Jonathan no podía creer lo que veían sus ojos, ahí frente a él estaba Mónica, el gran amor de su vida, la única mujer a la que le había entregado el corazón y la vida, y a quien él pensaba había perdido para siempre. Mónica soltó su maleta y corrió a sus brazos, se besaron efusivamente, - Perdóname- decía ella una y otra vez. ¡Hermosa! – Exclamó él besándola en el rostro repetidas veces- sabía que no podía haberme equivocado contigo, tus ojos y tus besos no podían estar fingiendo, por supuesto que aún te amo y te quiero en mi vida para siempre. Se abrazaron y besaron llenos de felicidad, hasta que la sobrecargo los interrumpió para que se apresuraran a abordar el avión. Jonathan convenció al hombre que iba sentado junto a Mónica a que le cambiara de lugar, insistió tanto que el pobre

