Capítulo 1
—Los acreedores... vendrán hoy.
El corazón de Greta se detuvo por un segundo. Sabía que su familia tenía problemas, pero nunca pensó que las cosas se habían desmoronado tan rápidamente.
Con una última mirada al jardín, Greta se giró, alisándose el vestido de seda blanco, como si el simple acto de arreglarse pudiera restaurar el control sobre su vida. Sabía que algo andaba mal, lo había sabido desde hacía semanas. Las tensas conversaciones entre su madre y su hermano, las miradas de preocupación, los murmullos que no le permitían escuchar los detalles.
Su madre la esperaba al pie de las escaleras, un rostro demacrado pero maquillado, esforzándose por mantener la compostura. Al pie de la puerta, su hermano Luca, aún en ropa de la noche anterior, estaba pálido como una sábana.
—¿Cuánto? —preguntó, tratando de mantener la calma mientras miraba a su hermano. Luca evitaba su mirada, su culpa evidente.
—Todo. Lo hemos perdido todo, Greta. Luca ha... —la voz de su madre se quebró— dilapidado la fortuna de la familia.
Greta sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Su visión se nubló por un segundo, y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer. Habían perdido todo.
—¿Cómo pudiste, Luca? —su voz era apenas un susurro, pero cargada de veneno.
Greta apretó los puños junto a su vestido de seda pálida, el último lujo que le quedaba. "¿Cómo pudiste dejar que esto pasara?", se preguntaba una y otra vez. Su padre había muerto años atrás, dejando el peso de la familia en manos de su hermano mayor, un irresponsable que había preferido las noches interminables de fiesta y el desenfreno, a las responsabilidades que venían con el apellido De Santis.
Lo que una vez fue brillante y lujoso, ahora estaba en ruinas. La vasta fortuna de la familia había desaparecido, tragada por las apuestas y la irresponsabilidad de su hermano.
—No quería, ¡lo juro! Las apuestas, los negocios, todo se salió de control —Luca intentaba justificarse, pero su expresión abatida solo empeoraba la situación.
Antes de que Greta pudiera gritarle, un golpe seco en la puerta resonó por toda la mansión. Un silencio pesado cayó sobre todos.
—Signorina Greta... —La voz de Rosa, la ama de llaves, la sacó de sus pensamientos.
Los tres intercambiaron miradas nerviosas. Nadie se atrevía a abrir la puerta, como si hacerlo significara aceptar su destino.
—¿Qué sucede, Rosa? —Greta se giró, sin ocultar el rastro de ansiedad que llevaba consigo desde que los rumores comenzaron a circular: los acreedores de la mafia estaban al tanto de la situación, y pronto vendrían a reclamar lo que era suyo.
—Han llegado —Rosa apenas podía ocultar el temblor en su voz—. Están en la sala principal. Quieren hablar usted.
Finalmente, Greta se adelantó, con las manos temblando ligeramente, y salió de la salita contigua.
El eco de sus tacones resonaba en el largo pasillo. Greta apretó los labios, sintiendo la tensión en cada uno de sus pasos. Cuando llegó a la puerta de la sala, respiró hondo antes de abrirla.
Ahí, en el umbral, había dos hombres altos, vestidos de n***o impecable. El aire a su alrededor se enfrió de inmediato, y detrás de ellos, un auto n***o brillaba como una advertencia. El hombre en el centro avanzó un paso, con una sonrisa fría y calculadora.
—Greta De Santis, ¿me equivoco? —dijo el hombre con un tono suave, pero amenazante.
Ella asintió, luchando por no perder la compostura.
—Soy Matteo Romano, representante de Vicenzo Gambino. Creo que sabe por qué estoy aquí.
La mención del nombre de Vicenzo hizo que la sangre de Greta se congelara. Había escuchado rumores sobre él: el monstruo. Un hombre despiadado en los negocios y en la vida, conocido no solo por su poder sino también por su rostro desfigurado, consecuencia de un accidente de auto que casi lo mata años atrás. Nadie se atrevía a desobedecerlo.
—Sé que mi hermano ha... cometido errores. Pero estoy dispuesta a encontrar una solución. Podemos llegar a un acuerdo, pagar lo que se debe —comenzó a decir Greta, acercándose apresuradamente.
Matteo levantó una mano, deteniéndola en seco.
—Pagar. Eso sería lo ideal, ¿no? Lo que su hermano ha hecho no puede ser solucionado con dinero, signorina. La deuda es demasiado grande. Y Vicenzo Gambino no es un hombre que perdone con facilidad —Matteo sonrió, sus ojos brillaron con un destello cruel.
Greta lo miró fijamente, negándose a dejarse intimidar, pero en su interior sentía que el suelo se desmoronaba bajo sus pies.
—Vicenzo Gambino está dispuesto a ofrecerles un trato —continuó Matteo—. Una forma de resolver esta pequeña deuda familiar sin que nadie salga... lastimado.
El silencio que siguió fue sofocante. Todos en la alta sociedad sabían quién era Vicenzo Gambino. Un monstruo, no solo por su carácter despiadado en los negocios, sino por su apariencia aterradora. La mitad de su rostro estaba desfigurada desde un accidente de auto, y desde entonces se había convertido en una figura implacable.
—¿Qué clase de trato? —preguntó Greta, su voz apenas más que un susurro.
Matteo observó a su hermano Luca con desdén antes de volver su atención a ella.
—Vicenzo quiere algo que solo tú puedes darle, Greta.
El estómago de Greta se retorció. Sabía hacia dónde iba esto, y odiaba lo que estaba a punto de escuchar.
—Vicenzo Gambino ha estado buscando una esposa. Una que sea digna de llevar su apellido y, por supuesto, darle un heredero. Usted, Greta De Santis, es la candidata perfecta.
Greta sintió cómo sus piernas comenzaban a fallarle.
—¿Esto es una broma?
—En absoluto. Esta es la única forma de salvar a su familia. Si acepta este matrimonio, la deuda quedará saldada. Si no... bueno, no es necesario que le explique lo que sucede cuando la mafia viene a cobrar una deuda impagada.
Greta se llevó una mano al pecho, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Un matrimonio con Vicenzo Gambino. Un hombre que no conocía, un hombre que todos temían, un hombre que solo quería utilizarla para tener un heredero. ¿Y qué pasaría luego de que le diera un hijo? ¿La mataría?
—No puedo hacer eso... —murmuró.
Matteo se inclinó hacia adelante, con sus ojos clavados en los de ella.
—No tiene elección. Es eso o ver cómo los De Santis desaparecen por completo de Italia... Y no se preocupe, Vicenzo es un hombre que respeta su palabra. Usted y su familia estarán a salvo... siempre y cuando cumpla con su parte del trato.
Greta sintió que el mundo se cerraba sobre ella. No había escapatoria. Luca había llevado a la familia a la ruina y ahora la única forma de salvarlos era sacrificar su vida, sus sueños, sus deseos.
—¿Y cuándo se supone que esto suceda? —preguntó.
—El matrimonio debe concretarse cuanto antes. Vicenzo no es un hombre paciente.
Greta respiró hondo. No tenía elección. Su familia dependía de ella, incluso si eso significaba casarse con el monstruo que todos temían. Levantó la cabeza con la mayor dignidad que pudo reunir.
—Acepto.