Angie. La ropa con estampado queda de lado, las manillas y los pendientes terminan en la basura y ahora luzco muñequeras y aretes grandes que me hacen ver más mujer. Eiji me ofrece más cocaína y alzo la botella demostrando que con esto estoy más cómoda. Salgo con una nueva mochila y una bolsa de lona que aguarda ropa para los dos y la óptica es el nuevo destino donde compramos un par de lentes de contacto. —Toda tuya —me entrega un arma—. Úsala cada que te diga. Asiento dejando que me bese antes de lanzarse a la calle y sacar la suya parando un cadillac descapotable el cual roba clavándole el arma al conductor en la cabeza mientras yo lo respaldo con la mano temblorosa. Papá se me viene a la cabeza, pero me niego a amargarme el momento con recuerdos que no vienen al caso. Simplemente

