Cuando Aron despertó nuevamente, no sintió haber recuperado la magnitud de sus sueños. Más bien, la luz, por más que intentó cubrirse, terminó arruinando su ensoñación. Como de costumbre, se levantó, se quitó la camisa y los pantalones. Su cuerpo desnudo brillaba bajo los rayos del sol con todo su resplandor. Tomó una toalla y la envolvió en sus caderas. Caminó medio tambaleante hacia el baño, puso pasta en el cepillo y comenzó a cepillarse los dientes con pereza, mientras observaba su reflejo en el espejo. Las marcas que el idiota de Loren había dejado ya casi se habían desvanecido; aunque aún perceptibles, parecían moretones y no chupetones. Aron rascó su cuello con la misma desgana con la que se cepillaba los dientes. Al salir del baño caminó por la habitación, su cuerpo aún chorre

