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2032 Palabras
Sacó la laptop de su mochila. Encendió el dispositivo, abrió una carpeta protegida con contraseña y desplegó la investigación del detective privado al que había contratado en secreto. En la pantalla apareció la fotografía de un hombre de rostro firme, mirada dulce y sonrisa encantadora. Bruno. A su lado, abrazada con ternura, estaba una mujer de cabellos oscuros y sonrisa radiante. Mirleth, su prometida. Luiggina tocó la pantalla con la yema de los dedos. -Lo siento mucho, Mirleth... Las palabras salieron como un lamento. Cerró los ojos, ahogada por el peso del secreto que cargaba. Cerró la portátil y fue a ducharse. Después de una hora, salió y se preparó para el gran show. Pues ella sería el personaje principal de la despedida de soltero. Su disfraz era perfecto. Necesitaba despejarse. Cerró la laptop, se levantó y caminó hacia el baño. El vapor pronto envolvió el lugar, y bajo la ducha dejó que el agua resbalara por su piel como un intento de borrar la tensión acumulada. Se apoyó contra la pared fría de mármol, cerró los ojos y recordó la voz de su padre: "¿Hay algo que no nos estás diciendo?" Sí, había demasiado que no había dicho. Una hora después, salió del baño envuelta en una bata blanca. El zumbido del aire acondicionado llenaba la habitación con un murmullo constante. Luiggina, sentada en el borde de la cama, observaba su vestuario y el sobre que había extraído de su maleta. Sus dedos se aferraban al papel como si fuera un objeto peligroso, como si abrirlo significara un punto sin retorno. Y lo era. Con un suspiro profundo, lo guardó nuevamente, no había tiempo que perder. Tenía que empezar ya. Tomó su móvil. Encendió la música, una melodía vibrante, y comenzó a arreglarse. Cada movimiento frente al espejo era parte de un ritual. El maquillaje delineó sus ojos con intensidad, sus labios se pintaron de un rojo profundo, y el vestido que eligió resaltaba cada curva con elegancia. No podía mostrar debilidad esa noche. Tenía un papel que cumplir. Una hora después se miró al espejo y ahí estaba la imagen de ella reflejada en el, sus cabellos rubios recogidos en una cometa su traje de coneja sexy y el antifaz. Los golpes en la puerta llamaron su atención y corrió. Abril la puerta y ahí estaba Elián. Que por un momento se quedó perplejo ante la imagen frente a él. -Estás hermosa conejita. -dijo mientras caminaba al interior de la habitación. -Estoy nerviosa Elián. -expresó ella caminando todas de él. Elián se giró h la tomó por los hombros -Luiggina. Tu siempre logras lo que te propones. Y este desafío también será logrado. Yo estaré contigo. Dejó un beso muy cerca de sus labios, y la abrazó. -Luiggina. No tienes idea de cómo deseo que sea por mi que estás haciendo ésto. -habló en un susurro. Hanna se separó de él y miró a los ojos. -Elián. -pronunció acariciando su rostro. -Se que me miras con ojos de hombre y no de amigo. Pero el amor lo escoje el corazón, yo amo a Bruno . Y perdóname si sueno cruel con esta confesión. Pero voy en busca de él . No importa el precio. Elián sintió romper su corazón. No pronunció palabras, simplemente sonrió. -Era por eso que no quería que me acompañes en este viaje. -Amar también es ver feliz a la otra persona. Aunque no sea a tu lado. -dijo por fin él agarrando sus manos y dejando un beso en ellas. -Soy egoísta entonces. -No lo eres preciosa, tu eres el ser más lindo y puro que conozco. Vamos de hace tarde. Dijo Elián. Hanna toml un abrigo, se lo puso para cubrir su vestimenta y salieron. Subieron al auto y fueron al lugar donde se sembraría la despedida de soltero. La noche de Las Vegas. El cielo de Las Vegas brillaba con luces neones que parpadeaban como estrellas artificiales. La ciudad no dormía; cada rincón parecía un escenario preparado para algún espectáculo. Y, efectivamente, aquella noche habría uno especial. Elian estacionó el auto, miró a Hanna y vio que sus ojos recorrieron cada rincón del lugar. -Todo saldrá bien, cuando el te reconozca no dudes ni un solo instante. -le dijo Elián apretando su mano. Hanna cerró los ojos, sentía su corazón le palpitaba con violencia. Todo estaba confirmado "Tiempo límite, dos meses. Objetivo. Bruno." pensó. El nombre resonaba como un mantra en su mente. -Bruno... me odiaras por esto. Perdóname por creer que arruino tu vida. -susurró, con un nudo en la garganta. Luiggina entró por la puerta trasera de un club exclusivo. El aire estaba cargado de perfume, humo y expectativas. Los organizadores la recibieron con sonrisas discretas, ella era la sorpresa principal de la despedida de soltero. -Todo está listo, señorita Lombardi -dijo el coordinador, un hombre de traje oscuro con auricular en el oído. -Perfecto. -respondió ella con voz firme, aunque por dentro la ansiedad la carcomía. Su discreción era impecable. Nadie sospechaba que detrás de aquella figura glamorosa había una joven que ocultaba secretos demasiado grandes. Subió a una habitación vip. Desde ahí podía ver a las personas que estarían en esa área. El club privado Deleites. Los invitados llegaron y fueron atendido. Y tiempo después. Lo vió. Las puertas se abrieron y ahí estaba. Alto de cabellos oscuros. Bruno Ferrer. Altivo con cierto aire de arrogancia. Saludó a sus amigos y pasaron a la mesa. El corazón de Hanna María tan fuerte en su pecho. Mientras esperaba su turno para salir al escenario, abrió nuevamente su bolso y acarició el sobre sellado. -Está noche es mi oportunidad. No tengo tiempo. -se dijo. Intuía que esa noche sería un punto de inicio. Miró su reflejo por última vez en un espejo pequeño. -No eres solo la muchacha que viaja por el mundo buscando aventuras. -se dijo a sí misma. -Eres alguien que tiene una misión. Y aunque duela, debes cumplirla. -habló a su imagen reflejada. La música del club subió de volumen. Una voz anunció el inicio del show. -Es su turno, señorita Lombardi -dijo uno de los hombres de seguridad, sosteniendo la cortina para que pasara. Luiggina respiró profundo y salió. El salón privado estaba lleno de hombres vestidos de gala, risas y copas de champagne en alto. En el centro, Bruno, el protagonista de la noche, reía rodeado de amigos. A su lado, en un sofá reservado, había un lugar simbólicamente vacío, el que representaba a Mirleth, ausente aquella noche por tradición. Las luces se apagaron y un foco la iluminó a ella. Su silueta se dibujó contra el humo de las máquinas. El murmullo se transformó en aplausos y silbidos. Con movimientos calculados, comenzó su número. Cada paso, cada giro, cada mirada estaba cargada de magnetismo. Pero en el fondo, su mente no estaba allí. La imagen de la fotografía en la laptop seguía clavada en su memoria, y su conciencia pesaba. Jamás se imaginó hacer algo así premeditadamente. "Bruno y Mirleth." Mientras la música vibraba y las risas estallaban, Hanna Luiggina lo observó con atención. El hombre parecía disfrutar del espectáculo, ajeno a todo lo que se avecinaba. En un momento del show, mientras la coreografía la llevaba cerca de Bruno, sus miradas se cruzaron. Él levantó la copa hacia ella, sonriendo. Ella respondió con una media sonrisa, pero por dentro se quebraba. "Tienes que reconocerme, Bruno. Tienes que hacerlo antes de que mi sentencia se cumpla. ¿Qué harás con ese tiempo?" -pensaba mientras se contoneaba con sensualidad El eco de sus pensamientos la atormentaba. ¿Era ella la que tenía que actuar ? ¿O debía callar y dejar que el destino siguiera su curso? -No... Callar no es una opción. -pensó. La música terminó con un estallido de aplausos. Ella se inclinó en una reverencia elegante y salió del escenario. Su corazón latía desbocado. De camino al camerino, una voz la detuvo. -¡Hermoso show Señorita! Hanna se detuvo en seco, empuñó sus manos y cerró sus ojos. Se giró. Era Bruno, todavía con la copa en la mano, caminando hacia ella. -Tu show fue increíble. No esperaba semejante sorpresa en mi despedida.-dijo el. -Gracias. -respondió ella con una sonrisa diplomática. Él la observó de cerca, intrigado. -¿Te conozco de algún lado? El corazón de Luiggina se detuvo un segundo. "Ojalá me recuerdes" -se dijo. -También tuve esa impresión. De niños talvez. -respondió ella. -No lo creo -replicó, él. -¿No? -repitió ella controlando su voz. Bruno arqueó una ceja, como si intentara recordar. Pero al final, simplemente le dio una palmada en el hombro y se despidió. -De todos modos... gracias por hacer de esta noche algo inolvidable. -dijo. Y caminó aturdido. Ella lo vio alejarse, y una sensación de urgencia le recorrió cada célula de su cuerpo. El tiempo parecía reducirse, cada segundo marcando un ritmo más acelerado dentro de su pecho. Cerró los ojos un instante, respiró hondo y empuñó las manos con fuerza, como si eso pudiera darle el valor que necesitaba. -Esta ebrio... -pensó, aunque sabía que no importaba. No podía dejar pasar otro instante más. -Vamos, Lui... no tendrás otra oportunidad. -se recordó a sí misma con firmeza, como un mantra que repetía en su mente para acallar el miedo. Sus pasos se aceleraron sobre la alfombra del club. Las risas y los aplausos parecían difuminarse a su alrededor. Solo existía Bruno, el hombre que había ocupado sus sueños desde la infancia, el único que había logrado abrir su corazón sin pedir nada a cambio. Sin decir una palabra. -¡Bruno! -pronunció su nombre en voz alta, con un grito que rompió la música y el bullicio, un llamado que era más desesperación que alegría. Bruno se detuvo, sorprendiendo a todos los presentes. Sus ojos, nublados por la euforia de la despedida, se enfocaron en ella. Instintivamente, abrió los brazos. Y ahí estaba. Bruno. El calor de su abrazo lo llenó todo. Ella se dejó envolver por él, sintiendo que por un instante el mundo se detenía. Se miraron fijamente. Sus ojos se encontraron y hablaron más de lo que las palabras podrían haber dicho. Todo el tiempo, los años de distancia, los silencios y los recuerdos olvidados de una infancia breve compartida que ella deseaba que regresaran aunque un segundo. Sin pensarlo, Luiggina unió sus labios a los de Bruno. Fue un beso urgente, intenso, cargado de todo lo que no se habían dicho durante años. Los murmullos alrededor se desvanecieron, las luces parecían enfocarse solo en ellos. Bruno tardó un momento en reaccionar, como si tratara de comprender lo que estaba pasando. Pero pronto, sus manos se enredaron en el cabello de ella, correspondiendo con la misma intensidad. La música del club se transformó en un latido distante, y todo lo que importaba era ese contacto, esa chispa que había permanecido viva desde su infancia. -Niña... ¿qué estás haciendo? -susurró Bruno entrecortadamente, aunque la voz temblaba de emoción. -No puedo esperar más, Bruno. No puedo. -La voz de Luiggina estaba cargada de un peso que él no comprendía del todo. Había urgencia, miedo y deseo al mismo tiempo. -Debo decirte algo... algo importante. -dijo ella. Él la miró, aún confundido, y la soltó suavemente, pero sin apartarla de su lado. -Ahora... ahora o nunca. -pensó Luiggina, recordando su sentencia que había recibido. El diagnóstico médico estaba grabado en su mente: un cáncer avanzado, un año de vida, un tiempo que no podía desperdiciar. -Bruno... -dijo, tomando aire y haciendo un esfuerzo por mantener la voz firme. Lo miró fijamente. Hanna caminó hasta el, unió sus labios, Bruno respondió, la alzó en sus brazos y la llevó a una de las habitaciones. La dejó sobre la cama. Arrancó su ropa...Bruno la sostuvo entre sus brazos como si hubiese esperado toda una vida para hacerlo. El beso aún ardía en sus labios cuando se apartó apenas, mirándola con una mezcla de confusión y deseo. -Eres hermosa sabias. -pronunció entre besos. -Bruno. -pronunció entre gemidos -Te deseo. Pero no puedo. Amo a mi prometida. -susurró él, casi como un reproche, aunque en su voz temblaba más el anhelo que la razón.
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