"Ella era la ladrona." La frase fue un epitafio. Marcó la muerte de algo. La muerte de la última ilusión de Alexander sobre su familia. La muerte de la única figura materna que Isabella había conocido. Isabella se quedó mirando a Alexander. Él seguía de pie junto al ventanal, una silueta oscura contra la luz brillante de la mañana. Pero la rigidez se había ido. Parecía... hueco. Como una armadura vacía. —No... —susurró Isabella, más para sí misma que para él. Era un lamento—. No puede ser. Eleanor... ella te quería. Te protegía. Alexander se giró. Lentamente. La miro. Y en sus ojos, Isabella no vio furia. No vio hielo. Vio un desierto. Un vacío tan absoluto que la hizo retroceder un paso. —¿Querer? —Él probó la palabra como si fuera ceniza—. ¿Protegido? Mi madre no quiere.

