Unas horas más tarde, bajaron con una sonrisa enorme. Para sorpresa de Andrea, la dulzura de Alberto no desapareció el resto del día. La instó a acompañarlo a la cena que de manera tan improvisada se comprometió, mediante besos y palabras dulces que la hicieron recordar sus mejores momentos juntos. El hotel no tenía demasiadas parejas jóvenes hospedadas, así que Alberto decidió posponer el viaje hasta la mañana siguiente y divertirse un poco. Una mujer morena y demasiado segura para el gusto de Andrea fue a su encuentro cuando aparecieron en el bar. Llevaba un vestido rojo revelador, pero reconoció su rostro como el de la chica que jugaba bajo la lluvia y la odió al instante. Verla sonriendo con tanta suficiencia y moviéndose con esa coquetería la hizo fruncir el ceño sin reparos.

