Mackenna estaba agotada. Le dolía la cabeza y el brazo la estaba matando. Finalmente aceptó tomar uno de sus analgésicos, pero no estaba funcionando lo suficientemente rápido, y Alessandro era despiadado en su crítica de cómo las cosas encajaban, no encajaban y más de una vez se encontraba al borde de las lágrimas. Juró entre dientes mientras salía del armario con un vestido de noche largo, demasiado largo para sus piernas con una abertura tan alta que bien podría llegar hasta su axila. —No me gusta esto —dijo. Agarró las tijeras de las manos de Samuel y se puso de rodillas, instantáneamente empezó a cortar al menos un pie de tela. —¡Alessandro! —exclamó horrorizada. —Es demasiada seda —respondió él bruscamente. Se levantó pidiendo alfileres y cerró la parte de la cadera que estaba

