11 Epidemia de Halloween

1907 Palabras
Max. Frunzo el ceño cuando veo retirarse a la intrigante señorita sin-nombre. Pocos humanos pueden enfrentarse a mí sin flaquear, pero estoy satisfecho de tener a una socia tan fuerte, será una buena arma en mi arsenal. Espero que regrese de un momento a otro,  quiero tener la oportunidad de preguntarle sobre Líder, que era lo que debí de haberle dicho en vez de preguntar sobre la fiesta de Halloween. No estoy seguro de que fue lo que me poseyó para hacer semejante cosa, pero ahora que he hecho la pregunta me doy cuenta de que me gustaría que la respuesta fuera un contundente sí. Algo extraño si tenemos en cuenta el hecho de que entregue mi corazón hace mucho tiempo, y no es algo que desee cambiar. Termino mi bebida y pienso en mi próximo encuentro con la mujer de ojos violetas. Podría sorprenderla y llevarla a comer al lugar donde venden las pizzas que comimos en la cena. Entonces sacudo ligeramente mi cabeza para apartar tales pensamientos de mi mente ¿En qué estoy pensando? Es mi nueva socia, quien no deja de darme plantones... y despierta un deseo furioso en mí. No es solo algo físico, tengo ganas de saber todo de ella, comenzando por su nombre, su comida favorita, lo que hace durante el día... etcétera. Es algo que probablemente nunca vaya a poder ser, por lo que tendré que olvidarme de ello y pasar página, o al menos fingir que así lo he hecho. El gerente regresa con paso relajado y sé que es el gerente, porque es lo que pone en la placa que luce en su chaleco rojo. ―Señor Kautar, lamento informarle que la Reina de lo Oscuro no podrá volver esta noche, espero que usted tenga la amabilidad de retirarse― mide sus palabras y se muestra lo más amable que puede. Se está deshaciendo de mí. No respondo y simplemente me largo del local, no me detengo hasta llegar al puente George Washington sobre el Hudson. Escalo con agilidad la estructura metálica, no pensando nada más que en el siguiente apoyo. Llegar a la sima me toma cerca de media hora aproximadamente, apenas lo suficiente para cansarme mental y físicamente. Y todavía no es suficiente para alejar el recuerdo de ella. La Reina…                                                                       |****| El teléfono suena sin parar, despertándome de un sueño tan bueno que prefiero intentar olvidar. Todo lo que ocurre en el paisaje onírico, no merece ser manchado por la cruel realidad que viene con la luz del día. Al ver el identificador de llamadas el nombre que aparece es el de mi madre. No estoy del todo seguro de querer escuchar sus regañinas y extrañezas tan temprano  en la mañana. Pero prefiero terminar con ello de una vez. ―Hola madre. ―Maximus que bueno que contestas, te aviso que la modista ira a tu ático para tomarte las medias. Me froto la cara, el sueño todavía no ha salido por completo de mi organismo. ―Está bien madre. ¿A qué hora? Necesito algo de tiempo para volver a verme como un ser sensible. ―Estará allí cerca de las nueve, me preocupa que no tenga suficiente tiempo para confeccionar tu disfraz. Me ha enseñado el diseño, te encantara puedo asegurártelo― yo lo dudo mucho. ―La estaré esperando. ―Bien debo irme, Maximus. ―Adiós madre― pero ya había colgado. Juliette Kautar es una hermosa y cariñosa mujer, pero de corazón frívolo. Es muy superficial, pero perspicaz y con un detector de mentiras infalible, fue una vez abogada de la familia real, hasta que mi padre se enamoró de ella y se casaron. Definitivamente una linda historia de amor, con algo de drama. Pero nada comparado a mi propia historia de amor, en la que el horror superaba con creces el amor. Un tema muy pesado para recordar a estas horas. Me levanto de la cama, los últimos vestigios del sueño desaparecidos por completo. Jeans, botas y una camisa negra es lo que me pongo después de la ducha, no pienso tener ninguna reunión hoy para la que deba vestir formal, en cambio voy a dedicar el día a despachar la montaña de informes por revisar que me espera. Chequeo la hora antes de ponerme a ello; siete y media. Realizo una rápida llamada al número que me dejo el gerente Henry anoche, antes de salir del club. Es de la oficina de la señorita nunca-estoy-disponible. ―Buenos días, ¿Con quién tengo el placer de hablar?― esa voz definitivamente no es la de ella. ―Max, quiero hablar con la Reina de lo Oscuro. Juro que cada vez que volteo, ella ha desaparecido. La Reina es muy esquiva. ―Lo lamento señor Kautar pero ella no está disponible, le diré que llamo― cuelga. Miro el teléfono con incredulidad antes de continuar con mi día como si nada, es eso o perder la cabeza. Un emparedado de jamón y una copa de sangre constituyen mi desayuno mientras reviso documento tras documento. Algunos requieren una simple firma, otros deben ser cambiados completamente, leo cada uno religiosamente y asegurándome de estar comprendiendo todo lo que dice. Las nueve llegan antes de que me dé cuenta. El comunicador conectado a recepción suena a las nueve en punto. ― ¿Si? Me pregunto distraídamente quien será, habiendo olvidado quien vendría. ―Señor, tiene una visita. Dice que es modista y que su madre la ha enviado. Cierto, la modista. ―Déjenla subir. Salgo del estudio y entro a la sala de estar a tiempo para ver como las puertas del ascensor se abren, revelando a la diminuta mujer a  quien mi madre ha encargado los disfraces para Halloween que usara toda la familia. Solo Dios sabe que nos va a hacer usar. ―Su alteza― realiza una reverencia― ¿Es tan amable de colocarse recto y no moverse? Hago lo que me pide, le facilito tanto como puedo su trabajo para que pueda irse lo antes posible. Toma medidas de todo y lo anota en su tableta, cuando termina se despide con otra reverencia y una sonrisita en sus ojos. Es casi medio día cuando recibo una llamada de Aiza. ―Astrax está en Nueva York. Cuelgo después de eso, es obvio que ha renunciado a hacer sus informes por mensaje a favor de las llamadas por una única razón; no quiere que la olvide, quiere que escuche su voz y desee tenerla de nuevo. Ese plan pudo haberle funcionado hace mucho tiempo, pero no ahora, ni mucho menos hoy. Olvido la llamada, prefiriendo concentrarme en el trabajo, sin embargo una hora después el ascensor vuelve a abrirse y dado que recepción no me ha avisado de la llegada del individuo, solo puede ser un número reducido de personas. La identidad queda clara cuando la puerta del estudio se abre y Lance entra con paso seguro, sentándose en uno de los sillones de piel frente a mi escritorio. ―Estas trabajando- apunta con una ligera sonrisa. ―No pensé que fueras el rey de lo obvio Lance. Lance es un tipo refinado, traje azul marino, camisa blanca, corbata gris y un pañuelo en del mismo color en el bolsillo de la chaqueta, conforma su habitual uniforme del día a día. Lo único que varía son los colores. En cuanto a su aspecto físico Lance tiene un cabello rizado rubio rojizo lo suficientemente largo para que las mujeres pudieran pasar sus manos sobre él una y otra vez, pero lo suficientemente corto para resultar elegante, su piel es olivácea mientras que sus ojos rasgados tienen el color de las bayas de la Pollia. En cuanto a joyas lo único que he visto usar a Lance es su anillo de matrimonio y el reloj que le regalo su esposa por su cumpleaños número cien. ―Solo quiero señalar ese hecho, incluso yo tengo mis descansos cada tanto. Tú en cambio trabajas sin parar un día sí y otro día también, uno de estos días voy a encontrarte catatónico― comprueba la hora en ese mismo reloj― ya es hora del almuerzo y apuesto a que no has comido nada. No contesto. ― ¿Ves? No puedes simplemente vivir para el trabajo. Las personas normales trabajan para vivir. ―No soy una persona normal. Nunca lo he sido y nunca lo seré. ―Con más razón, eres el jefe, debes de poder hacer novillos cuando quieras. ―No soy el jefe― aun. Pero mis protestas caen a oídos sordos, Lance termina arrastrándome a un popular restaurante de comida francesa donde los platos tienen porciones minúsculas y una copa de vino cuesta lo mismo que el salario semanal de una persona de clase trabajadora. ―No puedo creer que me convencieras de venir aquí- lugares como estos, solo están destinados a reuniones de trabajo. Se encoje de hombros. ―La comida no es mala y mezclan el vino con sangre para nosotros. Obtener licencias para manejar sangre cuestan mucho dinero, la sangre es un artículo  alimenticio muy caro en estos días, al restaurante debe de irle muy bien para permitirse algo así. ―Supongo que podría ser peor― tomo un trozo de mi filete término medio, está bueno― ¿Dónde está Melanie? Melanie es la esposa de Lance, una mujer con los pantalones bien puestos, tirabuzones rubios, labios rosados, ojos gris paloma y un menudo cuerpo femenino. Con la apariencia delicada de una muñequita de porcelana, todos se sorprenden cuando la conocen y notan el verdadero acero de su carácter que la mantiene firme. ―Está en una excursión en busca del toque que le falta a su disfraz. Ella quiere que vayamos combinados. ― ¿Es que todas las mujeres están pensando en lo mismo hoy? El más reciente informe de Aiza en forma de mensaje, decía que mi hermana estaba en una excursión de compras con la novia de Esteban y sus amigas para encontrar disfraces para Halloween. ― ¿Por qué lo dices?- inquiere. ―Mi madre, mi hermana, la novia de mi hermano. Creo que incluso Aiza está pensando en lo mismo; lo que usaran el viernes por la noche. Parece ser una epidemia. ―No son las únicas― Halec arrastra una silla de otra mesa para sentarse con nosotros,  un empleado viene a tomarle la orden rápidamente. Es otra cosa que hace destacar al pequeño restaurante, en vez de tener holotacs en las mesas tienen camareros que pasean por las mesas preguntando la orden y trayendo la comida. Aún hay muchos lugares que se resisten a usar camareros robóticos porque quitan el buen ambiente y la elegancia a sus establecimientos. En esto tendré que darles la razón. ―Mi hermana― continua― ha pedido que no la moleste bajo ningún concepto mientras busca un disfraz tan original que nadie pueda copiarlo. ― ¿Ves? Confirma lo que he dicho- epidemia de Halloween. ―Pero― Halec parece sumamente divertido― no son las únicas que se están volviendo locas por no saber que ponerse. Vi a Antonie Reyes con su sastre de preferencia en una intensa discusión sobre telas y estampados de época victoriana. Las carcajadas llenan el ambiente a nuestro alrededor. El brillo malicioso en los ojos de Halec en todo su esplendor. Ojala tuviera más momentos como este, lejos del estrés del trabajo y riéndome con dos amigos del alma.  
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