1. Las ruinas de nuestro amor
Un amor construído sobre mentiras está destinado a terminar en ruinas.
Isabelle Lane descubrió aquella dolorosa verdad de la manera más devastadora, mientras observaba desde dentro como el hogar que había construído con amor se desmoronaba a su alrededor sin poder hacer nada para evitarlo.
—El paciente ingresó al hospital con múltiples heridas de bala que comprometieron órganos vitales —las palabras que le había dicho el doctor aún rondaban por su mente como un eco incesante.
Observó el cuerpo del amor de su vida sobre aquella camilla de hospital. Inconsciente, con un tubo para respirar, vías conectadas a su cuerpo y un monitor que mostraba los lentos latidos de su corazón.
—El paciente permanece en estado crítico por la gravedad de las lesiones —le había explicado el doctor—. Para evitar agravar el deterioro de su cuerpo, se tomó la decisión médica de inducirlo al coma.
Lágrimas silenciosas descendieron por el rostro de Isabelle, unas que jamás podría olvidar porque estaban impregnadas de amargura y el más profundo dolor.
Alexander Fitzpatrick era el reflejo de un hombre formidable. Era tan atractivo como imponente, de la clase que se adueñaba de la atención e imponía respeto. Para Isabelle, era su refugio, donde encontraba amor y seguridad aún cuando a su alrededor se desataba una tormenta.
No terminaba de entender cómo no se había derrumbado aún entre las asfixiantes paredes de ese frío hospital. Un silencio tenso, una sensación inquietante y el olor a antiséptico se fundía en el aire revolviendo su estómago, mientras contemplaba cómo la vida de su esposo pendía de un frágil hilo.
No tuvo noción de cuántas horas habían pasado, hasta que la enfermera, de mirada cálida y compasiva, se acercó a ella con un café y la convenció de ir a descansar al menos unas horas.
Isabelle no quería regresar a su casa. No quería sentirse sola, ni enfrentarse a la realidad aún, pero terminó por aceptar. Debía descansar, recomponerse y sacar fortaleza de algún lugar. No olvidaba que aún tenía algo pendiente.
Abandonó el hospital reconociendo a los hombres que estaban allí para proteger a su marido, sabía que ellos la reconocían pero ella no tuvo idea de su existencia hasta esa noche.
«¿Dónde demonios estaban cuando debían protegerlo?» pensó con ira quemando bajo su piel, pero sabía que en parte era solo un efecto más de toda la situación.
Cuando entró a su hogar, apoyó las llaves sobre la mesa junto a la puerta y simplemente dejó caer su bolso junto a sus zapatos. Observó todo en penumbras sin molestarse en encender la luz y avanzó hasta su habitación sintiéndose derrotada.
«Todo este hogar no es más que una mentira, al igual que este matrimonio y todas las promesas que hizo frente a Dios en el altar»
Debía distraerse y despejarse, no dejarse consumir por el abismo en que sentía que descendía en caída libre, pero en ese momento todo había cambiado. Los temores la arrasaron por dentro y cayó de rodillas con un río de lágrimas inundando sus mejillas.
Pensó en la peor posibilidad. En cómo serían sus noches sin él a su lado, sin sus conversaciones en la cena, sin dormir entre sus brazos, sin volver a escuchar su voz, ni sentir las mariposas que despertaba en su vientre como en aquél instante en que lo vió por primera vez.
Él le había ocultado un secreto enorme y ese peso fué suficiente para derrumbar todo lo que habían construído con el paso de los años. Ahora Isabelle debía enfrentarse a una situación que no vió venir, con el temor de no saber si lo volvería a ver.
En el balcón, mientras intentaba calmar su respiración y el dolor punzante en su pecho, su móvil vibró. Todo a su alrededor pareció detenerse cuando leyó de lo que se trataba. Abrió el archivo con dedos temblorosos y por un instante dejó de respirar.
Resultado de embarazo positivo.
En ese instante, al saber que había una vida creciendo en su vientre, todo cambió para Isabelle. Tenía una prioridad y no podía permitir que aquella devastadora situación continuara quitándole todo lo que le quedaba.
Y si la posibilidad de que Alexander despertara existía, nada sería igual. Ni para ella, ni para su bebé.
Fué así, cómo tomó la decisión más difícil de todas.
(***)
Meses después…
Existen momentos que arrastran tanto dolor que uno busca apagarlo a cualquier costo. Cuando finalmente encuentras calma, no tardas en darte cuenta que nada es para siempre. Es así como uno se pierde en un laberinto que siempre lo deja en el mismo lugar. Caes en un espiral vicioso y autodestructivo.
Pero a Alexander Fitzpatrick no le importaba perderse a sí mismo cuando se encontraba naufragando en un océano de miseria y amargura al no tener a su esposa a su lado.
Se había quedado solo, vagando desorientado en las ruinas que había dejado su esposa al marcharse. Isabelle había dejado la mayoría de sus pertenencias y únicamente una carta en su lugar.
Todo fueron mentiras… no puedo perderte… dolorosa decisión… por eso debo marcharme… espero puedas entender….
Sus dedos se aferraron con fuerza al vaso de cristal en su mano mientras releía las palabras escritas en aquella carta. En un acto impulsivo, acabó por estallar el cristal contra la pared contraria, haciéndolo pedazos.
Abandonó su oficina y se encaminó hacia la habitación que antes compartía con Isabelle. Todo seguía igual. Sus prendas estaban intactas al igual que el rastro de su perfume floral en las sábanas.
Alexander estaba devastado. Había desplegado cientos de hombres a buscarla pero meses después no había rastro de Isabelle.
No comía adecuadamente, tampoco descansaba más que unas pocas horas, despertando por sus pesadillas donde el escenario era siempre el mismo. Él buscando a su esposa y descubriendo que lo había abandonado.
«Te encontraré, Isabelle. Tal vez no ésta noche, ni para el amanecer, pero lo haré. Volverás a mi lado porque hicimos una promesa. Eres mi esposa, mi mujer, la única y a la que más amo, y eso es para siempre. Me equivoqué al mentir pero obtendré tu perdón así deba arrodillarme a suplicar. Estás muy equivocada si crees que puedes librarte de mí y de lo que nunca dejaremos de ser. Tendré a mi esposa de regreso así deba poner el mundo a arder»