.Capítulo 1: Cimientos de Cristal
El sonido del lápiz digital deslizándose sobre la tableta era lo único que rompía el silencio de mi oficina a las cinco de la mañana. Me gusta este momento del día; es cuando la luz del sol aún no ha decidido de qué color será el cielo y la ciudad parece una maqueta silenciosa esperando a ser habitada.
Me detuve un segundo para frotar mis sienes. En el reflejo del gran ventanal de Sterling & Co., vi a la mujer que el mundo conocía: Jade Sterling. A mis veintiséis años, mi apariencia siempre ha sido una mezcla de herencia y disciplina. Tengo el cabello castaño oscuro, casi n***o, que suelo llevar recogido en un moño tan tirante que a veces me da dolor de cabeza, pero me hace sentir en control. Mi piel es clara, un lienzo que hoy mostraba las ojeras de semanas sin dormir adecuadamente. Mis ojos, de un verde intenso que mi madre siempre decía que parecían joyas, estaban fijos en los planos del Skyline Center.
Hoy no era un día cualquiera. Hoy era "el" día.
La ansiedad era una corriente eléctrica recorriendo mi columna vertebral. Esta noche, en la gala anual de arquitectura, presentaríamos el proyecto que Liam y yo habíamos diseñado durante los últimos dieciocho meses. Si ganábamos el contrato de construcción, nuestra firma pasaría de ser una oficina boutique a un imperio.
—Estás sobreanalizando esa viga de nuevo, Jade.
La voz de Liam llegó como una caricia cálida. No necesité girarme para saber que estaba allí, apoyado en el marco de la puerta con dos tazas de café humeante. Liam Ferrera era todo lo que una mujer cuerda querría en la vida. Tenía una sonrisa que podía iluminar un sótano y una paciencia que me asombraba cada día. Era rubio, de hombros anchos y ojos color miel que siempre me miraban con una adoración que, a veces, me hacía sentir casi culpable.
—Solo quiero que sea perfecto, Liam —susurré, aceptando el café. Sus dedos rozaron los míos y sentí esa chispa de seguridad que solo él me brindaba—. Si este edificio se construye, será nuestro legado. Nuestro primer gran cimiento como pareja.
Liam se acercó y me rodeó con sus brazos desde atrás, apoyando su barbilla en mi hombro. Su olor a sándalo y café era mi lugar seguro.
—Ya es perfecto porque lo diseñaste tú —murmuró contra mi cuello—. Esta noche, el mundo verá lo que yo veo cada mañana: que eres la arquitecta más brillante de este siglo. Y después de que ganemos, nos casaremos y nada podrá detenernos.
Me giré entre sus brazos y lo besé. Liam era la estabilidad, el orden, el amor sin condiciones. Con él, la vida era una estructura sólida, sin grietas. Me sentía la mujer más afortunada del mundo. Éramos el equipo perfecto: mi visión artística y su capacidad para ejecutar y gestionar. No había lugar para el miedo en mi vida, o eso creía yo mientras desayunábamos entre planos y risas nerviosas.
Las horas siguientes fueron un torbellino de preparativos. El vestido que elegí para la noche era de un verde esmeralda profundo, de seda pesada que se ceñía a mis curvas de una manera que me hacía sentir poderosa, pero extrañamente vulnerable. El escote en la espalda bajaba hasta el límite de lo permitido, y cada vez que me miraba al espejo, sentía que estaba vistiéndome para una batalla, no para una fiesta.
—Estás... increíble —dijo Liam cuando pasamos por el vestíbulo del Museo de Arte Contemporáneo, donde se celebraba la gala. Él lucía impecable en su esmoquin n***o, la imagen misma del éxito y la bondad.
Entramos al salón y el ruido de las conversaciones educadas, el chocar de las copas de cristal y el olor a flores caras me envolvió. Todo el mundo quería un pedazo de nosotros. Los críticos elogiaban nuestra maqueta, los inversores nos daban palmaditas en la espalda. Yo sonreía hasta que me dolían las mejillas, aferrada al brazo de Liam como si fuera mi salvavidas.
Pero entonces, a mitad de la noche, el ambiente cambió. No fue un ruido, sino una caída repentina en la presión atmosférica del salón.
—¿Quién es él? —susurré, sin poder evitarlo.
Liam siguió mi mirada hacia la entrada VIP. Un grupo de hombres en trajes oscuros avanzaba, pero solo uno de ellos importaba.
Dante Thorne.
Su nombre era una leyenda urbana en el mundo inmobiliario, pero nunca lo había visto en persona. Dante era el acero del que estaban hechos los rascacielos: frío, inamovible y letal. Su cabello era n***o como el ala de un cuervo y sus facciones tenían una simetría tan perfecta que resultaba antinatural, como si hubiera sido tallado en mármol por alguien que odiaba la humanidad.
Él no caminaba, se desplazaba con la elegancia depredadora de una pantera en un campo de gacelas. Pero lo que me heló la sangre no fue su fama, sino sus ojos. Eran oscuros, tan profundos que parecían carecer de pupilas, dos orbes de obsidiana que cortaban el aire.
Y estaban fijos en mí.
Sentí un escalofrío violento. No era la mirada de un colega, ni siquiera la de un competidor. Era una mirada de evaluación técnica, como si estuviera decidiendo si yo era una estructura que valía la pena conservar o una que debía ser demolida hasta los cimientos.
—Es Thorne —dijo Liam, y por primera vez noté una nota de tensión en su voz—. Ignóralo, Jade. Es un tiburón. Dicen que no compra empresas, las devora.
Intenté seguir el consejo de Liam. Me obligué a beber mi champán, a hablar con el concejal de urbanismo, a reír de un chiste sobre hormigón armado. Pero cada vez que me movía por el salón, sentía ese peso en la nuca. Dante no se movía de su lugar en la penumbra, rodeado de sus guardaespaldas y asesores, pero su atención era una cadena invisible atada a mi cuello.
En un momento de la noche, Liam se alejó para hablar con un viejo profesor de la universidad. Me quedé sola frente a la maqueta de nuestro edificio, ajustando un pequeño detalle decorativo que se había movido.
—El ángulo de la torre este es arriesgado.
La voz me golpeó como una ráfaga de viento helado. No necesitaba darme la vuelta para saber quién era. El perfume de Dante Thorne no era dulce; olía a lluvia sobre asfalto caliente y a algo metálico, como la sangre o el acero.
Me giré, tratando de mantener mi máscara de profesionalismo, pero mi corazón golpeaba mis costillas con una fuerza aterradora. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que contrastaba con su expresión gélida. Era mucho más alto de lo que parecía de lejos. Tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Es una estructura de tensión, señor Thorne —dije, mi voz saliendo más firme de lo que esperaba—. El riesgo es lo que la hace hermosa.
Dante dio un paso más, invadiendo mi espacio personal de una manera que hizo que mis instintos de supervivencia gritaran huye. Sus ojos oscuros recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios un segundo antes de volver a mis ojos. Sentí un miedo primitivo, un terror que no tenía lógica. Este hombre no me conocía, pero la forma en que me miraba... era como si ya supiera todos mis secretos. Como si supiera cuánta presión podía aguantar antes de romperme.
—La belleza es irrelevante si los cimientos son débiles, señorita Sterling —murmuró, su voz era un barítono profundo que vibraba en mi pecho—. Y usted se apoya en una base muy frágil.
—No sé de qué está hablando. Mi firma es sólida y mi proyecto es el mejor de esta sala.
Dante dejó escapar una sombra de sonrisa que no llegó a sus ojos. Fue un gesto cruel.
—Hablo de su vida. Disfrute de su noche, Jade. Disfrute de su pequeño triunfo y de su... prometido.
Pronunció la palabra "prometido" como si fuera un insulto, algo desechable. Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta y se alejó, dejándome temblando en medio de la fiesta.
Liam regresó a mi lado unos segundos después, rodeándome con su brazo.
—¿Qué quería Thorne? —preguntó con el ceño fruncido.
—Nada —mentí, aunque mis manos seguían temblando—. Solo... criticaba el diseño.
Liam me besó la sien y se rió.
—Solo tiene envidia. Vamos, el jurado va a subir al escenario.
Miré hacia donde Dante Thorne había desaparecido. El salón seguía lleno de luces y risas, pero para mí, la luz se había vuelto un poco más tenue. Sentí una premonición oscura, una grieta abriéndose en mi mundo perfecto. Miré a Liam, a su rostro bondadoso y lleno de amor, y por primera vez en mi vida, tuve miedo de que el amor no fuera suficiente para protegerme de la oscuridad que acababa de encontrarme.
Esa noche ganamos el contrato. Bebimos champán, bailamos y Liam me hizo el amor con una ternura que me hizo llorar de alivio. Pero mientras él dormía profundamente a mi lado, yo me quedé despierta, mirando las sombras en el techo. En la oscuridad de nuestra habitación, solo podía ver esos ojos oscuros de Dante Thorne, observándome, esperando el momento exacto para derribarlo todo.
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