—Buenas tardes, señora… —enarca su ceja al oírme—. Abi... buenas tardes, Abigail. —Mucho mejor —me sonríe aún más hasta que termina abrazándome. La recibo y disfruto del abrazo maternal que esta mujer tan dulce me está dando—. Bienvenida a mi casa, mi linda Siena. —Muchas gracias —me sostiene de las manos. —¡Estás hermosa! Me encanta tu outfit de hoy. A tu edad, yo usaba muchas faldas también y la amaba. —Aún la usas, Abigail, ¿qué estás diciendo? —Pero más a mi edad, cariño —rueda sus ojos—. No es lo mismo usar faldas de una jovencita de veinte, que usar faldas de una señora casada y con hijos. Son faldas, pero con una elegancia de acorde a mis cuarenta. La carcajada de Eros resuena detrás de mí. A este punto, ya no me pregunto por qué se está riendo de su madre y es que es demasiad

