Greta había perdido la noción del tiempo, inmersa en la lectura de su libro. Recostada sobre la cama, con el cabello suelto y desparramado sobre la almohada, dejó caer el libro sobre su pecho, sintiendo cómo el sueño se apoderaba lentamente de ella. Cerró los ojos por unos minutos, relajada, hasta que un sonido suave la hizo abrirlos de golpe. El clic de la puerta. Su corazón se aceleró al instante. No necesitaba mirar para saber quién era. La figura imponente de Vicenzo se recortaba contra la penumbra del umbral. Él no dijo nada, simplemente la miró. Greta se incorporó lentamente, dejando el libro a un lado. Intentó recomponerse, sentándose en el borde de la cama, aunque su nerviosismo era evidente. Recordó de inmediato las palabras de Vicenzo, aquella promesa velada que había hecho la

