Capítulo 1: La luna roja
El sueño regresó exactamente a las 03:17. Siempre era a la misma hora. Nunca antes. Nunca después.
Valeria Sinclair no recordaba cuándo empezó a tener aquellas pesadillas. Si alguien le preguntaba, respondía que desde niña. Sin embargo, en el fondo sabía que aquello no era del todo cierto. Había una sensación mucho más antigua, un recuerdo borroso escondido en algún rincón de su mente que se negaba a salir a la superficie, como si aquel bosque hubiera estado esperándola mucho antes de que naciera.
Corrió. El aire helado le golpeó el rostro mientras sus pies desnudos se hundían en un sendero cubierto de hojas negras. No eran marrones, ni verdes, ni secas, sino negras, como si el bosque hubiera muerto hacía siglos y nadie se hubiera atrevido a enterrarlo. Las ramas se cerraban sobre su cabeza formando un techo tan espeso que apenas dejaba pasar la luz. Solo una conseguía atravesarlo.
La luna, roja, tan roja que parecía suspendida sobre el cielo como una gota de sangre a punto de caer.
Valeria respiraba con dificultad. Cada inspiración le quemaba los pulmones. No sabía por qué corría, solo sabía que debía seguir haciéndolo. Detenerse nunca había sido una opción, porque detrás de ella siempre había algo: no un animal, no una persona, sino algo indefinible.
Las pisadas comenzaron otra vez. Lentas, constantes, pesadas. No intentaban alcanzarla. No lo necesitaban. El sonido transmitía una seguridad escalofriante, como si aquello que la seguía conociera el desenlace de la historia mucho mejor que ella.
Valeria sintió el impulso de girarse, pero su cuello apenas respondió. Era como si una fuerza invisible sujetara su cuerpo y solo le permitiera mirar hacia delante.
Entonces el bosque cambió. Los árboles dejaron de crecer al azar. Uno a uno empezaron a inclinarse, formando un pasillo perfecto, como si alguien hubiera preparado aquel camino mucho antes de que ella llegara. Las pisadas desaparecieron. El silencio cayó sobre el bosque, tan absoluto que incluso el latido de su corazón parecía demasiado fuerte.
Valeria dejó de correr. No porque quisiera, sino porque sus piernas dejaron de obedecerla. Algo la llamaba desde el final del sendero: un claro, siempre el mismo, siempre iluminado por aquella luna imposible.
Cuando dio el primer paso sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Conocía aquel lugar. No sabía cómo. No sabía de qué. Pero lo conocía.
Al llegar al centro del claro, el viento dejó de existir. Las copas de los árboles quedaron completamente quietas. Las hojas suspendidas en el aire dejaron de caer. El tiempo parecía haberse detenido.
Entonces apareció.
Primero fueron unos pies descalzos. Después el borde de una túnica oscura. Más tarde unas manos de piel tan pálida que parecían esculpidas en mármol. Por último, los ojos: plateados. No brillaban. No emitían luz. Sin embargo, resultaba imposible apartar la mirada de ellos. Aquellos ojos no transmitían odio, sino cansancio; una tristeza tan antigua que parecía haber sobrevivido al paso de los siglos.
La figura permaneció inmóvil. No dio un solo paso hacia ella. Fue Valeria quien sintió el impulso de acercarse.
Uno. Dos. Tres pasos, hasta quedar a pocos metros.
La figura levantó lentamente una mano. No había amenaza. Solo una invitación.
Una voz surgió del silencio. No provenía de unos labios; parecía nacer del bosque entero, de la tierra, de los árboles, del viento que ya no soplaba.
—La sangre siempre encuentra el camino.
Las palabras hicieron vibrar el aire. Valeria sintió un dolor agudo en el pecho. Llevó una mano hasta el corazón, que latía con tanta fuerza que parecía querer escapar de su cuerpo.
—¿Quién eres...? —consiguió preguntar por primera vez.
La figura no respondió. Solo la observó, con infinita compasión. Entonces levantó la vista hacia el cielo, y Valeria hizo lo mismo.
La luna estaba cambiando. El rojo intenso comenzó a extenderse hasta cubrir completamente el firmamento. Las estrellas desaparecieron. El bosque quedó teñido de un color carmesí, y el suelo empezó a resquebrajarse. Una g****a apareció entre sus pies. Luego otra. Después cientos. Las raíces de los árboles comenzaron a retorcerse como serpientes, y del interior de la tierra escapó una niebla oscura.
No era humo. Era algo vivo. Algo que respiraba. Algo que llevaba demasiado tiempo encerrado.
Valeria retrocedió instintivamente. La figura de ojos plateados no se movió, como si ya hubiera visto aquello miles de veces.
Un rugido hizo temblar el bosque. No era el rugido de un lobo. Era mucho más profundo, más antiguo, más salvaje.
A la izquierda del claro, dos enormes ojos dorados se abrieron entre la oscuridad. La criatura avanzó un paso. Solo uno. Bastó para que el suelo vibrara bajo los pies de Valeria. No consiguió distinguir su cuerpo completo, solo una enorme silueta cubierta de un pelaje n***o que absorbía la luz de la luna.
Al mismo tiempo, al otro lado del claro apareció una segunda presencia. Alta. Elegante. Vestida con un largo abrigo n***o. Su rostro permanecía oculto entre las sombras, pero había algo inquietante en la forma en que no se inmutaba. No respiraba. No parpadeaba. Solo observaba.
Dos figuras. Dos presencias completamente diferentes. Y, sin embargo, las dos parecían esperar exactamente lo mismo.
A ella.
El corazón de Valeria golpeó con fuerza.
—¿Qué queréis de mí?
Nadie respondió. Entonces la figura de ojos plateados volvió a hablar, esta vez mucho más cerca, casi junto a su oído.
—El tiempo se ha terminado.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano fría sujetó su muñeca. Valeria lanzó un grito.
Y abrió los ojos.
El grito murió en su garganta. Valeria abrió los ojos de golpe, incorporándose en la cama con tanta fuerza que las sábanas terminaron en el suelo. Durante varios segundos fue incapaz de distinguir dónde estaba. Su respiración era rápida, desordenada. El corazón golpeaba su pecho como si quisiera escapar de él.
La oscuridad de su habitación fue sustituyendo poco a poco al bosque. Las paredes color crema. El armario blanco frente a la cama. La pequeña estantería repleta de novelas. La fotografía enmarcada sobre el escritorio, donde aparecía junto a sus padres durante unas vacaciones en la costa.
Todo seguía en su sitio. Todo... menos ella.
Se llevó una mano al pecho. Podía sentir el corazón latiendo bajo la palma con una fuerza casi dolorosa.
—Otra vez...
Su propia voz sonó ronca, cansada, como si llevara horas gritando.
Miró el despertador digital. 03:17. La misma hora. Siempre la misma.
Durante años había intentado convencerse de que solo eran pesadillas. Su madre decía que tenía demasiada imaginación. Su padre sonreía y le aseguraba que desaparecerían al hacerse mayor. Nunca desaparecieron. Al contrario: cada año eran más intensas, más reales.
Y aquella noche había ocurrido algo diferente. Podía recordar perfectamente el tacto de aquella mano helada sujetando su muñeca. Todavía lo sentía.
Frunció el ceño. Levantó lentamente la manga del pijama. No había ninguna marca. Suspiró, avergonzándose de sí misma.
—Estoy perdiendo la cabeza...
Apartó el edredón y apoyó los pies en el suelo. La madera estaba fría. Demasiado fría para ser una noche de verano.
Se acercó a la ventana. La calle permanecía completamente desierta. Las farolas proyectaban círculos amarillentos sobre el asfalto húmedo.
—¿Ha llovido?
No recordaba haber escuchado lluvia. Abrió ligeramente la cortina. No. El suelo no estaba mojado. Entonces... ¿de dónde venía aquel olor?
Inspiró despacio. Tierra húmeda. Musgo. Bosque. Exactamente el mismo aroma del sueño.
Un frío repentino le erizó la piel. Retrocedió un paso. Su habitación olía igual que el claro iluminado por la luna roja. Era imposible: la ventana llevaba cerrada desde la tarde.
Volvió a respirar. El olor seguía allí. Nítido. Inconfundible.
Intentó reírse de sí misma. No lo consiguió.
En ese instante...
¡Toc!
El golpe resonó en la planta baja. Valeria se quedó paralizada. Había sonado cerca de la puerta principal. Esperó unos segundos.
Silencio.
—Seguramente habrá sido una rama... —dijo, aunque ni siquiera ella creyó su propia explicación. Los árboles del jardín quedaban en la parte trasera de la casa. La puerta principal daba directamente a la calle.
Otro golpe. Más fuerte.
¡TOC!
Esta vez no había duda. Alguien... o algo... estaba abajo.
Miró automáticamente el móvil. Sin cobertura. Parpadeó. Eso era imposible: vivía a menos de quince minutos del centro de la ciudad y jamás había perdido la señal dentro de casa. Lo levantó buscando alguna barra.
Nada. Ni una.
El estómago comenzó a encogérsele. Se dirigió hacia la puerta del dormitorio y giró lentamente el pomo. El pasillo permanecía completamente oscuro. Solo la luz tenue del despertador iluminaba parte de la habitación a su espalda.
No le gustaba aquella casa cuando estaba sola. Era antigua. Demasiado silenciosa. Sus padres siempre se negaban a venderla. Decían que pertenecía a la familia desde hacía generaciones. Nunca entendió por qué.
Bajó el primer escalón. La madera crujió. Luego otro. Y otro. Intentaba convencerse de que todo tenía una explicación lógica. Un vecino. Un gato. El viento. Cualquier cosa.
Llegó al salón. El reloj de pared marcaba las 03:23. Su péndulo oscilaba lentamente.
Tac. Tac. Tac.
Nunca había escuchado aquel sonido con tanta claridad.
Entonces sonó el timbre. Una única vez. No fue insistente. No parecía el gesto de alguien impaciente. Más bien el de alguien completamente seguro de que la puerta terminaría abriéndose.
Valeria tragó saliva. La puerta estaba a pocos metros. Podía verla desde donde estaba. Permanecía cerrada, sin el menor movimiento. No se escuchaban pasos al otro lado. Ni voces. Ni el motor de un coche. Nada. Solo el reloj.
Tac. Tac. Tac.
Se acercó despacio. Cada paso parecía más pesado que el anterior. Cuando llegó junto a la puerta, apoyó la mano sobre el pomo. Estaba helado.
Respiró hondo. Miró por la mirilla. La calle estaba vacía. No había absolutamente nadie.
Frunció el ceño. Abrió la puerta apenas unos centímetros. El aire nocturno entró lentamente en la casa. La acera seguía desierta. Las farolas iluminaban la calle con una calma casi irreal. No había coches. No había personas. Ni siquiera un perro vagabundo.
Solo entonces bajó la vista.
Había un sobre n***o, perfectamente colocado frente al felpudo. Sin sello. Sin remitente. Sin dirección.
Lo recogió con cuidado. Era un papel grueso, de una calidad que nunca había visto. Al darle la vuelta descubrió un sello de cera roja. En el centro aparecía un símbolo grabado: tres círculos entrelazados. Uno contenía una luna creciente. Otro, una gota de sangre. El tercero, una llama.
No entendía qué significaba. Sin saber por qué, sintió que aquel símbolo le resultaba familiar, como si lo hubiera visto siendo muy pequeña.
Entró de nuevo en casa y cerró la puerta con llave. Sus dedos temblaban. Rompió el sello. Dentro solo había una hoja doblada, con una única frase escrita con una caligrafía impecable.
"Han encontrado a la última Sinclair."
Valeria se quedó sin aliento. Leyó la frase una segunda vez. Después una tercera. No tenía sentido. Ella era una Sinclair. Su padre era un Sinclair. Su abuelo también lo había sido. ¿Por qué alguien escribiría aquello? ¿La última?
Un frío intenso recorrió su espalda. En ese mismo instante, la bombilla del recibidor comenzó a parpadear. Una vez. Dos. Tres. Y se apagó.
La casa quedó completamente a oscuras.
Entonces, desde el piso superior, se escuchó el sonido de unos pasos. Lentos. Pesados. Como si alguien acabara de entrar en su habitación.