La mesa ya estaba servida. Sentados alrededor había ciertos personajes desconocidos para Rubí: tres hombres elegantes que la miraron con extrañeza. Debían de ser personas importantes para estar ahí. Lo que más le sorprendió fue ver a Marzon sentado al lado de uno de aquellos hombres, conversando con total comodidad, y a Henry ubicado a la derecha del canciller. ¿Por qué estaban en la mesa? Henry solía estar de pie detrás del canciller como siempre, y Marzon, aunque fuera el esposo de Henry, ni siquiera debería estar presente. Para estas personas, él no era nadie. Ella lo sabía mejor que nadie. Marzon, con su alegría habitual, se levantó al verla. —¡Oh, Rubí! —exclamó sonriente—. Cuando Loren dijo que estarías en la mesa, no lo creí. Rubí hizo una mueca. En sus oídos aquello sonó com

