bc

La Cita del Divorcio

book_age16+
361
SEGUIR
3.2K
LEER
oscuro
matrimonio bajo contrato
HE
arranged marriage
drama
pelea
ciudad
Oficina/lugar de trabajo
assistant
like
intro-logo
Descripción

Atrapada en deudas y un matrimonio fantasma, Isabella Rossi es "ascendida" a asistente personal de Alexander Vance, el implacable presidente de Vance Industries y, sin saberlo, hermano de su esposo ausente. Mientras navega un mundo de espionaje corporativo y secretos familiares, el regreso inesperado de su esposo fantasma para un divorcio en persona amenaza con desvelar su conexión con los Thorne, poniendo en peligro su precaria estabilidad y desatando la furia de Alexander.

chap-preview
Vista previa gratis
Capítulo 1: El Vestido Vacío
El click del tacón. Ese era el sonido de la vida actual de Isabella Rossi. Haga clic, haga clic, haga clic . Un sonido agudo, seco, casi desesperado, mientras caminaba por el piso 42 de Vance Industries. El mármol blanco importado, frío como un témpano, le devolvía el eco de sus propios pasos. Zapatos caros, sí, pero comprados en la liquidación final, con la tarjeta al límite. Como todo en su vida. Dos años. Veinticuatro meses, setecientos treinta días contando centavos para pagar el desastre monumental que papá había dejado antes de... bueno, antes de irse. La quiebra no solo se había llevado la casa de la infancia y el prestigio de los Rossi; se había llevado la dignidad. El monitor de su cubíc*l* (porque sí, era solo un cubíc*l*, aunque tuviera vista a medio Chicago) era su condena y su salvación. Números rojos. Siempre rojos. El préstamo de Vance Industries, que pagaba con su sueldo de asistente administrativo, era la soga que la mantenía a flote, pero también la que le apretaba el cuello. Clic, clic, clic . Un bocinazo la sacó de la planilla de Excel. Un bocinazo furioso, impaciente, cuarenta y dos pisos más abajo, en el caos de la hora pico. Ese sonido... Ese m*ld*t* sonido fue la llave. La transportó. [ESCENA RETROSPECTIVA] Hace dos años. El mismo calor pegajoso de julio. El vestido le pesaba. Cien kilos de tul italiano y encaje francés (pagados por ellos , claro, como parte del acuerdo) se le pegaban a la espalda sudada. El aire acondicionado del auto alquilado no daba abasto, o quizás era el pánico lo que la estaba ahogando. —Papá, vamos a llegar tarde. —Tranquila, Isa. Vamos a llegar. Pero la voz de su padre temblaba. Él golpeó el volante del Mercedes alquilado. Haga clic, haga clic, haga clic . Era el sonido de su anillo contra el plástico. —Estamos en la Avenida Michigan, ¡no se mueve nada! —El novio espera, Isabella. Es un Thorne. Los Thorne esperan. El novio. Sebastián Thorne. El fantasma. El hombre cuyo nombre solo había visto en un contrato legal, frío como el mármol que pisaría dos años después. Ni una foto. "Es por seguridad", había dicho su padre, restándole importancia. "Es un acuerdo, Isa. Nos salva". Un acuerdo. Ella era la mercancía para salvar el apellido Rossi. Cuando finalmente llegaron, dos horas y cuarto tarde, el sol ya empezaba a bajar. Isabella no esperaba que su padre le abriera. Se bajó del auto tropezando con los cien kilos de tul, sintiendo la humillación caliente subiéndole por el cuello. Corrió por el atrio de la iglesia. Una iglesia imponente, gótica, elegida por ellos. Y la vio. No había invitados. No había música. No había novio. Solo estaba ella, la madre del novio. Una mujer elegante, de cabello plateado recogido en un moño perfecto, parada sola en la primera banca. Sus ojos, increíblemente azules, la miraron con... ¿lástima? —Querida... Isabella se frenó. El corazón le latía en los oídos. —¿Dónde...? —Se fue, querida. La voz de la mujer era suave, pero firme. —¿Cómo que se fue? ¿El cura? ¿Los invitados? La mujer se acercó. Le acomodó un mechón de pelo que se había escapado del velo. —Sebastián. Mi hijo. Se fue. Isabella sintió que el piso de mármol (siempre el mármol) se abría bajo sus pies. No hubo nota. No hubo un mensaje. Solo la humillación absoluta de un vestido vacío en una iglesia vacía. Su padre se desplomó contra una columna. El acuerdo se había roto. Estaban arruinados. [PRESENTE] —¡Señorita Rossi! La voz aguda de Jennifer Lane, la asistente ejecutiva senior (léase: la víbora oficial del piso 42), la trajo de vuelta al presente. Isabella parpadeó. El mármol frío de Vance Industries. El olor a café quemado ya limpiador de vidrios. —¿Sí, Jennifer? —Se puede saber ¿por qué estás soñando despierta? El informe de gastos de la división europea tenía que estar en mi escritorio hace diez minutos. Isabella presionó la mandíbula. Jennifer disfrutaba recordándole que, aunque Isabella era brillante (hablaba tres idiomas y tenía un título en finanzas que Jennifer ni soñaba), seguía estando por debajo. —Lo estaba cerrando. Ya te lo envío. —Que sea rápido. Hoy nadie está para pavadas. Isabella vio cómo se alejaba, con su click, click, click mucho más arrogante que el de ella. Se frotó las sienes. El dolor de cabeza era su compañero constante. El fantasma de Sebastian Thorne, aunque ausente, seguía costándole dinero; los abogados del acuerdo (aunque roto) seguían enviando facturas por "gestión". Estaba agotada. Eran las siete de la tarde. Estaba por apagar la computadora, juntar sus migajas de dignidad e irse a su departamento minúsculo, cuando sonó el ding del correo interno. Un correo masivo. De esos que usualmente ignoraba. DE: JUNTA DIRECTIVA (JuntaDirectiva@VanceInd.com) ASUNTO: Comunicado Oficial: Regreso del Presidente. Isabella bostezó. Otro traje gris, viejo y aburrido, que vendría a mover los números de lugar. Abro el correo por pura inercia. "Todo el personal de Vance Industries: Nos complace anunciar el regreso de Europa y la toma de posesión efectiva de la presidencia de la compañía por parte del Sr. Alexander Vance. El Sr. Vance, quien ha manejado con éxito nuestras operaciones internacionales durante los últimos cinco años, tomará el control total de la sede de Chicago a partir de mañana..." Isabella frunció el ceño. Alejandro Vance. El heredero. El cuco. El hijo de la dueña (la mujer que ahora era su "suegra" fantasma, aunque Isabella no conectaba los apellidos... Vance era la madre, Thorne era el padre). Nunca lo había visto. Se decía que era un tirano. Que era brillante. Que era implacable. Y que odiaba Chicago. —Genial —murmuró para sí misma—. Justo lo que necesitaba. Más presión. Cerró el correo. Apagó el monitor. No tenía idea, mientras el ascensor bajaba esos cuarenta y dos pisos, que el infierno *p*n*s estaba calentando los motores. Y que el "cuco" que llegaba mañana tenía una mirada de hielo que ella, sin saberlo, ya había aprendido a odiar en la oscuridad de una iglesia vacía. Isabella cerró el correo con un clic seco. Se pasó las manos por la cara, sintiendo el cansancio pegado a la piel. El glamour del piso 42 era pura cáscara; por dentro, la mayoría eran, como ella, hamsters en una rueda de oro falsa, corriendo para pagar las cuentas. Recogió sus cosas. El bolso, que había sido un regalo de su padre en épocas mejores, ahora tenía un cierre que se trababa. Metáfora de su vida. El viaje en el ascensor fue el de siempre: un silencio incómodo, gente mirando sus móviles, todos impidiendo el contacto visual. Ella se sintió invisible, un fantasma más en el edificio Vance. Afuera, el viento de Chicago le pegó en la cara, como una cachetada recordándole que estaba viva, aunque a veces no se sintiera así. El tren "L", ruidoso y abarrotado, fue su siguiente parada. Mientras se sostenía del pasamanos, con la cabeza apoyada contra el vidrio frío, revisó las cuentas en la aplicación del banco. Rojo. Rojo. Rojo. La deuda de su padre era un monstruo insaciable. El sueldo de Vance Industries *p*n*s cubriría el alquiler de su monoambiente en Lincoln Park y los intereses de la deuda. El "acuerdo" con los Thorne, el que supuestamente iba a salvarlos, se había convertido en una burla legal. Sus abogados (los de él, los de Sebastian) le habían dejado claro que, aunque el matrimonio no se consumó y él huyó, el contrato seguía "legalmente activo" de una forma retorcida. Ella era, en el papel, la Sra. Thorne. Una Sra. Thorne que cenaba fideos instantáneos la mitad de la semana. Llegó a su edificio. Pequeño, pero decente. Era su refugio. Subió los tres pisos por escalera, el ascensor siempre estaba "en reparación". Abrió la puerta. Silencio. Dejó el bolso en la silla y fue directo a la cocina (que era básicamente un metro cuadrado al lado de la heladera). Mientras ponía a calentar el agua, su mirada se desvió hacia el único armario grande del departamento. El armario del fondo. Sintió el tirón en el estómago. Como cada noche. Se acercó, casi en trance. Abrió la puerta. Allí estaba. Colgado en una funda de tela transpirable, tan blanca como un fantasma. El vestido . Isabella metió la mano y bajó el cierre de la funda. El olor a lavanda y naftalina (para protegerlo) la golpe. El tul, los cien kilos de tul y encaje, se desparramó suavemente sobre la alfombra barata. Era una obra de arte. Valía más que su departamento entero. Lo había guardado. ¿Por qué? Al principio, por rabia. Luego, por si podía venderlo, pero los abogados de los Thorne habían sido claros: todo lo relacionado con la boda era "parte del acuerdo" y no podía ser vendido. Ahora... ahora era un recordatorio. Un monumento a su humillación. Tocó las perlas diminutas cosidas en el corpiño. Recordó la sensación del peso sobre sus hombros. El sudor. La iglesia vacía. Y el rostro de esa mujer. La madre. La única que le mostró compasión. Mientras miraba el vestido vacío, su celular vibró sobre la mesada. El sonido la hizo saltar. El agua para los fideos hervía, pero lo ignoró. Vio el nombre en la pantalla. Leonor. El corazón le dio un vuelo. Era ella. Su suegra fantasma. La única aliada en esa familia de sombras. Hablaban una vez por mes, un cheque rápido, casi clandestino. Isabella respiró hondo y contestó, intentando que su voz no sonara tan rota como se sentía. —¿Eleanor? Hola. —Isabella, querida. ¿Cómo estás? ¿Te interrumpí? La voz de Eleanor Vance era como el terciopelo: suave, cara, pero con un dejo de acero por debajo. Era la matriarca, la dueña real de todo, aunque vivía recluida desde... bueno, desde "el incidente". —No, no. Para nada. Recién llego del trabajo —dijo Isabella, pateando suavemente el tul para esconderlo de nuevo en el armario. —Ah, el trabajo... —Hubo una pausa. Una pausa cargada—. Querida, supongo que viste el correo interno. A Isabella se le heló la sangre. —El comunicado? Si. Sí, lo vi. El nuevo Presidente. Alejandro Vance. -Si. —Es... ¿es tu pariente? —preguntó Isabella, aunque una parte de ella ya temía la respuesta. El apellido... Eleanor soltó un suspiro. No fue un suspiro de cansancio, fue el sonido de una represa agrietándose. —Isabella... Alejandro es mi hijo. Isabella se tuvo que sentar en el borde de la cama. El mundo se inclina. ¿Hijo? ¿ Otro hijo? —¿Qué? —logró susurrar—. ¿Tu hijo? ¿Como... como Sebas-...? —Es el hermano de Sebastián, querida. ¡El hermano! Isabella soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Un alivio extraño la invasión, seguido inmediatamente por una nueva ola de pánico. —No... no sabía que Sebastián tuviera un hermano. Nunca lo mencionaste. —No —la voz de Eleanor se volvió fría, filosa—. No nos gusta mencionarlo. Alexander... él y Sebastian no se llevan bien. Son... noche y día, querida. Agua y aceite. Isabella tragó saliva. El "hermano implacable" del que hablaban los rumores. —Eleanor, ¿él sabe? ¿Sabes de mí? ¿Del acuerdo? -¡No! —la respuesta fue tan rápida que asustó a Isabella—. No. Y por el amor de Dios, no debe saberlo. Alexander no sabe nada del arreglo de su padre. Él... él odia esa parte de la familia. Él usa mi apellido, Vance, por una razón. Isabella Sintió el terror subiendo. Si este tipo era peor que el fantasma que la había dejado plantada... —Él no puede saber que trabajas ahí, Isabella. No puedes saber tu conexión conmigo. No puede saber que sos, legalmente, la esposa de su hermano. ¿Entendés? —Pero... pero él va a ser el Presidente. Va a estar ahí . —Alejandro es implacable, Isa. Es una máquina. No mira a la gente, mira los números. Si mantiene la cabeza gacha, serás invisible para él. Te lo ruego. Ser invisible. Isabella miró el vestido blanco y brillante que desbordaba del armario. Qué ironía. Había sido dolorosamente visible el día de su boda, y ahora tenía que luchar por ser invisible para el hermano del hombre que la había humillado. —Entendido, Eleanor. No te preocupes. Seré un fantasma más. —Cuídate, querida. Este... este va a ser un tiempo difícil. La llamada se cortó. Isabella quedó en la oscuridad de su departamento. El agua para los fideos se había evaporado casi por completo. El hambre se le había ido. Mañana. Mañana no solo empezaba a trabajar para un nuevo jefe tirano. Mañana conocería al otro monstruo de la familia Thorne. El que usaba el apellido Vance. Cerró la puerta del armario con más fuerza de la necesaria, encerrando el vestido vacío en la oscuridad. Afuera, el viento de Chicago aullaba, y por primera vez, sonaba como una advertencia. Esa noche, Isabella Rossi no durmió.

editor-pick
Dreame - Selecciones del Editor

bc

Una hermosa coincidencia

read
103.8K
bc

DULCE VICTORIA

read
1K
bc

Apuesta por un amor. (Saga familia Rossi- Duque)

read
109.4K
bc

Sorprendiendo al Bully (Serie de Amor Verdadero Libro 1)

read
99.5K
bc

No sabía que tuvimos dos hijos. Saga familia Duque.

read
11.9K
bc

Una madre para mis gemelos

read
11.2K
bc

Amor a la medida

read
116.4K

Escanee para descargar la aplicación

download_iosApp Store
google icon
Google Play
Facebook