16

1355 Palabras
Con mi padre las cosas normalmente no resultaban tan complicadas, nos entendíamos muy bien, al menos manteníamos una relación en la que muy poco discutíamos. Pero había momentos en los que él se cerraba a escucharme cuando algo no le parecía, y en principio eso fue lo que sucedió esta vez. Explicarle lo que ocurría, al menos darle una idea sin tener que decir todo sobre la conspiración había resultado más complicado de lo que esperé. Luego de una hora intentando hablar con él, que se alejara del departamento de policía, que me entendiera... había logrado que enviara una patrulla con dos uniformes y oficiales, que prestarían su identificación para entrar a la zona restringida de la que hablaron Caín y Abel. Según entendí, en el centro de esa zona se encontraba el búnker en el que refugiaban al presidente. No necesitaba de ningún entrenamiento para saber que lo que harían Abel y Caín era peligroso. Era una misión s*****a. —¿Y Abel? — pregunto a Caín una vez que me abre la puerta. Luego de haber cuadrado las horas y demás, había regresado a atender a los niños, los había dejado solos mucho rato, pero agradecía que el único desastre que habían hecho era desordenar la sala armando una casa con sábanas y muebles. Mientras, Caín y Abel se organizaron para partir. —Está afuera — responde y cierra la puerta. No me quejo, porque la verdad, nuestra relación ya se entendía de esa manera. Bajo las escaleras, observo en mi reloj que son las once de la noche. Ellos necesitaban emprender su viaje en una hora. Salgo del edificio, miro en todas direcciones y no veo más que el auto de Abel estacionado. Avanzo un poco buscándolo. —¿Abel? —Aquí — responde y sigo su voz. Lo encuentro sentado dentro del maletero de la camioneta. —¿Sucede algo? — pregunto notando la expresión de su rostro y sentándome a su lado. —Solo estoy pensando y preparándome para lo que viene — dice tranquilo, serio y sin mirarme. Veo hacia el lugar que él lo hace y noto que se pueden ver el cielo estrellado iluminando la carretera. —¿Tienes miedo a fallar? —No, es un miedo diferente, no puedo explicártelo así. No soy tan bueno expresando como quisiera. —Ayer te expresaste muy bien — intento bromear naturalmente golpeando su brazo ligeramente con el mío. Él ríe un poco y asiente. —Fue la excepción supongo — respira hondo y me mira, noto en sus ojos que está perturbado —. Disculpa, quizás solo estoy estresado. Abel es una de esas personas, eras que son grandes y valiosas pero con circunstancias oscuras. —Gracias — digo sutilmente y él me mira sorprendido —. Gracias por fijarte en mí, en nosotros, así fuese por mi nombre, está bien, fue lo que te llevó a notarme. Así que, gracias por mantenernos a salvo y preocuparte. —Caoimhe, no... —Shh, no he terminado — lo empujo de nuevo y me quedo cerca de él—. Te miro, pienso en lo que me has mostrado de ti, sé que tu vida solo resultó de esta manera y tienes un pasado pesado, pero tu vida aún no ha acabado, Abel, aún tienes tiempo en tu reloj y confió en que lo usarás de mejor manera. No estoy segura de qué es lo que estoy haciendo al decirle todo esto, pero él sigue siendo una persona, es un ser humano y todos merecemos ser redimidos. Además, no puedo negar que él me atrae por más que quiera. Supongo qué hay cosas que están destinadas a ser, como algunos sentimientos. Pasamos toda nuestra vida esperando sentir algo diferente, anhelando de forma latente tener algo extraordinario que no podamos comprender sino sentir, y cuando lo tenemos... a algunos les gana el miedo y pocos son lo suficientemente valientes para aferrarse por más difícil que sea. Y yo... no sabía de cuales era. —Sé que estás en una situación complicada justo ahora —Continuo enfocándome en las estrellas —. Quisiera devolver lo que has hecho por mí, ayudarte con lo que necesitas ser ayudado, si pudiera darte de mi energía lo hiciera, si pudiera compartirte fuerzas lo haría. Yo... lamento lo de ayer, esto es muy confuso, pero viéndote así, no creo que nadie debería sentir miedo. Como no puedo hacer algo que te ayude de verdad, intentaré esto, te pediré que te quedes conmigo un poco. Le sonrío, tomo su mano y digo: —Espero te ayude un poco. Su rostro parece iluminarse y mi corazón se siente contento por eso. —Recuesta tu cabeza, así —indico haciendo que caiga en mi hombro —. Cierra los ojos, descansa un poco, creo que ni siquiera has dormido. Yo contaré hasta cien y te diré, solo trata de no pensar en nada. Él parece acatar mis órdenes porque no hace ningún ruido, no dice nada y se queda tranquilo. Solo escucho que toma una respiración profunda y yo empiezo a contar. Se siente agradable aquello y espero que él lo encuentre de esa manera. Pero al llegar a cien, creo que quizás puedo regalarle cien más así que cuento hasta doscientos. No estoy segura de si lo hago por él o por mí. Aún sin estar muy lista para hacerlo, hago un movimiento para separarnos. —Regálame doscientos más — pide en un susurro y siento mi rostro arder. Él entrelaza nuestros dedos y no me quejo, en cambio, una sonrisa sale de mis labios y me siento aliviada como si acabase de recibir calor luego de estar helada. Es ese punto justo de alivio que se siente cuando algo está dejando de doler, es una sensación única y gratificante. Él merece algo de luz por una vida tan oscura. ¿Podría ayudarlo a verla? Entonces no me doy cuenta que el tiempo se acaba, pero él quita la cabeza de hombro y me sonríe: —Creo que perdimos la cuenta. —La perdí, lo siento. —No te preocupes — ladea su cabeza y su voz parece un susurro —. ¿Estarás bien? Respiro profundo y asiento. —Lo haré, solo debo resistir un poco más. No noto que agarro su mano con más fuerza de la necesaria hasta el momento en el que él la suelta y se coloca de pie frente a mí. —Ya es hora de que Caín y yo nos vayamos. —Ya veo — salgo del auto también —. Sé muy cuidadoso... Quiero decir más, pero ya no sé qué. Él sonríe y da un paso hacia mí, coloca su mano en mi hombro un instante. Creo que dirá algo pero no lo hace. Cierra el maletero y pasa por mi lado. Le sigo colocándome a su lado. Siento que toma mi mano y no me quejo, no digo nada, sólo caminamos, entramos al edificio y subimos las escaleras. —Caín, es hora — dice golpeando la puerta. Suelta mi mano y saca algo de su bolsillo. —Ten, léelo cuando estés a salvo. Sé que el impacto se plasma en toda mi cara. ¿Era una carta? —Esto... —A la marcha, capitán — bromea Caín saliendo con un bolso. —Vamos — responde Abel —. Ha sido bueno conocerte, despídenos de los niños y... solo consigan salir de aquí. —Sí, probablemente no volvamos a verte nunca — Caín pasa un brazo por el cuello de Abel. —¿Qué dices? Si me vas a extrañar — replico. —Ya quisieras, corazón — gira los ojos —. Vámonos, el tiempo corre. Empuja a Abel y este asiente. —Adiós — dice justo antes de darme la espalda. —Adiós. Y me quedo allí, de pie, sin moverme, sin hacer nada más que verlos irse y sé que es cierto lo que dice Caín: no los volvería a ver porque van como corderos al m******o. El pensamiento pesimista nunca había sido lo mío, así que sacudo la cabeza y rechazo eso. Ellos lo lograrían, estarían bien. 
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR