La mañana siguiente recibió a Rubí con un resplandeciente y cálido sol. Al ver a Aron dormir a su lado tan tranquilo, no pudo contener su felicidad. Esta era una de las pocas ocasiones en que despertaba junto a él. Aunque sabía que el hombre a su lado había dormido incómodo toda la noche, al final solo era cuestión de acostumbrarse. Los rayos dorados que se filtraban por las ventanas eran deslumbrantes. El día anterior había sido un campo de batalla: cuando Loren apareció en su habitación, creyó que vivir en la fortaleza sería imposible. Sin embargo, el hecho de que el canciller, tras el intercambio de miradas, decidiera dar un paso atrás y retirarse, fue una buena señal. Ese día su mente parecía tan clara como el agua. Así debía ser: ella era la esposa, y siempre debía imponerse. Se

