El eco de su confesión — Me estoy enamorando de la mujer que la dispara — seguía vibrando entre ellos. Isabella no podía moverse. Se sintió desnuda bajo la mirada de él. El beso, la admisión... habían volado por los aires todas las reglas, todas las defensas. Alexander la miró. El fuego en sus ojos seguía allí, pero ahora estaba contenido, como lava bajo una fina capa de hielo. El peligro no había desaparecido; se había vuelto más íntimo. Él rompió el contacto visual primero. Se giró, apoyando su mano sana (la izquierda) contra la pared del ascensor. Su frente descansó sobre el metal frío por un segundo. Un gesto de agotamiento tan profundo que a Isabella le dolió verlo. El timbre del ascensor. El garaje. Las puertas se abrieron. Hawk estaba allí. El Maybach, encendido. —Presionó el

