Mackenna quedó maravillada por su entorno. Alessandro la había llevado a sus espacios de oficina, espacios que ni siquiera sabía que tenía. Su asistente administrativa, Rosie, una mujer grande de piel caoba, ojos grandes y marrones luminosos, y un afro natural tan ancho como sus hombros, estaba dando órdenes a dos modistas. Alessandro se había retirado a su oficina para resolver un asunto con un proveedor y por el tono de su voz, aunque no pudiera escuchar las palabras, sabía que alguien al otro lado estaba recibiendo un regaño. —Mackenna —Rosie indicó con un gesto hacia una zona con cortinas—, hay una bata ahí para que te cambies. Por favor, ve a ponértela. —La mujer estaba completamente concentrada en su tableta y la tocaba furiosamente. —De acuerdo. Tragó saliva sin acostumbrarse

