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1190 Palabras
El silencio se instaló entre ellas, roto solo por el tictac del reloj de péndulo que dominaba una esquina de la habitación. Ava tragó saliva. —¿Dónde está él? —El señor es un hombre ocupado. Vendrá cuando sea el momento. Seguido, entraron tres asistentes, cada una cargando bandejas de plata, cajas de terciopelo y frascos de cristal tallado que reflejaban la luz de los candelabros. El aire se impregnó de un perfume amaderado, caro, el mismo que Shura usaba en ocasiones especiales. —Le toca a usted, señorita —dijo con una voz que no admitía discusión—. El señor espera que luzca impecable. Ava apenas tuvo tiempo de protestar antes de que las mujeres la rodearan, guiándola hacia el baño, donde una bañera de porcelana ya humeaba con agua perfumada de rosas y aceites de jazmín. Las manos expertas de las sirvientas la desvistieron con eficacia, como si fuera una muñeca de porcelana en proceso de restauración. El baño fue meticuloso: exfoliación con sales del Mar Muerto, envoltura de seda en cremas importadas de Francia, uñas limadas y pintadas en un rojo oscuro, casi n***o. Una vez seca y envuelta en una bata de satén, Ava fue llevada al tocador, donde un estilista de mirada gélida la esperaba con peines de carey y herramientas que brillaban bajo la luz. —El señor prefiere el cabello suelto, pero dominado —murmuró el hombre, trabajando con precisión quirúrgica—. Nada vulgar. Nada que distraiga. Las mechas cobrizas de Ava cayeron en ondas perfectas sobre sus hombros, apenas intervenidas por unos invisibles pasadores de oro que sostenían el volumen sin parecer forzado. Los tacones negros, de aguja fina, completaron el efecto. —No corra —advirtió Clara mientras Ava probaba dar unos pasos—. Nunca corra delante de ellos. Sin embargo, ellos no la maquillaron. —El señor quiere que usted se maquille sin ayuda. Con manos torpes, insegura de cada pliegue. Se maquilló sin saber cómo. El resultado fue errático: sombra demasiado fuerte, labios demasiado rojos. No tenía hermanas que le enseñaran. Solo aquellas que la habían vendido. El reloj de pared marcó las siete de la noche. —Es hora —anunció la mujer, ajustando un último detalle invisible en el hombro de Ava. Desde la ventana, el rumor de un motor se acercó. Una camioneta negra, blindada, con vidrios polarizados, se detuvo frente a la mansión. Ava contuvo un temblor. Pero suspiró al notar que Shura no estaba allí. —¿Él… no viene? —preguntó, tratando de que su voz no delatara el miedo. La empleada le tendió un abrigo de cachemira. —El señor ya está donde debe estar. Y usted también. Ava subió a la camioneta, y la puerta se cerró tras ella con un clic suave y definitivo. El interior olía a cuero nuevo y a tabaco caro, con ese rastro amaderado que ahora reconocía como él. Shura no estaba allí, pero su presencia se sentía en cada detalle: en la música baja de un piano que sonaba por los altavoces, en la botella de agua helada que esperaba en el portavasos (sin hielo, exactamente como ella la tomaba), en el asiento calentado para combatir el frío de la noche. ¿Cuánto había observado él sin que ella lo notara? El trayecto fue silencioso, tenso. Ava miraba por la ventana tintada, viendo reflejarse su propia imagen—labios rojos, mirada alerta—sobre el vidrio. Hasta que, de pronto, el conductor deslizó una pequeña pantalla hacia atrás. "Relájese." Un mensaje de texto. Sin firma. Pero ella supo de quien era. Ava apretó los dientes. ¿Acaso la estaba viendo? Miró alrededor, buscando una cámara oculta entre las costuras del asiento, en el techo… hasta que el dispositivo vibró de nuevo. "Deja de buscar lo que no quieres encontrar." Un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Cómo diablos…? Antes de que pudiera reaccionar, un tercer mensaje apareció: "Y baja los hombros. Ese vestido no merece que lo arruines con tu nerviosismo." Era una orden. Ava respiró hondo y, lentamente, dejó que su espalda se apoyara contra el asiento. Cerró los ojos un segundo, imaginando sus dedos largos tecleando esos mensajes desde algún lugar oscuro, tal vez mirándola en tiempo real, tal vez solo adivinando cada uno de sus gestos como si la conociera de toda la vida. La pantalla se apagó. Y entonces, la camioneta se detuvo. Cuando las puertas se abrieron, Ava esperó ver a Shura allí, esperándola con esa sonrisa fría que la hacía sentir desnuda. Pero solo había un pasillo iluminado, que conducía a una puerta tallada en madera oscura. ¿Qué lugar era ese? No tardó en darse cuenta de que aquel lugar era el mismísimo averno en la tierra. Ava sintió que todas las miradas se clavaban en ella al cruzar el umbral del Club Ébano, aunque nadie parecía atreverse a sostener su mirada por más de un segundo. El lugar era una sinfonía de lujo calculado: candelabros de cristal que arrojaban destellos dorados sobre los rostros de los clientes, el crujir suave de las cartas sobre el fieltro verde y el tintineo distante de copas que chocaban en brindis secretos. ¿Dónde estaba él? Un mesero de rostro impasible la guio entre las mesas, como si ya supiera exactamente hacia dónde dirigirla sin que ella pronunciara palabra. El vestido rojo, que antes la había hecho sentir poderosa, ahora le pesaba como una segunda piel demasiado expuesta. Cada paso en aquellos tacones afilados resonaba en su propio pecho, un recordatorio de que caminaba sobre un terreno que no entendía. —Nuestro cliente estrella la espera en la terraza —murmuró el mesero, inclinándose apenas antes de desaparecer entre la multitud. […] En el salón VIP, tras un ventanal de vidrio polarizado, Shura observaba el gentío con una copa de whisky en la mano. A su lado, Dante, su mejor amigo —y el único lo suficientemente idiota como para burlarse de él—, soltó una carcajada. —¿En serio le hiciste creer que solo eres un cliente frecuente? —preguntó, inclinándose sobre la barra de ónix—. ¿Qué sigue? ¿Que el casino casualmente siempre te deja ganar? Shura no apartó la mirada del ventanal. Abajo, en la sala principal, Ava acababa de entrar, deslumbrante en su vestido rojo, mirando el lugar con cautela. —No es asunto tuyo —murmuró. —Claro que no —Dante sonrió, señalando el interior del club con su copa—. Pero dime, ¿cuál es la diferencia entre ser el dueño y un simple apostador? —El control. —No. La diferencia es que tú decides cuándo la casa pierde —Dante bebió un trago, disfrutando de su propia provocación—. Y tarde o temprano, ella lo sabrá. Shura apretó levemente la mandíbula. Y caminó a la salida de la sala. Tenía que reunirse con Ava. —No quiero que me asocie con esto todavía. —¿Por qué? ¿Miedo de que tu princesa te vea como lo que eres? —Dante se inclinó—. Un lobo sediento de sangre.
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