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Había lugares que no existían en ningún mapa, nombres que no figuraban en registros, y pecados que se disfrazaban con trajes de gala y copas de cristal. La Jaula era uno de esos sitios. Un club oculto en las entrañas de la ciudad, donde las luces eran tenues, y escondían la depravación que allí se vivía. Allí, las vírgenes no eran mitos ni metáforas. Eran reales, vestidas de blanco, ofrecidas como sacrificio al dios moderno del poder.
Esa noche, entre los asistentes, reinaba el silencio tenso de los depredadores. Hombres de apellido antiguo y cuentas bancarias eternas. Y en el centro de todo, sentado como un emperador entre las sombras, estaba Shura Nilss.
Shura Nilss no era un hombre que frecuentara espectáculos tan grotescos. Su presencia, aunque habitual en los círculos de poder, era selectiva. Y esa vez asistía como cazador, no como cliente.
Las sombras lo conocían por su apellido: Nilss. El depredador, el empresario, el inversionista, un filántropo según la prensa. Pero todos sabían —o creían saber— que debajo de esa máscara de hielo, latía la voluntad brutal de un hombre que no olvidaba ni perdonaba.
No era un hombre que pasara desapercibido. Incluso en un lugar donde la oscuridad era reina, él brillaba por contraste. Vestía n***o. Siempre. Como un luto eterno por algo que nadie se atrevía a preguntar. Su rostro, tallado con líneas duras, parecía incapaz de sentir ternura, y sus ojos, fríos como hielo derretido sobre cuchillas, vigilaban todo.
No estaba allí por placer. No esa vez. Lo habían invitado como socio potencial en una cadena de negocios turbios que él, desde hacía meses, investigaba en silencio. Sabía que, bajo las luces rojas de ese infierno de terciopelo, se lavaba dinero, se negociaba poder… y se vendía carne.
Pero no esperaba verla.
Fue un instante. Un murmullo. Un cambio en el aire.
Las vitrinas de cristal se iluminaron una a una, como si fueran obras de arte en una subasta sin alma. Cada mujer era presentada como un trofeo: virgen, entrenada, dispuesta. Algunas lloraban en silencio. Otras sostenían la mirada con resignación y furia. Pero entonces, en la cuarta vitrina, su mundo se detuvo.
Allí estaba ella.
Vestía de blanco, pero no con la vanidad de quien ha elegido su atuendo. Era un vestido simple, de tela ligera, sin escote ni adorno, como una burla cruel al rito del matrimonio. Tenía el cabello suelto, húmedo por el sudor. Sus ojos no enfocaban nada. Estaban vidriosos, temblorosos, como quien despierta de una pesadilla sin saber si ha despertado en el mismísimo infierno.
Shura se puso de pie sin darse cuenta.
—¿Quién es ella? —preguntó con voz baja, pero cada palabra pesaba como plomo.
El anfitrión, un hombre con sonrisa barnizada y mirada sucia, le respondió con tono ufano:
—Producto especial. Recién llegada. Virgen certificada. No estaba en el catálogo, pero apareció hoy por un contacto confiable. Virgen, por supuesto. Subasta cerrada. Tiene sangre noble, pero su familia la desprecia. Sus mismas hermanas la han vendido.
Shura frunció apenas el ceño. No era común que alguien llegara fuera del catálogo. Menos aún que estuviera tan claramente drogada.
En la pantalla apareció el nombre asignado: Lirio Blanco.
Pero Shura no escuchaba hablar al hombre. Solo observaba.
Esa boca. Esos ojos. Esas muñecas delgadas atadas con un lazo dorado y rojo. No podía ser.
Su mirada se endureció. Ella era una Lancaster.
Shura sintió una punzada en el pecho. Ese apellido.
Recordaba ese linaje, de los círculos elitistas que solía frecuentar cuando el apellido Nilss aún servía de llave dorada a cualquier puerta.
Esa joven era la menor de las tres hijas Lancaster. Invisible. Silenciosa. La bastarda. Una sombra dulce entre los árboles torcidos de su linaje. Su padre había sido amigo del suyo, en otros tiempos. Y ahora…
Ahora la estaban vendiendo como una esclava.
—¿Qué le han hecho? —preguntó Shura, sin mirar al anfitrión, clavando los ojos en la joven que tambaleaba ligeramente dentro del cristal.
—Solo un sedante. Para calmarla. Se resistió al principio, pero ya ve... —rio—. Al final todas se adaptan.
Shura sintió náuseas. No por la sangre, ni por la violencia. Estaba acostumbrado a ambas. Sino por la certeza de que ella no sabía dónde estaba, ni por qué. Y, aun así, el vestido blanco, las pupilas dilatadas, la flor de jazmín que alguien había prendido con burla en su cabello... Todo en ella decía pureza sacrificada. Como si el mundo la hubiese elegido para sufrir y ella, en su inocencia, no entendiera por qué.
—¿Cuánto? —preguntó, sin pensarlo.
—¿Perdón? —el anfitrión pareció confundido.
—Dije cuánto. La compro. Ahora. Nadie más va a ofertar por ella.