El murmullo aún resonaba en la sala cuando Shura se levantó. Nadie entendió en qué momento ocurrió: en un momento, Ava estaba aún estaba sentada junto a él; al siguiente, la alzó sobre su hombro como si fuera liviana, frágil, como un trofeo. El vestido de seda se arremolinó, exponiendo sus muslos a la audiencia boquiabierta antes de que él la sujetara con firmeza brutal. Ella jadeó, sorprendida, mientras su falda caía hacia abajo y el mundo se veía invertido. Pudo escuchar las risas incómodas, los cuchicheos de los invitados, las copas tintineando contra la vajilla. Y sin embargo, Shura caminaba con la seguridad de un hombre que no debía explicaciones a nadie. Atravesaron pasillos silenciosos, puertas pesadas, hasta que finalmente salieron a un espacio abierto. La terraza. El aire noctur

