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Cuatro Coronas y una Diosa

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oscuro
maldición
renacimiento/renacer
harem
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Descripción

Aurora siempre creyó ser una mujer común… hasta que cuatro presencias ancestrales descendieron del cielo pronunciando su verdadero nombre: Elyra.

La diosa del caos y la destrucción.

La llama que una vez hizo temblar al mundo.

Guerra, Hambre, Peste y Muerte no son solo los cuatro jinetes del apocalipsis: son fuerzas vivas, tan poderosas como peligrosamente seductoras, que han regresado para reclamar un lugar en su corazón.

Cada uno la desean.

Y están dispuestos a todo por volver a tenerla a su lado.

Su despertar marca el inicio de un juego prohibido donde el poder se entrelaza con el deseo, la devoción roza la obsesión y cada mirada promete rendición. Aurora deberá elegir entre huir de su destino… o entregarse a la oscuridad que la llama por su nombre.

Una novela de harén inverso cargada de sensualidad, poder y tentación, donde el deseo es divino, el pecado seduce y el amor puede ser tan letal como eterno.

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Prólogo
Desperté con el corazón latiendo acelerado, como si hubiera estado corriendo. El sudor me pegaba la blusa a la piel, y por un segundo no reconocí mi propia respiración. La oscuridad del cuarto no ofrecía descanso; parecía más viva que el aire. Parpadeé varias veces, esperando que las imágenes del sueño se deshicieran, pero no lo hicieron. Cuatro siluetas seguían allí, grabadas en mi memoria como un sello imposible de borrar. No tenían rostro, pero sí presencia. Sus cuerpos se alzaban en medio de un fuego que no quemaba. Un fuego que latía. Y en medio de ese pulso, una sola palabra. —Elyra… El sonido no vino de afuera. Nació en mi interior, como un pensamiento que no era mío. No era mi nombre, pero algo dentro de mí lo reconoció de manera instintiva. Mis brazos se llenaron de escalofríos. Mi cuello ardía como si unas manos invisibles hubieran estado allí segundos antes. Me toqué la piel. No había marcas. —No es real… —susurré. Lo dije con la esperanza de creerlo. Pero mentí. Me quedé sentada un momento, mirando el techo, recordando el instante antes de despertar: en el sueño, manos invisibles recorrían mi cuerpo con una calma que no debería haberme afectado… y aun así lo hizo. Me sujetaban por la cintura, deslizaban caricias por mis pechos, marcaban la curva de mi espalda, delineaban mis piernas como si ya conocieran cada respuesta que mi cuerpo podía darles. No había brutalidad, sino una certeza peligrosa: la de quien sabe que no necesita imponer nada para reclamarlo todo. Sacudí la cabeza, intentando sacudirme también la sensación. El día transcurrió como una sombra. En la oficina, apenas pude concentrarme. En un correo, escribí “Elyra” en el asunto sin darme cuenta. Lo borré de inmediato, pero la vergüenza no era lo importante. Era el impulso. El modo en que ese nombre se escurría entre mis pensamientos sin pedir permiso. —Aurora, ¿no dormiste bien? —preguntó una colega desde la entrada del cubículo. —Pesadillas —respondí. —Te ves pálida. —Estoy bien. Otra mentira. Cuando fui al baño, algo en el espejo me hizo detenerme. Me vi a mí misma… pero con una sombra adherida al reflejo, como si ya no me perteneciera por completo. Parpadeé. Las sombras desaparecieron. No supe si me estaba volviendo loca o si simplemente estaba recordando algo que nunca debí olvidar. —Basta —murmuré, como si pudiera darme órdenes a mí misma. Esa noche apagué todo antes de acostarme. No quería luces ni ruido. No quería testigos. Me recosté mirando el techo, sintiendo cómo el silencio de la habitación se volvía casi palpable. No sé si esperaba dormir… o esperarlos. El calor llegó primero. Luego un zumbido, un murmullo suave que parecía esconderse entre las paredes. Un destello cruzó la habitación como un relámpago contenido. —Si están ahí… hablen —susurré. Nada. En algún punto cerré los ojos. Y al abrirlos, el mundo había cambiado. El fuego estaba de nuevo alrededor de mí. Un círculo vivo, vibrante. Y ellos también. Las cuatro figuras aladas que me observaban sin necesidad de mover un solo músculo. Su presencia llenaba el espacio, como si yo hubiera cruzado un límite que ya no podría deshacer. No tenían rostro. No lo necesitaban. Cada uno irradiaba una energía distinta, reconocible sin explicación. Una parte de mí quiso huir, pero otra —más profunda, más antigua— no deseó moverse. Una de las siluetas dio el primer paso. Sentí su cercanía incluso antes de distinguir su contorno. Su mano invisible acarició mi rostro con una lentitud casi provocadora. Bajó por mi cuello, siguiendo el centro de mi garganta hasta rozar el inicio de mis senos. Su toque no poseía. Invitaba. Me obligó a contener el aliento. Otra figura se situó detrás de mí. Su caricia descendió por mi espalda, marcando cada vértebra con un recorrido que hizo temblar mis manos. Cuando llegó a mi cintura, me sujetó con firmeza. No era agresivo. Era un reconocimiento silencioso: tú ya eres parte de esto. La tercera figura se acercó por el costado, sus dedos deslizándose sobre mis brazos hasta posarse en mis pechos. No hubo prisa. No hubo torpeza. Solo un movimiento deliberado que despertó en mí una respuesta que ni siquiera intenté bloquear. Mi respiración se volvió frágil. Atrevida. La cuarta esperó. Me observaba desde el frente, como si su función fuera entenderme antes de tocarme. Y cuando lo hizo, lo hizo sobre mis muslos. Un roce lento, cuidadoso, que ascendió por el interior de mis piernas hasta mi cadera. Su mano llegó a mi vientre y se detuvo ahí, firme, como si estuviera confirmando un pacto que yo no recordaba haber aceptado. Estaban perfectamente sincronizados. Cada uno reclamaba una parte de mí: mi cuello, mi cintura, mis pechos, mis piernas. No competían. Sus movimientos encajaban como piezas de un ritual que llevaba siglos esperando. Mis manos temblaron. No por miedo sino por deseo. Era como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no comprendía. El fuego que nos rodeaba palpitaba al ritmo de mi respiración. Aurora dejó de existir en ese instante. Solo quedaba el nombre que ellos conocían. —Elyra… —susurraron. Sentí el sonido dentro de mi pecho, como si hubiese sido pronunciado por mí. Sus alas negras se desplegaron alrededor de nosotros. No había cielo. No había tierra. No había salida. Solo ellos. Y yo. Mis manos quedaron suspendidas, inútiles. La voluntad se me escapaba como agua. Solo podía sentir. —Finalmente, te encontramos —dijeron al unisón.

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