Las sábanas de mi cama al otro día amanecieron desordenadas, además de que mi cuerpo dolía cómo siempre que me acostaba con él; a mares, pero no era un dolor como tal, más bien era un dolor placentero que llenaba todo mi cuerpo, que me embriagaba, y que me hacía sentir la mujer más feliz del mundo, ¿y cómo no? Si Alejandro era un dios, pero no un dios de los buenos, era un dios de esos malos que te desarmar el alma, y también la cama, y el cuerpo, un dios de la oscuridad, del deseo, de la lujuria. Me senté en la cama, y tomé una peineta de mi mesa de noche para recoger mi largo cabello. Aunque era súper temprano, decidí levantarme antes, para poder retribuir a todo lo que Alejandro había hecho por mi, porque si, me hizo mucho daño en el pasado, me humilló, me faltó, pero ahora él había ca

