El peón camina a mi lado. No levanto la vista del cuaderno, empezó a hacer notas de todo. —Los frascos van para la ciudad— dice él, sin detenerse. —¿Y tú los llevas?— murmuro, sin mirarlo. —Sí. El patrón, su padre dijo que usted sabías qué hacer con ellos. Asiento, sin más. —Mi padre quiere todo listo para cuando el llegue. ¿Revisaron la mercancía?— Él se queda en silencio. Cuando levanto la vista, ya se ha ido. —¿Qué le pasa? Me giro, molesta por la interrupción, y entonces lo escucho. —¿Siempre tan distraída? La voz es gruesa. Me hiela la espalda. Cierro los ojos. Trago saliva. Aprieto el cuaderno contra mi pecho. —¿Qué quieres? Fabricio Antonella. Siempre tan alerta. Siempre tan armada. Me río. Ella gira el rostro, pero no me mira. Ve el bastón. Y luego, aparta la mirada. —¿

