. —Fuiste muy valiente. Suelto una carcajada. —No lo sé, no soy como esas chicas de película que por alguna razón están preparadas para las circunstancias que se les presentan. —Supongo que es parte de la historia — responde y veo una leve sonrisa en sus labios. —Supongo. —Sigue haciéndolo así, está muy bien —añade y mira su reloj —. Trataré de regresar pronto, aquí estás segura. En cuanto él se coloca de pie lo imito. —¿Te vas? Quizás sonó desesperado, pero la verdad, no quería quedarme sola, estaba aterrada. —Sí — responde firme y pasa por mi lado para dirigirse a la puerta. No sé qué decir, solo me giro para verle y me encuentro con que me observa desde la puerta abierta. El frío aire de la noche entra helando mis huesos. Su mirada inexpresiva no me da consuelo, pero me acompaña en ese instante. —Vas a tener que ser fuerte, Caoimhe, Y sin más, me da la espalda y cierra la puerta detrás de sí. Me quedo sola en la sala, un poco helada, pero entonces abro la puerta y salgo rápidamente. —¡Abel! Coloca su bolso en la parte trasera del auto, se detiene al lado de la puerta del conductor y se gira hacia a mí. Noto que Caín está dentro del auto, en la parte trasera. —Gracias. Noto que sus hombros caen como si fuese algo que no esperaba, —No, no agradezcas —responde—. No tienes que hacerlo. —Claro que sí, sí no hubieses insistido... —Era lo que tenía que hacer. No agradezcas, por favor — me interrumpe —. Trata de descansar. Abre la puerta del auto y pregunto rápidamente: —¿Van a volver? Él me mira y trato de descifrar lo qué hay en él, pero es muy difícil, no sé si no sé hacerlo o es él quien no me lo permite. Entonces finalmente solo asiente, entra al auto, lo enciende y pone en marcha sin mirarme de nuevo. Pero Caín sí me mira, y lo hace con un enojo creciente. El frío y oscuridad de la noche, el auto alejándose y los recuerdos apareciendo en mi mente aprietan mi pecho dejándome vulnerable como nunca antes me había sentido. ¿Puedo con esto? Ni siquiera estoy segura de lo que "esto" significa, pero debo ser suficiente por Coda. Nada podía pasarle a él.
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