El demonio del placer cómo le había llamado Sofía, recorrió la espalda de ella con las yemas de sus dedos, estaba lisa, y tersa cómo la de un bebé. Descendió con cuidado provocando que ella se encorvara por la calidez de sus manos, ella no mentía cuando le dijo que estaba adicta a él, sentía que su cuerpo lo aclamaba, y que su piel lo deseaba, y más después de las semanas que pasó creyéndolo muerto, mucha veces tuvo pesadillas con él, lo vio en un ataúd, pero otras soñó que el hombre que tenía debajo de sus piernas, la rompía en miles de pedazo. Sofía cruzó las manos por encima de su cuello, y se prendió de sus labios con fuerza. Los labios de Alejandro eran suaves, y carnosos, pero sus besos eran fuertes y salvajes, tan salvajes como un animal en celo. Un suspiro salió de los labios d

