El día siguiente amaneció gris.
Chicago se había puesto el velo de mal humor que tan bien le sentaba. Para Isabella, era un espejo perfecto de su estado de ánimo.
Llegó a la oficina a las 7:30 am Media hora antes, como siempre. Pero el piso 42 ya vibraba.
No era el zumbido habitual de las computadoras encendiéndose y el murmullo del café. Era una tensión eléctrica, palpable. Era el silencio que precede a la tormenta. La gente caminaba de puntillas, las miradas eran furtivas.
El león estaba en la jaula.
"Ser invisible", se repitió Isabella como un mantra, el eco de la advertencia de Eleanor en su cabeza. "Cabeza gacha. Ser un fantasma".
Se refugió en su cubíc*l*. Encendió la pantalla, abrió las planillas de cálculo y se sumergió en el mar de números. Los números no mentían, no juzgaban, no la habían dejado plantada en el altar. Los números eran seguros.
Durante tres horas, funcionó. Fue invisible. El único sonido fue el tecleo furioso de sus dedos y el click, click, click de Jennifer Lane patrullando el pasillo, con un aire de importancia renovada. Seguro que ya había intentado (y probablemente fallado) conseguir una audiencia con el nuevo rey.
A las 10:45 am, su invisibilidad se hizo añicos.
—Rossi.
La voz de Jennifer. Isabella levantó la vista.
—Necesito que lleve los informes preliminares de la fusión de Berlín a Legal, al piso 50. Y no los mandes por correo interno, necesita la copia física firmada. Ahora .
Isabella ascendió, tensandose.
El piso 50.
Territorio comanche. El piso ejecutivo. El piso de él .
—Claro.
—Y Rossi... —Jennifer se inclinó, bajando la voz a un susurro malicioso—. Ponte derecha. Dicen que el nuevo jefe odia la mediocridad. No nos hagas quedar mal.
Isabella tomó la carpeta azul. Ni siquiera se molestó en contestar.
Caminó hacia el ala de ascensores ejecutivos. Este no era el ascensor general de la entrada; era el reservado para la alta gerencia. Su tarjeta de acceso (gracias a su puesto temporal de "asistente de proyectos") le dio acceso.
Estaba sola. Respiré hondo. "Piso 50. Entregar. Salir. Fantasma".
Las puertas de acero cepillado se abrieron con un susurro. Entró. Marco el botón 50.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
—¡Sosténgalo!
La voz fue un latigazo. Un barítono profundo, con un filo de impaciencia.
Isabella, por puro instinto, metió la mano y presionó el botón de abrir.
Las puertas se abrieron de nuevo.
Y él entró.
El aire se fue. Literalmente. Isabella sintió que sus pulmones se contraían, como si el oxígeno del pequeño cubíc*l* de metal hubiera sido absorbido por el vacío.
Alejandro Vance.
Las fotos de la intranet, los comunicados oficiales... nada le hacía justicia. Y nada te preparaba para el frío que emanaba.
Era alto. Imponentemente alto. El traje gris marengo, hecho a medida, le sentaba como una armadura. Ni un cabello oscuro fuera de lugar. Pero eran los ojos. Eran los mismos ojos azul profundo de su madre, Eleanor, pero donde los de ella tenían una calidez oculta, los de él eran dos esquirlas de hielo ártico.
Entró sin mirarla. Su presencia llenó el espacio, opresiva. El olor de su colonia era sutil, pero caro: madera, cuero y algo metálico.
Las puertas se cerraron. El silencio era ensordecedor.
Isabella se pegó a la pared del fondo. "Invisible. Soy una mancha en la pared. Soy un fantasma".
El ascensor subía. 43... 44... 45...
Y entonces, pasó.
No fue un ruido fuerte. Fue un chirrido metálico, seguido de una sacudida brutal.
¡BRRRANG!
El ascensor se frenó en seco, lanzándolos a ambos hacia adelante.
Isabella, tomada por sorpresa, perdió el equilibrio. Los tacones resbalaron en el mármol (¡el m*ld*t* mármol!) y se fue de bruces.
El pánico la hizo reaccionar por instinto. Estiró las manos para frenar la caída.
Y aterrizó. No en el suelo.
Aterrizó contra él.
Sus manos se estamparon de lleno contra el pecho de Alexander Vance. Un pecho que se sentía como una pared de roca sólida bajo la tela fina. Su cara quedó a centímetros de su corbata de seda. Pudo sentir el calor de su cuerpo.
Todo sucedió en un segundo.
Isabella Sintió el cuerpo de él tensarse al instante, como un resorte de acero.
Ella se apartó como si se hubiera quemado.
—¡Perdón! ¡Perdón! El... el freno...
Se enderezó, roja hasta la raíz del pelo, intentando alisar su falda. La carpeta azul se había caído, desparramando papeles por todo el suelo.
Él no se había movido. Ni un centímetro. Seguía mirándola.
No. No la miraba. La atravesaba .
Sus ojos de hielo bajaron de los de ella, a sus manos (que ahora temblaban), y luego a los papeles desparramados. Su mandíbula estaba apretada.
Isabella se agachó rápidamente, recogiendo las hojas. —Lo siento, señor, fue el...
—No pierda el tiempo, señorita.
La voz. Fría. Cortante. Cargada de un desprecio tan absoluto que Isabella dejó de respirar.
Ella levantó la vista, todavía medio agachada. Él la miraba desde arriba, su expresión era de puro asco.
—¿Qué?
Él se acomodó el puño de la camisa. Un gesto mínimo, pero increíblemente insultante.
—Dije —repitió, articulando cada sílaba como si hablara con una idiota—, que no pierde el tiempo. He visto esta táctica antes. El tropiezo "accidental", el contacto físico... Es patético. Y en usted, es particularmente... transparente.
Isabella quedó helada. ¿La estaba acusando? ¿De... de qué? ¿De tirarsele encima?
Se puso de pie de golpe. La sangre le hirvió, borrando el miedo, borrando el plan de ser invisible.
—¿Disculpe? —su propia voz salió más aguda de lo que quería.
—No soy de los que ascienden por... accidentes —continuó él, ignorando su pregunta, con la mirada fija en los números del ascensor, como si ella ya no mereciera su atención—. Ubíquese. O la ubicaré yo.
Timbre .
El ascensor volvió a moverse suavemente y las puertas se abrieron en el piso 50.
Alexander Vance salió sin una segunda mirada. Como si acabara de aplastar a un insecto y seguiría su camino.
Isabella se quedó adentro. Solá. Temblaba. No de miedo. Temblaba de una furia tan blanca y pura que la mareaba. La humillación. Era mil veces peor que la de la iglesia. Porque esto no era abandono; Esto era un ataque directo.
Las puertas empezaron a cerrarse.
—¡Sostengalo! —gritó ella, esta vez con rabia, golpeando el botón.
Salió al pasillo del piso 50, con los papeles arrugados en la mano. Lo vio desaparecer al fondo del pasillo, en la puerta doble de caoba que llevaba a la oficina del Presidente.
Se quedó ahí, en medio del pasillo alfombrado, intentando que el corazón volviera a su ritmo normal. El eco de su voz seguía en su cabeza: "Patético. Transparente" .
Lo odió.
Odió a Sebastian Thorne por huir. Y en ese instante, odió a Alexander Vance mil veces más, por quedarse.
Bajó la vista a la carpeta arrugada. El trabajo. Tenía que ir a Legal. Se recompuso, alisó los papeles como pudo y caminó en dirección contraria a la de él, con el click, click, click de sus tacones sonando como disparos fallidos en la alfombra lujosa.
Cuando volvió a su cubíc*l*, media hora después, Jennifer Lane la estaba mirando. No preguntó nada. Solo molestando. Una sonrisa diminuta, filosa, que lo decía todo.
El rumor ya había corrido.