El sonido del motor me parece lejano. Como si toda mi atención estuviera atrapada en el latido irregular de Fabricio, en la sangre que aún mana como un reloj roto. Su cabeza descansa en mi regazo mientras yo no dejo de apretar sus muñecas como si así pudiera aferrarlo a este mundo. El papel aún arde en mi mano. —Marco Álvarez— susurré con rabia Ese nombre me sabe a traición vieja, a la clase de podredumbre que mi padre siempre me juró que algún día me tocaría enfrentar. Ahora lo entiendo. No lo dijo por advertirme. Lo dijo porque sabía que, al final, yo sería igual que él. —No morirás— susurro, limpiándole la frente con la manga empapada de sangre —No ahora, no de esta manera. Mis dedos ya no tiemblan. Hay algo nuevo en entre el dolor y el fuego. Antes pensaba que la rabia era pasaje

