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928 Palabras
Ava apretó los dientes. Claro. Porque Shura nunca haría algo tan simple como recibirla en la entrada. La terraza era un mundo aparte: iluminada solo por la luz de la luna y las luces tenues de la ciudad a lo lejos, con una mesa baja y dos sillones de cuero oscuro. Vacíos. —¿Te gusta el lugar? La voz de Shura surgió desde algún punto a sus espaldas, tan cerca que el aliento le rozó la nuca. Ava contuvo un sobresalto, pero no se volvió de inmediato. —Es… impresionante —admitió, midiendo cada palabra—. Aunque no parece tu estilo. Él se deslizó a su lado, vestido de n***o impecable, con las manos en los bolsillos del traje como si llevara todo el tiempo del mundo. —¿Y cuál es mi estilo, Ava? Ella finalmente lo miró. Sus ojos eran como siempre: fríos, calculadores, pero con algo nuevo en ellos, una chispa que no había estado allí antes. ¿Era desafío? ¿Diversión? —Algo más oscuro. Menos… ostentación. Shura sonrió, lenta, peligrosamente. Y la observó de pies a cabezas. Ese maquillaje no le favorecía en nada. —Parece que alguien ha jugado con la pintura —dijo, con una sonrisa apenas dibujada—. Sube. Lávate la cara. Empieza de nuevo. Ella enrojeció. La humillación le ardió en la piel como un golpe invisible. —¿Vas a decirme cómo debo lucir? Él bebió un trago, pausado. —No. Voy a enseñarte. En la terraza, encontró una silla frente al espejo. Un estuche de maquillaje la esperaba, abierto. Ava se sentó. El corazón le latía fuerte. Él la siguió minutos después. Sin decir una sola palabra y se colocó detrás de ella. Ava lo sintió. El calor de su cuerpo. La gravedad de su presencia. No la tocó. Ni siquiera la rozó. Pero su aliento, tenue, recorrió su cuello como un fantasma. Shura tomó la brocha. Aplicó base. Con movimientos suaves, pacientes. Como si pintar su rostro fuera un acto de dominio silencioso. La transformaba. No para otros, sino para él. Ava entrecerró los ojos. Había algo perversamente íntimo en ese ritual. Cada trazo hablaba de control. Cada pincelada, de pertenencia. —No necesito un amo —susurró ella, sin mirarlo. Él sonrió, con los ojos fijos en su reflejo. —Lastimosamente ya soy tu amo. Necesitas un espejo que te devuelva la realidad. El vestido se aferraba a sus caderas con descaro. Caminaba con inseguridad, pero sin miedo. Una contradicción andante. Frágil como una criatura sin alas, pero con una rebeldía que le palpitaba en la mirada. Y él no podía dejar de mirarla. No por belleza —había visto mujeres más perfectas, más pulidas, más conscientes de su poder s****l. No. La deseaba porque no era como los Lancaster. No miraba con superioridad. No hablaba con la lengua envenenada del poder. Ella no sabía jugar. No como los demás. Era ingenua… y eso, lo atraía como la sangre atraía a un feroz lobo. Ella se atrevía a provocar sin saber las reglas del juego. Desafiaba sin armas. Respiraba libertad incluso en su encierro. Shura jamás había sentido esa clase de deseo: silencioso, obsesivo, contaminado de ternura y rabia. La quería cerca. Bajo su control. Bajo su nombre. Pero intacta. —¿Por qué tengo que aprender a caminar como una muñeca de porcelana? —protestó Ava, al girar sobre sus tacones. —Porque a veces, el poder se disfraza de gracia —contestó él sin moverse—. Y quiero que cuando el mundo te vea, piense que tú fuiste la que me eligió… no al revés. Ella bufó. Se cruzó de brazos. La seda del vestido crujió contra su piel. —¿Y qué soy ahora? ¿Tu esposa trofeo? Shura se levantó con lentitud. —No. Todavía no eres mi esposa. Caminó hacia ella. Sus pasos eran tan silenciosos como amenazas. Ava tragó saliva, pero no se apartó. Cuando él llegó frente a ella, estiró un brazo y le rozó el mentón con un dedo. Fue el primer contacto en días. Ella cerró los ojos. Era una sensación que no podía ni se atrevía a nombrar. Algo que ardía entre los muslos y en el pecho. Hambre. Pero no solo física. —Tu cuerpo aún no me pertenece —susurró él—. Tengo el contrato listo, solo debes firmarlo. … El contrato matrimonial descansaba ahora en las manos de ella. Ella lo miró con desconfianza. Lo hojeó. Sus dedos temblaban. El papel estaba frío. Estéril. —¿Qué clase de hombre pide una esposa a la fuerza? Shura se giró hacia ella con calma. —Uno que no cree en el amor… pero sí en la posesión. Ava se rió. —¿Y yo qué obtengo? Él se acercó, se inclinó y le habló al oído: —Pertenencia. Libertad bajo mis reglas. Nunca volverás a suplicar afecto en una casa que te odia. Nunca más dormirás con hambre o miedo. Solo tendrás que responder ante mí. Me tendrás a mí, ¿no es esa la mejor recompensa? —¿Como una esposa? —dijo ella, con ironía venenosa. Shura sonrió. —Como una esclava con privilegios. Ava se quedó quieta. El corazón le martillaba el pecho. No debería gustarle. No debería… excitarla. Pero algo en esa frase —tan cruel, tan real— la tocó en lo más hondo. No porque se sintiera humillada. Sino porque por primera vez, alguien la miraba con claridad brutal… y, aun así, lo quería cerca… ¿Estaba tan mal firmar ese contrato?
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