Capítulo 2

1112 Palabras
Greta estaba sentada en la habitación más elegante de la mansión Gambino, con las manos entrelazadas sobre su regazo. El silencio era sofocante, y su nerviosismo, palpable. Podía escuchar el leve eco de sus propios pensamientos: ¿Qué demonios estoy haciendo aquí? Los hombres de Vicenzo la habían recogido a la mañana siguiente, como si fuera una mercancía. Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de Luca, su hermano, quien se había sumido en una espiral de culpa y vergüenza desde que supo el precio que su irresponsabilidad le había costado a la familia. Las puertas de la habitación se abrieron de golpe, sacándola de sus pensamientos. Matteo Romano, el representante de Vicenzo entró primero con una expresión estoica. —El Signor Gambino la verá ahora —anunció con voz grave. Greta se levantó, el corazón latiendo desbocado en su pecho. Sin decir una palabra, lo siguió por el pasillo de mármol blanco, sus pasos resonando en el vasto vacío de la mansión. Cada rincón parecía gritar poder y peligro. Finalmente llegaron a una puerta doble de roble macizo. Matteo se detuvo y le hizo una seña para que esperara mientras la abría. —No se asuste por su apariencia —advirtió él en un susurro. Greta lo miró, sin saber si esa advertencia la tranquilizaba o la asustaba aún más. Tomó aire y entró en la habitación. El despacho de Vicenzo Gambino era imponente, con paredes forradas de libros y una enorme ventana que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Y allí, de espaldas a ella, estaba él. —Greta De Santis. —La voz de Vicenzo resonó profunda, como si el propio aire temblara a su paso. Se giró lentamente, revelando su rostro. Greta contuvo el aliento. La mitad de su cara estaba desfigurada, marcada por profundas cicatrices que corrían desde su ceja hasta la mandíbula. Los rumores no habían exagerado: el hombre frente a ella era tanto monstruo como leyenda. —¿Estás aquí por voluntad propia? —preguntó Vicenzo, con los ojos oscuros clavados en los suyos. Greta sintió una punzada de indignación. Claro que no estaba allí por voluntad propia. ¿Alguien en su sano juicio lo estaría? Sin embargo, no era momento para enfrentamientos. —Estoy aquí por mi familia —respondió con voz firme. Vicenzo arqueó una ceja, interesado. Se acercó a ella, y con cada paso que daba, Greta sentía una mezcla de miedo y curiosidad. Él era alto, corpulento, irradiaba una fuerza que parecía llenar la habitación. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pudo notar que la otra mitad de su rostro, la intacta, era sorprendentemente atractiva y masculina. —¿Y qué significa tu familia para ti? —preguntó con una especie de curiosidad despreciativa. —Significa todo —contestó Greta, intentando no apartar la vista. Era como mirar a un depredador. No sabía si salir corriendo o enfrentarlo. Vicenzo dejó escapar una breve risa seca. —Te han vendido a mí como si fueras un objeto —dijo con frialdad—. Tu querido hermano te ha puesto en esta situación, y aquí estás, dispuesta a ser mi esposa. ¿Qué dice eso de tu lealtad, Greta De Santis? Greta apretó los labios. Luca. Todo esto había sucedido por culpa de su maldito hermano. Había apostado todo, incluso su vida. Pero no le importaba, era su hermano y no podía negarle una mano. —No me lo recuerde —respondió con amargura—. Lo sé mejor que nadie. Pero aquí estoy, y cumpliré mi parte del trato. Vicenzo la miró por un largo momento, como si intentara descifrarla. Entonces, con una lentitud deliberada, se sentó en el sillón frente a su escritorio y la invitó a sentarse con un gesto de la mano. —Tu increíble belleza es lo único que te ha salvado, Greta —declaró Vicenzo, cortante—. Necesito un heredero. Alguien que continúe mi legado cuando ya no esté. Y tú me lo darás. Greta sintió que la sangre se helaba en sus venas ante su brutal sinceridad. No había adornos en sus palabras. No había romance, ni siquiera un intento de hacerla sentir cómoda. Solo un trato frío y calculador. —Lo que tú necesitas y lo que yo quiero son cosas muy diferentes —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba—. Si piensas que me voy a convertir en una simple incubadora para tu heredero, te equivocas. Vicenzo la observó en silencio, como si evaluara su valor. Un destello de algo—tal vez respeto, tal vez algo más oscuro—cruzó por sus ojos. —Y qué es lo que tú quieres, entonces, Greta. —Su tono se volvió más suave, pero no menos peligroso. Ella lo miró directamente a los ojos, negándose a ceder ante el temor que él inspiraba. —Quiero que mi familia esté a salvo. Quiero que Luca sobreviva a sus errores, incluso si eso significa sacrificar mi vida en este matrimonio. Vicenzo se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros intensos, como si estuviera a punto de devorarla. —Eres valiente, lo concedo. Pero hay una cosa que debes entender, Greta. —Su voz bajó, casi en un susurro—. En mi mundo, la valentía y la belleza no te salvarán. Solo el poder lo hará. Greta mantuvo la mirada, negándose a retroceder. Sabía que el miedo podía consumirla, pero no se lo permitiría. —Entonces enséñame el poder, Vicenzo —retó, sorprendiéndose a sí misma—. Si este matrimonio va a salvar a mi familia, quiero más que solo sobrevivir. Quiero prosperar. Por un segundo, el silencio entre ambos fue absoluto. Vicenzo la miró, su expresión cambiando lentamente, como si estuviera viendo a alguien completamente diferente. —Interesante —murmuró—. Muy interesante. No te olvides nunca de que serás "mia signora" Greta no dijo nada, pero en su interior, supo que acababa de cambiar algo entre ellos. Tal vez nunca lo amaría, y seguramente nunca lo entendería del todo, pero sabía que, en ese instante, Vicenzo Gambino la veía como algo más que un simple peón. Finalmente, Vicenzo se levantó de su asiento y caminó hacia la ventana, dándole la espalda. —Mañana será la boda —anunció de repente—. Matteo te llevará a tu habitación para que descanses. A partir de mañana, serás mi esposa. Y, Greta, —se giró para mirarla una vez más, con esa mirada intensa que perforaba el alma—, no te equivoques: ser mi esposa significa más que solo llevar mi apellido. Será tu vida. Greta asintió con el corazón acelerado. El trato estaba hecho, y ya no había vuelta atrás.
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