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1106 Palabras
El silencio fue inmediato. Como si su voz hubiera partido en dos la atmósfera cargada del lugar. El anfitrión vaciló. Nadie solía interrumpir el espectáculo. Pero Shura no era nadie. Y la manera en que sus ojos contenían su implacable rabia, hizo que el hombre apenas tragara saliva y asintiera. —Como guste, señor Nilss. Su palabra es ley esta noche. Minutos después, la transacción se selló. A él dinero no le faltaba. Y nadie se atrevía a preguntar por qué el invitado de honor quería precisamente a esa mujer. La sacaron de la vitrina con manos enguantadas, como quien traslada una pieza frágil. Sí, nadie la tocaría con sus manos impuras. Ella apenas se sostenía de pie. Cuando intentó caminar, sus piernas flaquearon. Shura intentó atraparla antes de que cayera, pero el empleado no dejó que eso sucediera y rápidamente la llevaron a una habitación. … Horas antes, en otro rincón de la ciudad, Ava se había vestido con torpeza. Era la primera vez en años que sus hermanas la habían invitado a salir. Con excusas suaves y sonrisas falsas, la habían recogido en una limusina negra con asientos de terciopelo. Habían reído. Habían brindado con champagne. Le dijeron que querían reconciliarse, que estaban cansadas de pelear, que ya no había por qué competir. Ava, ingenua, había aceptado la copa. Recordó el burbujeo del alcohol. La dulzura extraña. Luego, nada. O casi nada. Luego una habitación oscura, manos que la desnudaban, risas lejanas, voces diciendo que todo estaría bien. Luego, el frío. Luego, el vidrio junto con sus luces blancas apuntando directamente a sus ojos. … Cuando la subasta terminó, la chica fue llevada a una habitación privada del club, envuelta en seda y opio. A la espera de su nuevo dueño. Shura bajó solo. Las puertas se cerraron tras él. En el interior, el aire olía a jazmín y cloroformo. Ella estaba recostada sobre un diván de terciopelo blanco. Como una escultura viva. Una estatua violada por el tiempo. Él no dijo nada. Solo la observó. Apretó los puños. A pesar de la droga, Ava giró la cabeza lentamente. Shura tragó seco. “Los Lancaster vendieron a su hija. Me la ofrecieron como moneda de pago. Y las hermanas… la entregaron como carne a la venta.” Shura se acercó. La cubrió con su abrigo. No la tocó. No debía. No aún. Se sentó en la penumbra, vigilando su respiración irregular. Como un guardián. Como un juez. Ella era inocente. Pero la deuda… La deuda era de sangre. Y él pensaba cobrarla, con intereses. Y empezaría a hacerlo desde esa noche. ... —Traigan a la matrona —ordenó sin mirar atrás. Una mujer mayor y de rostro arrugado, entró poco después. Vestía un traje oscuro, impecable, y llevaba consigo un pequeño estuche de cuero. —Verifique su condición —dijo Shura, cruzando los brazos. La matrona asintió y se acercó a la cama. Ava, aún bajo los efectos del sedante, apenas reaccionó cuando la mujer le apartó suavemente las piernas. —No se preocupe, señorita —murmuró la matrona con voz profesional—. Esto no le dolerá. Shura observó, impasible, mientras la mujer realizaba su examen. Sus dedos enguantados se movieron con precisión clínica, separando los pliegues de su intimidad con cuidado. Ava gimió levemente, confundida, pero demasiado débil para resistirse. —Virgen intacta, señor Nilss —declaró la matrona al retirarse—. El himen está completo. No hay señales de manipulación previa. Shura asintió. —¿Papá…? —musitó Ava, confundida. Shura no respondió. En lugar de eso, deslizó un dedo por su mejilla, sintiendo el calor de su piel bajo su tacto. —No soy tu padre, pequeña Lancaster —murmuró, en un susurro áspero—. Pero a partir de esta noche, soy tu dueño. Me perteneces completamente y ni siquiera la muerte nos separará. Incluso al infierno te iré a buscar. Ella tembló. Aquel hombre de apariencia feroz la aterraba. Él no la violaría. Pero su cuerpo ahora le pertenecía. Y cuando despertara por completo, cuando comprendiera lo que había sucedido, él estaría allí. Y entonces, solo entonces, empezaría el verdadero juego. ... El amanecer en la ciudad era una máscara de oro sobre un rostro podrido. Nadie miraba hacia abajo. Nadie quería ver la sangre que aún corría en los cimientos del lujo. Ava despertó en una cama que no reconocía, envuelta en sábanas tan suaves que parecían niebla. El techo era de vidrio tallado con motivos barrocos. Una lámpara de cristal colgaba como una araña petrificada sobre su cabeza. Todo olía a incienso, madera y algo más… un aroma que no supo nombrar, pero que le erizó la piel. Su garganta ardía. Se incorporó con lentitud. Su cuerpo temblaba. La cabeza le dolía como si alguien hubiese entrado en su mente con una pala. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no podía recordar nada? No había cerraduras visibles. Ni ventanas abiertas. Solo una puerta de madera maciza con una cerradura antigua. En su cuello, algo pesaba. Llevó los dedos hacia allí y encontró una cadena fina, de oro blanco. Un colgante. No era nuevo. No era desconocido. Era el suyo. La joya de su madre. Un camafeo antiguo, ovalado, con una rosa negra tallada en el centro. Lo había perdido años atrás, la última vez que su padre la había encerrado en el desván por “desobedecer”. Tenía doce años y no había comido en tres días. Y, sin embargo, allí estaba. Como si alguien hubiese devuelto un pedazo de su alma. Entonces, sintió su presencia. Detrás de ella, a unos pasos, alguien la observaba. —Te desmayaste —dijo una voz grave, acariciada por un acento extranjero. Ruso o polaco tal vez… Ella se volvió, con la rapidez de un animal atrapado. Ahí estaba. De pie junto al ventanal sellado, vestido de n***o. Alto. Inmóvil. Un hombre esculpido en sombras. El corazón de Ava dio un salto. No lo reconocía, pero su instinto lo hizo por ella. Algo en su presencia no solo imponía respeto: lo exigía. No era solo poder. Era algo más. Algo que se sentía con la piel antes que con los ojos. —¿Quién eres? —murmuró ella, con la voz rota. Una empleada de Shura ingresó a la habitación con el desayuno en mano. —Come. Estás débil —dijo Shura con voz baja mientras la miraba de arriba abajo. Ella no contestó. —No tienes que agradecerme —añadió, como si pudiera leer su silencio—. Solo sobreviviste al infierno. Y entonces la miró, con esos ojos de acero. —Bienvenida al mío.
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