Me siento en el sofá sosteniendo el teléfono contra mi pecho y me meso de adelante hacia atrás.
Después de que Abel saliese del apartamento y de que pudiese reaccionar, corrí por el pasillo y tomé todas las blusas que mi mano pudo abarcar y las lancé dentro del bolso, un par de jeans, un poco de ropa interior, arrojé dentro todo lo que vi importante en mi tocador y una manta también era una buena idea así que la arrojé dentro.
Busqué el mejor par de zapatos deportivos que tenía, tomé unos Sketcher y medio metí mis pies en ellos.
Corrí hasta el cuarto de Coda y repetí el procedimiento, arrojé dentro del bolso la ropa que mis manos podían sostener intentando llevar lo que más podría abrigarlo, también agarré un par de zapatos para colocárselos luego.
Cerré el bolso y me giré hacia la cama de mi hermano dispuesta a cargarlo cuando lo vi tan plácidamente dormido. Eso hizo que mi garganta fuese atravesada por un nudo muy grueso.
No quería, ni quiero que nada malo le suceda.
Coloqué el bolso en mi espalda.
—Hey, pequeño —le llamé para despertarlo — debemos irnos, vamos a ir a un pequeño paseo.
Pero como esperé, a penas y abrió los ojos.
Sin tiempo a nada más, lo cargué y salí corriendo de la habitación hacia la cocina.
Miré mi reloj de mano: faltaban siete minutos.
Mi corazón iba a estallar, sentía la adrenalina correr por mis venas, aquello era demasiado para detenerme a procesar y digerir.
Abrí el gabinete donde estaba el bolso de provisiones, lo tomé y lo guindé en mi hombro libre.
Sin detenerme a más nada, tomé las llaves que Abel me dio junto con el mapa y salí halando la puerta como pude.
Me detuve un solo segundo. Si todo aquello era verdad, ¿qué pasaría con todas las personas que vivían en ese edificio? ¿Con esas personas que había visto y escuchado durante seis años de mi vida?
No tenía tiempo de llamarlos uno a uno tampoco así que vi mi opción más rápida justo al lado del ascensor.
Corrí, llamé el ascensor y justo cuando las puertas se abrieron para mi, activé la alarma de incendios.
Eso al menos los haría salir del edificio y darles tiempo para hacer cualquier cosa.
El ascensor dio la impresión de tardar toda una eternidad a pesar de que solo tardaba veinte ocho segundos en bajar.
Cuando las puertas se abrieron en el estacionamiento este se encontraba desierto a excepción de la familia que acababa de llegar, debían vivir en el piso tres o cuatro según podía recordar.
Su auto se encontraba unos metros más allá del mío.
—¡No! —Grité corriendo hasta mi auto — ¡Váyanse de aquí! ¡Tienen que irse ahora!
El padre y la madre me quedaron viendo durante un instante, decidiendo, pero no había tiempo para ello.
—¿De qué estás hablando? —se apresuró la madre.
—No le hagas caso, debe estar borracha —el padre giró los ojos.
—¡No! ¡Por favor! —agregué llegando hasta el auto y deteniéndome un instante —¡Tienen que salir de aquí!¡Soy la hija de Durán Hayes! ¡Salgan de aquí!
Y eso pareció suficiente porque la madre comenzó a meter a los niños de regreso al auto.
¿Había sido buena mi elección? ¿Había hecho lo correcto? Porque ahora yo estoy aquí en esta casa, con sus hijas en la otra habitación porque ahora son huérfanas. ¿Había sido mi culpa?
Recuerdo que frente a mi se encontraba la camioneta que Abel me había indicado, estaba nueva e impecable.
No podía perder más tiempo, con el control abrí los seguros, coloqué a Coda en el asiento trasero y lancé los bolsos en el suelo de la parte trasera.
Según el mapa que me había dado Abel, eso era una sincronización de ataques.
Abrí la puerta del conductor y miré hacia la familia que acababa de entrar a su auto menos el padre.
—¡Debes tomar rumbo a las afueras! —Grité — ¡Ningún lugar es seguro aquí!
—¿A dónde vas tú? —preguntó subiéndose al auto.
Intenté recordar lo mejor que pude.
—¡Tomaré camino por B. Great! —expliqué y también subí al auto.
Mis manos temblaban buscando la llave para encender el vehículo y salir de allí. Miré hacia Coda, este seguía durmiendo como si estuviese en hibernación. Tomé un respiro e introduje la lleve y este no tenía problemas con el encendido, definitivamente.
Puse el auto en retroceso y salí del estacionamiento a toda velocidad. El caso era que no estaba acostumbrada a tomar tanta velocidad en tan poco tiempo, por lo que el auto saltó con el policía acostado de la entrada.
Ni con eso se despertó Coda. Miré en todas direcciones esperando ver a Abel o a Caín pero estos no parecían estarme esperando en la puerta.
Falté a las luces del semáforo pero no me importó, me concentré en no chocar y eso era importante.
Pero no fue hasta que me encontré a dos calles de distancia del edificio que medio respiré y miré mi reloj: se me había agotado el tiempo en algún momento pero ya estaba fuera del edificio. No obstante aún tenía mucho camino que recorrer para llegar a esa casa en las afueras.
No estaba dispuesta a bajar la velocidad, mi instinto no me lo permitía. Debía continuar en movimiento. Cuatro calles lejos y busqué mi celular en el bolsillo del pantalón.
—Llama a Amber —ordené a siri.
—Disculpa, creo que no te he entendido.
Grité de frustración no eran momentos para ello.
—Siri, llama a Amber.
Finalmente comenzó a marcar a Amber.
Cada pitido aumentaba la presión en mi pecho, debía al menos correr la voz si eso era cierto.
—¡Hola, hola gran actriz! —respondió con entusiasmo.
—¡Debes decirle a tus padres que se vayan a las afueras! —expliqué mientras esquivaba un auto que se había quedado en todo el medio.
—¿Qué? ¿Para qué? ¿De qué estás hablando?
—¡Cielos, Amber! ¡Confía en mi! ¡Muévete ya! ¡No sueltes tu teléfono de emergencias!¡Llama a Monique!
Y antes de que pudiese decir algo más, un gran estruendo inundó mis oídos.
Las personas en las calles comenzaron a correr a mi alrededor, algunos autos se detuvieron y otros siguieron su camino como yo.
Pero entonces Coda gritó y comenzó a llorar.
—¡Hey! ¡Coda! ¡Tranquilo!¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! —intenté calmarlo llevando una mano hacia él.
—¿Dónde está mamá? —preguntó entre lagrimas acercándose a mi.
—Aquí estoy yo, Coda.
Miré por el cristal y mucho humo se esparcía a partir de las calles que había dejado atrás.
Había comenzado en el edificio. Algo había explotado allí.Sin que pasara mucho tiempo, gritos penetraron mis oídos, un ruido persistente comenzó a escucharse y de pronto las personas en las calles comenzaron a caer en el suelo.
Y fue cuando me detuve, miré hacia arriba y los helicópteros desprendían unas pequeñas explosiones.
Coda gritó o fui yo, no estuve segura pero como pude lo atraje a mí y lo cubrí con mi cuerpo.
Las lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, no podía ser posible que de verdad estuviesen atacándonos.
Los helicópteros estaban disparando a todas las personas que había en la calle, aquello se volvió un río de sangre.
—¿Qué pasa? —Coda sollozaba debajo de mí —¡Tengo miedo!
—Todo estará bien, aquí estoy.
Yo también lloraba, lo abracé con todas mis fuerzas, si un disparo llegaba a atravesar el auto, al menos me golpearía a mi y no a él.
Estaba temblando, ambos temblábamos y aún se escuchaba como si estuviese metida en una película de terror. Mis nervios se estaban acabando para el momento en el que golpeteos como de lluvia de granizo pero mucho más intensos se escucharon sobre el auto.
—¡Te amo, Coda! – Grité manteniéndolo más debajo de mi – ¡Te amo mucho!
Él solo lloraba desconsoladamente y no había nada que pudiese hacer. Yo solo pensaba en que así era como iba a morir, en que así era como todo se acabaría pero solo rogaba que Coda lograse vivir, no me importaba todo el esfuerzo que hice con tal de que Coda lograse estar bien.
Luego de un tiempo que no pude calcular, los golpeteos sobre el auto se detuvieron.
Estaba confundida, alcé un poco mi cabeza sin soltar a Coda y miré alrededor.Sangre. Todo estaba rojo y destruido.
Las nauseas quisieron atacarme pero debía mantenerme en control.Fue entonces que pude observar a lo lejos cómo los helicópteros seguían haciendo desastres calle arriba.
Pero entonces me concentré en el vidrio delantero del auto... Estaba técnicamente intacto ¿Cómo podía ser?
Miré los cristales de las ventanas y se encontraban en la misma condición. Observé el techo del auto, no había ni un solo agujero.
"Este es mucho mejor para huir que ese mini Cooper que tienes". Era lo que había dicho Abel y pude comprender por qué.
La camioneta era a prueba de balas. Estábamos a salvo porque decidí tomar este auto, porque Abel me lo dio. Porque de seguro Dios intercedió.
Tío Jacob había pensado en todo...
—¡Coda! —Lo abracé eufórica — ¡Estás bien!¡Estamos bien!
—¿Qué está pasando? ¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!
Se aferró a mi abdomen con toda la fuerza que poseía y eso casi me derrumba, no podía permitir que nada le sucediera.
—Unas personas muy malas quieren hacerle daño a todos, Coda —expliqué acariciando su cabello.
—¿Por qué? ¿Mamá y papá están bien? —su voz entrecortada era como golpes en mi estómago.
—No sé por qué, pero mírame —tomé su rostro —, voy a llevarte a un lugar seguro y voy a cuidarte hasta que podamos ir con mamá y papá, ¿está bien?
—No me dejes —pidió lanzándose en mi cuello.
—No lo haré.
Alcé mi mirada al techo, rogando porque Dios se apiadara de nosotros, suspiré y miré hacia el retrovisor.
Mi corazón se rompió, el auto de la familia a la que había advertido estaba justo detrás de mi, habían estado siguiéndome.
Me sentí culpable, ellos no tenían un auto blindado.
Sollocé cubriendo mi boca con una mano sin despegar la miraba del retrovisor.
¿Había sido peor sacarlos del edificio o mejor hubiese sido dejarlos allí?
Recordar aquello me hacía sollozar más, en este momento con todo lo que había sucedido, ¿Cómo puedo no sentirme culpable?
Intenté enfocar mi vista en el pequeño espejo cuando algo pareció moverse dentro. Si, efectivamente algo se movía allí dentro. Miré por la ventana trasera y pude ver mejor: era una de las niñas intentando salir de debajo de su madre.
Le ordené a Coda que se agachara en el suelo de la parte de atrás y que por nada del mundo saliese de allí, temía que levantase la cabeza tan solo un poco y viese todo el desastre que había afuera.
Cerré la puerta del conductor intentando reprimir las lágrimas pero me era imposible, miles de personas estaban tiradas en el suelo, un par de autos incluso habían chocado a metros de nosotros.
Algunos gritos desesperados se escuchaban en algún punto, quizás dentro de las tiendas pero no podía detenerme por todos.
Tomé aire y me arrepentí, olía a pólvora, algo quemándose y a sangre.
Miré hacia adelante y los dos helicópteros seguían su camino, yo no podía pasar mucho tiempo fuera, quizás decidiesen volver.
Corrí entonces hasta el auto que estaba detrás y miré por las ventanas.
La niña mecía a su papá y a su mamá esperando despertarlos.
Toqué el vidrio.
—¡Hey! ¡Tienes que venir conmigo! —grité y ella no pareció escucharme.
Intenté abrir las puertas pero estas no cedían.
—¡Pequeña! ¡Mírame! – toqué el vidrio.
La niña que no podía tener más de nueve años me miró asustada.
—¡Voy a ayudarte pero debes abrir la puerta! —le pedí y miré hacia adelante —¡Rápido, abre!
Luego de un instante ella asintió y pasó hacia el asiento trasero a abrirme la puerta.
—¡No despiertan! – Exclamó temblorosa – ¡Gemma está lastimada! ¡Papá y mamá también!
Se veía muy alterada mientras señalaba detrás de ella.
Una niña aún más pequeña estaba acostada en el suelo.Mi pecho se presionó, ellas no merecían aquello.
—Mamá dijo que eras la hija de un policía —continuó acercándose a la otra niña —, dijo que confiáramos en ti.
Lloró y supe que entendía a la perfección lo que había sucedido con su familia.
—Sí, confía en mi, voy a sacarte de aquí —le dije intentando acercarme pero ella se alejó.
—¿Y ellos?
—Lo siento mucho.
Ella gritó de nuevo.
—¡No! ¡Mamá, despierta!¡Ella va a sacarnos de aquí!¡Papá! – los meció.
Su voz removió mis entrañas no podía estar pasando aquello.
Y me pareció ver el pecho de la pequeña subir y bajar. Sin pensar demasiado, me subí al auto y toqué su cuello.
La niña estaba viva, miré y la sangre emanaba de su pierna. Quizás solo se había desmayado.
—Debemos irnos —le anuncié a la mayor —, tu hermana estará bien, pero hay que irnos.
Ella solo asintió y abrazó a su madre.
—Te quiero, mamá, te quiero, papá —los abrazó.
Y mientras yo sentía que iba a lanzarme al suelo y a llorar, me armé de valor y tomé en brazos a la pequeña.
Salí del auto sintiendo la viscosidad que corría por mi brazo cuando escuché que el sonido de los helicópteros parecía volverse más fuerte.
Mi corazón daba la impresión de haberse mudado hasta mi cabeza.
—¡Vámonos, pequeña!—Apresuré tomándole la mano — ¡Rápido! ¡Vámonos!
Ella tomó mi mano con rapidez y su agarre fue tan fuerte que se sintió como si estuviese dándome fuerzas. Debía cuidar a esas niñas. El sonido era más fuerte.
—¡Vámonos! ¡Rápido! —Ella se bajó del auto y miró a su alrededor.
—¿Qué es todo esto? —su voz se quebró.
—No mires, cierra los ojos, yo te guio.
No se opuso, cerró los ojos, tan fuerte como pudo. Y yo corrí arrastrándola detrás de mí.
No estaba equivocada, los helicópteros iban a regresar. Abrí la puerta trasera lo más rápido que pude.
—¡Súbete! ¡Ya!
Ella lo hizo, y dejé a la niña en el asiento y justo antes de que el helicóptero llegara a esta calle, cerré la puerta detrás de mí.
—¡Caoi! ¡Estaba asustado!¡Aquí estas! —Coda se lanzó sobre mí pasando sobre la niña que acababa de acostar y yo lo abracé con todas las fuerzas que tenía.
Y entonces. El ruido se volvió a escuchar.
Los niños gritaron y yo solo intentaba abrazarlos a todos.
Quizás pasaron solo diez segundos o un minuto entero, daba igual, yo sentía que era una eternidad. Y finalmente el sonido se desvaneció.
—Ya, ya, vamos a estar bien —los consolé.
—¡Quiero a mi mamá! —lloró la niña.
Yo asentí.
—Lo sé, pero voy a llevarlos a un lugar seguro —expliqué y coloqué a Coda del lado de la puerta —, primero voy a curar a tu hermana, ¿sí? —Asintió –, ¿podrías decirnos tu nombre y el de tu hermana a Coda y a mí? —intenté distraerla.
Abrí el bolso y busqué una camisa mía para formar un torniquete en la pierna de la niña.
—Me llamo Rubí y ella es Gemma —respondió mientras acariciaba el cabello de la niña.
—Muy bien, es un gusto conocerte rubí —le sonreí.
—Yo soy Coda.
Mientras se presentaban, yo alcé el pantalón de Gemma y pude visualizar que allí estaba la bala. Quizás podría sacarla, veía la punta justo allí.
—¿Cuántos años tienen? —pregunté.
Pero luego mordí mi labio inferior al tocar la punta de la bala con mis manos.
—Ella tiene cuatro y yo ocho.
Coda dijo algo pero no presté atención.
Cerré mis ojos recolectando toda la fuerza de voluntad que tenía y la halé.
Fue como sacar el relleno de un trozo de carne.
—Coda, busca la botella de agua en el bolso —pedí buscando otra camiseta.
La empapé con agua y limpié un poco la herida, pero la sangre no paraba de emanar. Con la camiseta que saqué al principio le di dos vueltas fuertes a su pierna y la amarré para intentar detener la hemorragia.
—¿Eres doctora? —preguntó Rubí.
—No, pero mi mamá sí lo es —una presión vino a mi pecho en pensar cuantas ganas tenía de ir con ella.
—Ella es actriz —dijo Coda.
Tomé aire para intentar animarme un poco pero solo me sentí más asfixiada de lo que era posible.
Miré por la ventana un segundo, todo estaba pintado de rojo y yo solo sabía una cosa: Se había desatado el infierno.