—¿Lista? —Carol entró en la habitación con su característico tono sereno, pero en sus ojos había una mezcla de expectativa y preocupación. Yo terminé de acomodar mi ropa en silencio. Sentía un peso en el pecho, una carga invisible que me aplastaba los pulmones. No quería ir. No quería hacer esto. Pero no podía detenerme ahora. Asentí lentamente, aunque mi cuerpo entero gritaba que no. —Sí —murmuré sin ganas. Carol me estudió con atención. Sabía que algo dentro de mí se estaba desmoronando, aunque yo intentaba ocultarlo con una máscara de indiferencia. —No te desanimes —su voz fue un susurro cálido, un intento de consuelo. Me sonrió con dulzura y, aunque intenté corresponderle, mi sonrisa se sintió vacía, forzada. Se acercó y besó mi frente con ternura. Su toque fue reconfortante, com

