El castillo se alzaba como un espectro a las afueras de la ciudad. Rodeado de bosque, piedra, viento. Era una mansión restaurada sobre ruinas antiguas, donde la historia sangraba por las paredes. La madera crujía como si recordara cada paso, cada voz muerta, cada traición.
Shura la condujo a través de los pasillos sin decir más. Ava no preguntó. Lo observaba todo. Los cuadros oscuros, los candelabros góticos, las esculturas de mármol quebrado.
Había belleza. Pero también dolor.
Él se detuvo al pie de la gran escalera. La miró. El sol de la mañana apenas rozaba su rostro.
—Aquí nadie vendrá por ti —dijo—. No volverás a ver a los Lancaster. Nunca más.
Ella lo miró. Y entonces, sonrió. Era una curva apenas visible. No era de felicidad, sino de alivio. De puro alivio.
—Prefiero tu infierno al de mi sangre.
Shura se tensó. Sus pupilas se contrajeron, y por un instante —un instante mínimo— perdió el aliento. Ella lo había dicho con la firmeza de quien ya había tocado fondo.
—Allí me mataban lentamente —añadió Ava, en voz baja pero firme—. En su mundo fui criada como un error, un secreto, un estorbo. Aquí, al menos, no necesito fingir.
Shura la observó. Como si viera algo que no esperaba.
—Sobreviviste al infierno.
Ava no respondió. No podía. Porque esas palabras le abrieron una puerta que había mantenido sellada durante años.
Y entraron los fantasmas.
[…]
Once años atrás.
Ava, encerrada en el desván a los nueve años. Sin luz. Sin agua. Las ratas correteaban entre los muros. Su madrastra reía al otro lado de la puerta:
“Las niñas malas no cenan”
El sonido de los pasos del patriarca Lancaster se escuchaba alejándose. Siempre alejándose.
Ella, con las muñecas rojas de tanto golpearse contra la puerta, juró que un día escaparía. Que un día dejaría de llorar. Que un día quemaría el apellido que llevaba como una maldición.
Tenía el recuerdo de su madre entrando en la noche, en secreto, para dejarle el colgante y una taza de leche tibia. “No olvides quién eres, Ava. Ellos no pueden tocar tu alma.”
Pero su madre murió una semana después. Y con ella se fue toda forma de ternura.
Desde entonces, Ava vivió como una sombra. Ignorada por el resto de la familia, usada como sirvienta, humillada como bastarda. Sus gritos no tenían eco en la mansión Lancaster.
…
Cuando volvió al presente, Shura la observaba, recordando también su propio pasado y la razón de su vida miserable… Los Lancaster.
Shura tenía dieciséis años cuando vio morir a su padre. Siendo baleado tras un callejón. Él lo acompañaba de lejos, sin saber que esa noche cambiaría su vida. No pudo gritar. Solo observó cómo el cuerpo de su padre caía como una marioneta rota en vuelto en sangre.
El asesino huyó sin mirar atrás. Pero la marca en el cuerpo de su padre… pertenecía a las armas de los más poderosos: el de los Lancaster.
La justicia nunca llegó. Porque el dinero compraba silencio. Y el poder, impunidad.
Su madre vivió dos meses más. Murió en la bañera. Con las muñecas abiertas, brotando de ella la poca vida que aún le quedaba en ese perverso mundo.
Desde entonces, Shura no había amado nada. Solo había esperado el momento. Ahora, ese momento había llegado.
La voz de Ava lo sacó de sus recuerdos.
—¿Por qué me salvaste? —preguntó—. Si no eres un salvador.
Shura la miró con gravedad infinita.
—Porque no soy un salvador, Ava. Soy el castigo. Y tú mi verdugo, ¿lo entiendes ahora?
...
La puerta se abrió con un sonido grave. Shura no dijo nada. Solo la hizo pasar.
Ava se detuvo en seco al ver la habitación y apretó la bata de baño que la cubría.
No era una celda. No era un cuarto de servidumbre. Ni tampoco era el rincón sombrío que había imaginado como “su lugar”.
Era un mundo aparte.
Las paredes estaban revestidas de seda gris perla, con molduras antiguas talladas a mano. La cama era un océano de sábanas blancas y almohadas suaves como nubes. Una lámpara de araña colgaba sobre el techo abovedado, derramando una luz cálida, casi dorada.
Había un tocador de madera negra, delicadamente tallado, con perfumes alineados como soldados silenciosos. Libros de poesía francesa en una estantería de cristal. Una alfombra persa bajo sus pies descalzos. Flores frescas en un jarrón de ónix. Ropa colgada en un perchero antiguo: vestidos de diseñador, todos de su talla. Zapatos, encaje, terciopelo. Lencería.
Hasta el baño parecía parte de un sueño. Cerámica blanca. Bañera de patas doradas. Toallas suaves. Una fragancia leve a lavanda y jazmín.
Ava no sabía qué decir.
—¿Todo esto… es para mí?
Shura asintió, sin emoción visible.
—Desde hoy, este es tu cuarto.
Ella lo miró. Lo miró de verdad. Intentando entender al hombre que la había comprado… y que ahora le ofrecía una suite digna de una princesa.
—No entiendo.
—No tienes que entender —dijo él—. Solo acepta.
—¿Y qué esperas a cambio?
Shura entrecerró los ojos. Caminó hasta la puerta y, antes de salir, dejó caer las palabras como piedras pulidas:
—Cuando llegue el momento indicado, me pagarás. Por ahora, disfruta de tu libertad.
Shura no iba a encerrarla. Ni la vigilaría como un carcelero. La estaba adiestrando.
Y esa palabra, aunque no era pronunciada en voz alta, se repetía en su mente con una mezcla de espanto y calor: adiestrada, preparada, modelada para… algo.
Ava se hundió en la cama. El colchón la abrazó con una ternura que la descolocó. Cerró los ojos. Respiró hondo.
Su vida había cambiado de la noche a la mañana. De los gritos, los encierros y el desprecio… a este lugar de sombras elegantes, silencio, y promesas macabras.
Era libre, decían los pasillos. Pero el castillo entero susurraba otra cosa:
“Eres suya. En cuerpo, en voz, en aliento.”
Y, por primera vez… no supo si eso era un castigo o un consuelo.
…
Las semanas siguientes, Ava pasó completamente sola. Shura no se apareció nuevamente. Hasta que una mañana Ava despertó, y vio una caja negra sobre su cama. Cuando la abrió, encontró un vestido rojo de seda, liso, sin adornos. Sin escote, pero ceñido. Elegante. Costoso. A un lado, unos tacones negros, delgados. Y sobre ellos, una nota.
“Cena. No llegues tarde.”
Ella lo miró con recelo. Luego al espejo.
Llevaba semanas en ropa cómoda, aislada del mundo, sin saber si era prisionera o invitada. Pero eso… eso era otra cosa.
La puerta se abrió con suavidad, y una mujer de edad madura, vestida con un uniforme impecable, entró cargando una bandeja de plata con té recién hecho. Su rostro era sereno, pero sus ojos, afilados como navajas, no perdían detalle. Era la empleada de mayor confianza de Shura, la única a quien él permitía entrar en sus aposentos privados sin previo aviso.
—Buenos días, señorita —dijo con una voz cálida pero firme, dejando la bandeja sobre una mesita lacada—. He venido a preparar todo para esta noche.
Ava, aún sentada frente al espejo del tocador, se volvió ligeramente. Sus manos, apenas temblorosas, se aferraron al borde del colchón.
La mujer no esperó respuesta. Con movimientos precisos, comenzó a alisar las sábanas de seda, a colocar las almohadas de pluma de ganso y a rociar un perfume discreto sobre las cortinas. Cada gesto denotaba años de experiencia, de saber exactamente cómo le gustaban las cosas a su jefe.
—El señor me pidió que le diera un consejo —dijo de pronto, sin dejar de trabajar—. Y como lo quiero como a un hijo, se lo daré a usted también.
Ava contuvo el aire.
—Pórtese bien. No lo haga enojar —ella la miró a través del reflejo del espejo—. Él no es un hombre cruel sin razón, pero tampoco perdona desobediencias. Y ahora… todos los que son enemigos de él tendrán sus ojos puestos en usted.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ava. La empleada se acercó y, con un gesto casi maternal, le arregló un mechón rebelde.
—Si sigue sus reglas, vivirá bien. Si no… —No terminó la frase. No hacía falta.