6. No me odias

1366 Palabras
Todos han leído o escuchado alguna vez que si miras al abismo por mucho tiempo, el abismo te mira de vuelta. Justamente así se sentía Samantha, como si de repente estuviera parada al borde de un gran abismo que no dejaba de observarla, esperando el momento oportuno para devorarla. —¡Basta, esto no puede seguir así! No puedo permitir que ellas continúen de este modo —dijo de repente, asustando a su asistente y haciéndolo caer con el carrito de pelotas. Ni siquiera se disculpó con Julio, simplemente salió con paso decidido al exterior del gimnasio. Ya había pasado una semana desde la muerte de Caroline, pero las chicas aún no se presentaban a entrenar. Al salir, se topó con la única persona que no deseaba encontrarse esa mañana: el director de la escuela. —¿Cómo van los entrenamientos, Samantha? —preguntó el regordete sujeto, tratando de seguirle el paso, ya que ella no se detuvo a saludarlo—. En un par de días es el primer encuentro para los estatales, solo quería saber cómo van las chicas. Samantha sonrió con ironía al escuchar que el hombre estaba preocupado por las chicas, sabiendo que desde la muerte de Caroline no habían vuelto al gimnasio ni tocado un balón. —¡Samantha! —la llamó el director al no obtener respuesta. —¿Qué? —interrumpió ella su andar, volviéndose hacia él—. ¿Qué es lo que quiere escuchar? Que ganaremos el próximo campeonato estatal, lamento decirle que no lo sé. Era la primera vez que ese hombre veía a Samantha perder el control, al punto de verla no solo contrariada sino enfadada. No supo qué responder y se quedó parado observando cómo ella se alejaba. Samantha recorrió todos los pasillos de la secundaria hasta encontrar a Abigaíl bajo uno de los árboles más alejados del jardín. —¿Has comido? —preguntó Samantha a la joven, sacando dos sandwiches de atún de una bolsa. Abigail no le respondió; sin embargo, eso no impidió que Samantha no le pusiera en sus manos uno de los sandwiches, mientras ella se llevaba el suyo a los labios dándole una mordida. —Anda, come. Puedo no ser la mejor cocinera, pero créeme, los sandwiches de atún me quedan muy ricos. Las palabras de Samantha hicieron sonreír apenas a la joven, quien se llevó el sándwich a la boca. Permanecieron ambas en silencio por un rato, comiendo, hasta que Abigail rompió el silencio. —Sé a qué has venido, pero no puedo hacerlo. No me pidas que vuelva a la cancha. No sin Caroline dirigiendo el equipo. —Abigail… —empezó a decir Samantha—. Sé que es difícil, sé que es duro, pero necesito que me ayudes a hacer volver al equipo, no por mí, sino por todas ustedes. Han bajado sus calificaciones, están y no están, parecen fantasmas y no puedo permitir que eso pase. Así que por favor, Abigail, necesito que tú tomes el lugar que tenía Caroline. —No, no puedo. ¿Cómo podría tomar el lugar de Caroline? Ni siquiera… ¡No! —gritó Abigail, levantándose de su lugar y corriendo. Samantha observó a Abigail alejarse, soltando un suspiro y recostándose en el tronco del árbol tras ella. Estuvo así por más de una hora, a veces golpeando su cabeza al no encontrar la manera de sacar a esas 8 jóvenes del pequeño abismo en el que habían caído. Dos horas después, se encontró caminando sin rumbo fijo con la esperanza de encontrarse con alguien. Se odiaba a sí misma por ser débil y por necesitar de alguien, pero en esos momentos no podía estar sola. Corrió por toda la calle principal, dejando a todo el mundo atrás, tomando la última calle que la llevaría lejos del centro de Jurgen. Con rumbo a su colina, el ardor en sus pulmones en busca de oxígeno se hizo presente; sin embargo, eso no hizo más que hacerla correr más hasta llegar a la cima, y justo en el momento en que alcanzó la cima, se encontró con él. El tiempo pareció congelarse justo en el momento en que sus miradas se encontraron. Samantha corrió hacia donde se encontraba él, enredando sus brazos en su cuello y besándolo. Él, por su parte, la estrechó entre sus brazos, respondiendo a ese beso con pasión, profundizándolo. Se separaron solo por un momento antes de volver a besarse. —No debería estar haciendo esto —dijo Samantha, aún así, seguía con sus ojos cerrados, sin querer romper la cercanía. —¿Haciendo qué? Samantha negó ante su pregunta. —Por favor, no hables. Deja que piense que esto es un maldito sueño. —Pero no es un sueño. Ella abrió sus ojos, conectando con los de él. —Ese es el problema. No debería estar aquí, no debí haberte besado. —Pero lo hiciste, estás aquí, estamos aquí. Samantha se alejó, negando y colocando sus manos frente a ella como un escudo, como si de ese modo pudiera protegerse. Pero no podía protegerse; en el fondo, seguía siendo esa adolescente asustada que siempre corría a los brazos de aquel que siempre le hacía sentir segura. —Te sigo odiando. —Lo sé —le dijo él. A pesar de sus palabras, Samantha se encontraba atrapada en una mezcla de emociones, entre el odio que intentaba mantener y la nostalgia de sentirse protegida. El silencio entre ellos hablaba más que las palabras. —¿Por qué estás aquí? —preguntó Samantha finalmente, rompiendo la quietud que los rodeaba. Él la miró con seriedad, antes de responder con sinceridad. —Porque no puedo verte caer, incluso si eso significa que me odias. —No me hagas esto —le rogó Samantha, sintiendo que su corazón se aceleraba—. No me hagas creer que te importo, cuando sé que no es así. —Samantha, por favor, escúchame. Yo… —No, no quiero escucharte. No quiero saber nada de ti. Tú fuiste el que se fue, él que me dejó frente a un altar, mientras te rogaba que no te fueras que te quedarás o que al menos me dijeras que era lo que había hecho mal —Samantha, yo nunca quise hacerte daño, perdón. Yo te amaba, te amo. —No me digas que me amas. No después de todo lo que pasó. No después de que te fuiste como si yo no fuera nadie. —Samantha, eso fue un error. Yo me deje deslumbrar, era un adolescente. —¿Y yo no significaba nada para ti? ¿Acaso yo no era una adolescente también? —Eres todo para mí, Samantha. Eres la única que me hace sentir vivo, la única que puede hacerme feliz. Eres la razón por la que volví. —Volviste después de 12 años ¿Qué esperabas? ¿Que te recibiera con los brazos abiertos? ¿Que te perdonara? —No, no esperaba nada. Solo quería verte, saber cómo estabas, si eras feliz. —Pues ya lo sabes. No pude ser feliz con nadie más. No he logrado mantener una relación estable. Y tú no tienes derecho a venir a perturbar mi vida, a hacerme recordar lo que perdimos. —No lo perdimos, Samantha. Todavía podemos recuperarlo. Todavía podemos ser felices juntos. —No, no podemos. Es demasiado tarde. Ya no hay nada entre nosotros. Solo hay dolor, rencor, odio. —No digas eso, Samantha. No me odias. Yo sé que me quieres, como yo te quiero a ti. —No, no te quiero. Te odio, te odio con toda mi alma. —No, no me odias. Me amas, me amas con todo tu corazón. Y diciendo esto, él volvió a atraparla entre sus brazos, besndola, con más fuerza, con más pasión, como si quisiera demostrarle con ese beso lo que sentía por ella. Samantha trató de resistirse, de empujarlo, de alejarlo, pero era inútil. Su cuerpo lo recordaba, lo deseaba, lo necesitaba. Su mente le decía que se alejara, que lo odiara, que lo rechazara, pero su corazón le decía que se quedara, que lo amara, que lo aceptara. Hasta que tuvo la fuerza necesaria para alejarse de él y correr colina abajo.
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