La noche en el orfanato estaba cargada de un silencio extraño, como si el edificio aún contuviera la respiración tras el caos que se había desatado horas antes. Vicenzo sabía que debía irse. Su prioridad ahora era Alice. Greta se quedó de pie en el umbral de la puerta, observándolo con la mandíbula tensa y los ojos llenos de algo que él no supo descifrar. Dolor. Terquedad. Miedo. Tal vez todo junto. —No puedes quedarte aquí sola, Greta. —Puedo cuidarme. —Su voz sonó firme, pero sus brazos cruzados parecían más un escudo que un gesto de seguridad. Vicenzo frunció el ceño. Él la observó por un largo instante, buscando en su rostro algún indicio de duda. No lo encontró. Vicenzo maldijo por lo bajo. Quería obligarla a irse con él, sacarla de ese maldito lugar y mantenerla a salvo, pero G

