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2106 Palabras
Al día siguiente. Todos reunidos en el gran salón de la mansión Lombardi. Estaban desayunando cuando Hanna Luiggina llegó. —Buenos días familia hermosa. Les tengo una noticia. Luggina la miró y frunció el ceño. —No me dirás que te irás de viaje nuevamente. —habló su madre dejando los cubiertos sobre la mesa. Luiggina parpadeó y sonrió, se acercó y se abrazó a su madre. —Si madre, decidí estudiar en París. Estudiar diseño de joyería. —Eso está muy bien mi pequeña. —dijo Pierina, su abuela. —Asi es abu. —Pero hija, apenas regresas de un viaje. —intervino Luggina. —Lo sé madre. Pero no tengo mucho tiempo. —por un momento hizo una pausa Lucciano y Luggina la miraron y ella continuó. —¿Cómo que no tienes tiempo? —preguntó su madre. —¿Que pasa Luiggina? —insistió Luggina. —Me llegó un correo hace un mes, sobre la matrícula, por eso tengo esta semana para hacerlo. —¿Viajaras sola está vez? —preguntó si padre. —Asi es, Elián no podrá acompañarme, mi viaje no tiene fecha de regreso. Luggina tragó grueso, nunca estuvo de acuerdo con los viajes que ella realizaba sola. Dos horas después, Luiggina estaba en su habitación. Sentada frente al espejo, cerró los ojos y una sonrisa se dibujó en sus labios. En sus manos tenía el informe del detective privado de donde se encontraba exactamente Bruno Ferrer. —Muy bien. América allá voy. —dijo Hanna preparando sus cosas más importantes. Tomó el sobre cerrado y lo apretó contra su pecho, y cerró los ojos. Guardó todo lo que llevaría y salió de la habitación. Bajó a la sala de star dónde estaban sus padres. —Padre, viajaré a las Vegas y luego a París. —¿A las Vegas? ¿Que harás allá hija. —interrogó Luggina sorprendida por el cambio de planes de su hija. Lucciano la miró achicando los ojos. —No entiendo ese cambio hija. —Padre... Confía en mí padre, madre tengo algo muy importante que hacer en las Vegas ya después regreso a Francia. Y desde ahí les contaré todo. —¿Y porqué no me contarás que eras en las Vegas ahora? —preguntó Luggina. —No madre, cuando lo resuelva todo Ahí te cuento. Por favor ma. —expresó habiendo un puchero. —Tú y tus misterios hija. —dijo Lucciano haciendo un gesto de negación con una sonrisa. —Será una sorpresa Papu. —respondió Hanna abrazando a su papá. —Papu, eres mi héroe. Mi súper héroe. Y tú madre, gracias por ser la mejor del mundo. Siempre están conmigo. Atentos a mí. Al igual que mis tres guardaespaldas favorito. Lis cuatro somos uno sólo. Me encantaría tener una familia así de grande y hermosa como la nuestra. —La tendrás hija. Y serás muy feliz mi amor . —manifestó Lucciano abrazando y dejando un beso en la frente de su hija. —Y ahí estaré para vonsentir a mis nietos. —dijo Luggina. Uniéndose a ese abrazo. Al cual también se unieron sus hermanos. Lucciano y Luggina sintieron esas palabras muy profundas. Luiggina regresó a su habitación, y después de ducharse, salió a la terraza, su corazón se estrujaba debatiéndose entre quedarse o ir en busca de sus sueños. No podía permitirse perder el tiempo, sentía que cada segundo importaba El amanecer entraba por las cortinas de la habitación, proyectando hilos de luz sobre las maletas abiertas en el suelo. Luiggina doblaba con cuidado cada prenda, revisando dos veces su lista mental, pasaporte, boletos, dinero mínimo, tarjetas, y aquel pequeño sobre que nunca dejaba atrás. Sus dedos temblaban ligeramente al cerrarlo, como si supiera que dentro llevaba algo más que simples certazas. Terminó de guardar todo, respiró hondo y alzó la mirada. El espejo reflejó una joven de diecinueve años con ojos firmes, pero también con un destello de incertidumbre. El tiempo corría, y cada segundo importaba. Cerró la maleta, tomó el asa con decisión y salió de la habitación. El eco de sus pasos la acompañó por el pasillo hasta bajar a la sala de estar, donde sus padres la esperaban. Lucciano estaba sentado en el sillón de cuero, con el periódico doblado sobre la mesa, aunque evidentemente no lo estaba leyendo. Luggina, a su lado, sostenía una taza de café, pero tampoco parecía prestar atención a su aroma. Ambos la miraron en cuanto la vieron aparecer con el equipaje. —Padre —dijo ella con una sonrisa que buscaba ocultar sus nervios. —Llegó la hora. —¿A Las Vegas? —repitió Luggina, arqueando las cejas y apoyando la taza con fuerza sobre la mesa. —Si madre. —¿Qué harás allá, hija? Lucciano la miró en silencio, achicando los ojos, buscando leer más allá de las palabras. —No entiendo ese cambio. —añadió él con calma, aunque la tensión era evidente en su tono. Luiggina apretó los labios. Sus manos, que sostenían aún el asa de la maleta, se humedecieron de sudor. —Padre… confía en mí. —susurró, acercándose un paso hacia ellos. —Haré lo que tenga que hacer en Las Vegas y de ahí regreso a París ya te lo había dicho. —¿Y no entiendo qué harás en Las Vegas? En verdad que no. —interrogó Luggina, con esa mezcla de curiosidad y desconfianza que solo una madre puede transmitir. La muchacha negó suavemente. —No, madre. Cuando lo resuelva todo… ahí te cuento. Por favor. Nunca los he defraudado. El silencio se hizo espeso en la sala. La única melodía era el tictac del reloj de pared, implacable. Luggina suspiró, resignada. —Hija…prometes que estarás bien. —Estoy bien madre. Mírame. —dijo ella dando una vuelta entera. Lucciano, no apartaba la mirada de ella. Finalmente, su voz grave rompió la tensión. —¿Una sorpresa, entonces? —Sí, padre. —Luiggina sonrió, rodeándolo con los brazos y apoyando la frente en su hombro. —Será una sorpresa. Cuando regrese. Lucciano cerró los ojos. Aquella niña que alguna vez corrió hacia él con trenzas y vestido rosa, ahora le hablaba con un tono que mezclaba ternura y madurez. La abrazó fuerte, temiendo que aquel momento fuera más breve de lo que imaginaba. —Papu, eres mi héroe. Recuérdalo siempre. Mi súper héroe favorito. —murmuró ella. Luego giró hacia su madre. —Y tú, madre…eres la mejor del mundo mundial. Ambos quedaron enmudecidos. Nuevamente las palabras de su hija tenían un peso distinto. No eran frases de rutina, eran confesiones cargadas de un trasfondo que aún no comprendían. Lucciano la sostuvo de los hombros, mirándola a los ojos. —Hija… ¿hay algo que no nos estás diciendo? —preguntó Lucciano. Ella tragó saliva, bajando la mirada. Quiso hablar, pero algo en su interior le pidió esperar. —Solo confíen en mí. Por favor. No es nada malo, solo quiero ir allá antes de encerrarme a estudiar. —repitió con voz suave. —Esra bien princesa. Cuídate mucho mi niña. Sabes que te amo. —Y yo a ustedes. Luiggina salió seguida por se padres. subieron al auto y salieron rumbo al aeropuerto, la casa quedó envuelta en un silencio extraño. Luggina se dejó caer en el asiento tracero, cruzando los brazos y con los pensamientos lejanos. Llegaron, bajaron y pasaron a los hangares privados del aeropuerto. Luiggina se despidió de sus padres, cuando llegaron sus hermanos. —Pensabas irte nuevamente sin despedirte de nosotros. —habló Alessandro. —Pues ya dejó de querernos. —dijo Stefano. —No es verdad. Ella nos ama como nosotros a ella. —contradijo Eitan. Luiggina se abrazó a ellos y una lágrima rodó por su mejilla y la secó antes de que pudieran darse dieran cuenta. —Ustedes son parte de mi. Y los amo con todo mi corazón. Fue una despedida muy emotiva. Luiggina tomó su maleta y caminó. Luggina sintió un estrujón en su corazón mientras veía desaparecer a su pequeña. Lucciano la miró y la abrazó. —Estará bien. Ya sabes cómo es de hiperactiva. Luggina lo miró y se acercó a él. —Lucciano, esto no me gusta. ¿Por qué Las Vegas? ¿Qué puede haber allá que nuestra hija no nos pueda contar? —Eso mismo me pregunto yo. Pero bueno. Ya sabes cómo es ella. —respondió él, acariciando su cabello. —No me gusta cuando habla en acertijos. Y mucho menos cuando la siento tan… determinada. —¿Crees que oculta algo grave? Él no respondió de inmediato. En su mente pasaban recuerdos de los últimos meses: viajes repentinos, llamadas misteriosas, silencios prolongados. Sabía que su hija tenía un espíritu libre, pero también que no era de tomar decisiones sin motivo. —No lo sé —admitió al fin. —Pero siento que este viaje no es uno cualquiera. —Padre, de los cuatro. Ella salió más macho que nosotros tres. —dijo Alessandro. —Eso es verdad. Ella es muy liberal. —dijo Stefano —¿Y si regresó? Y si nos está ocultando esa verdad. —dijo Eitan. Luggina los miró algo sorprendida y luego a Lucciano. Tomó su teléfono y marcó el número del médico. Mientras tanto, Luiggina atravesaba la multitud del aeropuerto con paso firme. Cada rostro era ajeno, cada voz un ruido distante. Se aferraba a su maleta como si fuera su única ancla. En su interior, las palabras de su padre resonaban como constante. ¿hay algo que no nos estás diciendo? Claro que había algo. Había mucho. Pero no podía hablar todavía. No ahora. Al llegar a la sala Pasó directamente al pasillo que la llevaría al jet privado que estaba listo para despegar en el momento y hora indicada. Subio al avión se sentó junto a la ventanilla y abrió su diario. Era su refugio. Allí escribía todo lo que no podía decir en voz alta. “Hoy comienzo un viaje que cambiará mi vida. Papu piensa que es una sorpresa, mamá cree que es otro de mis misterios. Pero yo sé que es mucho más. No puedo fallar. Cada segundo cuenta, cada decisión pesa. Si lo logro, tal vez, y solo talvez, todo tenga sentido. Si no… al menos sabrán que lo intenté.” Cerró el cuaderno con fuerza, respiró hondo y esperó el anuncio del despegue. —¿Pensabas irte sin mi? —dijo Elián sentándose a su lado. Ella sonrió al escucharlo y se lanzó a sus brazos. —Que bueno que vienes conmigo. Gracias Elián. —¿Me dirás el motivo de ese misterios viaje? Luiggina suspiró profundo y lo miró. —Tu lo sabes todo de mí . Y entenderás que razón. Bruno está en las Vegas, se va a casar y no ll puedo permitir. —¿Cómo lo impedirás? —No lo sé. Algo sí me va a ocurrir. —Estás consiente de lo que viene después. ¿Verdad? —Y lo asumo. Y lo acepto. Elián su acomodó en su asiento y el avión empezó su despegue. Durante las horas en el aire, Luiggina no pudo dormir. Las luces de la cabina se atentaron, miro a Elián que descansaba, pero ella permanecía con la mirada fija en el horizonte. Cada tanto sacaba una foto de su madre sonriendo, otra de su padre abrazándola en su cumpleaños, y de sus hermanos, las miraba como si quisiera grabarlas en su corazón. —Cada segundo importa. —susurró para sí misma. El avión aterrizó. La ciudad de los neones la recibió con un resplandor casi cegador. Subió al auto y salieron del aeropuerto. —La cuida que nunca duerme. —dijo Elián. Luiggina miró el paisaje pasar frente a sus ojos. Los letreros gigantes, las luces que nunca se apagaban, el ruido, las risas, los turistas llenaban las calles. Pero para Luiggina, Las Vegas no era un lugar de diversión. No esa vez. Se alojó en un hotel discreto, lejos del bullicio principal. —Bienvenidos señores, aquí las llaves de sus habitaciones. —dijo la anfitriona. El botones llevo las maletas y los acompaño a su piso. Luiggina entró a la habitación, dejó su equipaje y caminó hasta su dormitorio. Desde la ventana, veía el contraste entre el lujo y la soledad. —Yl seré tu fresita está noche. —pronunció para así mismo. Volvió a la sala tomó su equipaje y fue a la habitación. Sacó de su maleta el sobre que había guardado con tanto cuidado. Lo abrió con manos temblorosas. Dentro, otro un sobre sellado y un resultado que más que eso, era una sentencia.
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