Ana lloraba tan fuerte que casi se quedaba sin aliento. No podía entender por qué su padre era tan indiferente con ella, incluso después de haber vivido juntos diecinueve años. Con facilidad lograba influir en su madre y ganarse su confianza, pero cada vez que le mentía a su padre, la ansiedad la consumía por miedo a ser descubierta. Es tan frío conmigo. ¡Me está alejando! No, no puedo irme. Si me marcho, no seré nadie. ¡Eso no va a suceder! —Papá, estaba confundida. Me equivoqué. No debí sospechar de mi hermana. Por favor, dame la oportunidad de enmendarme —suplicó. Adriana no soportaba verla así. —Cariño, no olvides que fuiste tú quien me consintió. ¡No puedes abandonarme ahora! Las palabras de Adriana atravesaron el corazón de Tomás como un cuchillo, recordándole que él también te

