El despacho de Vicenzo Gambino estaba sumido en penumbra, iluminado solo por la tenue luz que se filtraba a través de las persianas. Sobre el escritorio, una botella de whisky apenas tocada y un cenicero repleto daban testimonio de las horas que llevaba encerrado, inmerso en una furia contenida. —¡Inútiles! —gruñó, lanzando un informe sobre la mesa con tal fuerza que el ruido resonó en la sala. Había pasado semanas buscando a Greta, movilizando a sus hombres por cada rincón de Italia. Pero todo había sido en vano. Ella parecía haberse desvanecido en el aire, y la falta de resultados lo carcomía. —¿Cómo es posible que nadie pueda encontrarla? —preguntó con un tono gélido al hombre que estaba de pie frente a él. —Señor Gambino, hemos rastreado cada pista, pero… no hay señales de la señor

