"Qué bueno verte... libre." El sarcasmo de Alexander era un bisturí helado. Eleanor Vance se enderezó. El breve instante de shock, de dolor al ver a Isabella allí, a su Isa, parada como una sombra leal al lado de su hijo, se evaporó. La Matriarca Vance volvió a tomar el control. El acero llenó sus ojos azules. —Alexander —dijo, su voz tranquila, casi aburrida. Como si estuvieran discutiendo el menú en un restaurante, no en una sala de detención suiza—. Siempre tan dramático. Te pareces a tu padre. El golpe fue bajo. Intencionado. Alexander no parpadeó. —Y vos, madre, siempre tan... predecible. Pensé que tu plan de escape sería más cómodo. —Estaba visitando a viejos amigos —replicó ella, con una sonrisa helada que no llegó a sus ojos—. Lástima que alguien alertó a las autoridade

