El precio de la supervivencia
El olor a gardenias y el sonido de las risas refinadas todavía flotaban en el aire de la mansión Cavalli cuando el mundo se acabó.
Esa noche, mi padre no parecía el gigante que solía ser. Lo encontré en su despacho, rodeado de un silencio que pesaba más que las deudas que intentaba ocultar. El cristal de su vaso de whisky tintineó contra el escritorio de caoba, un sonido metálico y final que se quedó grabado en mi memoria como el tic-tac de una bomba. Su rostro, usualmente una máscara de control y elegancia, se había desmoronado. Las arrugas en su frente no eran solo por la edad, sino por el peso de un imperio que se le escurría entre los dedos.
—Elena, vete de aquí —fue lo único que dijo. Sus ojos, antes llenos de orgullo, estaban inyectados en sangre, nublados por una derrota que yo aún no alcanzaba a comprender—. Toma a Luca y sal por la puerta de servicio. No mires atrás. Por nada del mundo te detengas.
—¿De qué hablas, papá? La fiesta apenas comienza... —balbuceé, sintiendo un frío repentino recorrer mi columna. Mis dedos se cerraron sobre la seda de mi vestido de gala, un atuendo que de pronto se sentía como un disfraz ridículo.
Un estallido seco, como el látigo de un rayo, cortó mis palabras. No fue un trueno. Fue el primer disparo contra la puerta principal, un sonido que partió la música de los violines a la mitad. Los gritos de los invitados, esa élite que minutos antes brindaba por nuestra prosperidad, se convirtieron en una orquesta de pánico absoluto. Cristales rompiéndose, pasos pesados, el fin de la civilidad.
—Dante Volkov no perdona —susurró mi padre con una sonrisa triste y derrotada, una mueca que me perseguiría en sueños durante años—. He perdido el imperio, hija. Se lo ha llevado todo. No dejaré que él también se lleve sus vidas.
Me obligó a salir de la habitación justo cuando las luces de la mansión parpadearon y se apagaron, sumiéndonos en una oscuridad absoluta, solo interrumpida por los fogonazos de las armas en el vestíbulo. Arrastré a Luca, que apenas tenía quince años y tiritaba de terror con la mirada perdida, por los pasillos que antes recorríamos jugando a las escondidas.
Mientras saltábamos la verja trasera, con el barro ensuciando mi vestido y el aire helado quemándome los pulmones, el sonido de un segundo disparo, esta vez proveniente del interior del despacho, me detuvo en seco. Fue un sonido sordo, solitario, diferente a los intercambios de fuego de la entrada.
Mi corazón se detuvo. Quise gritar su nombre, quise regresar, pero la mano de Luca apretando la mía con una fuerza desesperada me devolvió a la realidad. Sus ojos me suplicaban que no lo dejara solo.
—No mires, Luca. Solo corre —le ordené, con la voz rota y el sabor amargo de las lágrimas quemándome la garganta.
Esa noche, bajo la lluvia inclemente de una ciudad que nos había dado la espalda en cuanto el dinero dejó de fluir, la "Princesa de los Cavalli" murió. Entre los callejones sucios, el olor a basura y el miedo constante a ser encontrados por los cobradores de deudas o los sicarios de Volkov, aprendí que la bondad es un lujo que los muertos no pueden permitirse. Nos escondimos en un sótano húmedo donde las ratas eran nuestras únicas compañeras, cambiamos nuestros nombres, quemamos nuestras identificaciones y borramos nuestro rastro. Me convertí en una sombra que restauraba cuadros viejos por unos pocos billetes, ocultando mis manos de pianista bajo los guantes de trabajo.
Durante tres años estuve tranquila, pensé que habíamos escapado. Pensé que el sacrificio de mi padre había sido suficiente para saciar la sed de sangre de sus enemigos.
Qué estúpida fui. Dante Volkov no es un hombre que se conforme con las sobras. Él no solo quería el imperio de mi padre; nos quería a nosotros como trofeos finales. Y ahora, el destino —o la falta de dinero y la impulsividad de un hermano que solo quería recuperar nuestra vida anterior— nos había puesto en sus garras.